cuentos de hadas
Un ambiente mágico para compartir con la familia

30 de Agosto, 2008 ·  especial Mujica Lainez

Unicornio Cap I - EL HADA, EL CABALLERO Y EL DONCEL

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EL HADA, EL CABALLERO Y EL DONCEL

 

 

 

Yahabía sonado, en el campanario robusto de Lusignan, capilla delpriorato de Nuestra Señora, el toque de Vísperas, y el castillo y elpueblo flotaban en la vaguedad que precede  tintineo de Completas, la última hora canónica del día, la hora en que los monjes, reunidosen las salas de los Capítulos, ciarán la salmodia que despide alatarde. Pronto, quien aguzara el oído escucharía a través de Francia, deuna a otra catedral, de uno a otro monasterio, en las ciudades y en elcorazón delos bosques, el gangoso susurro de abejas de los largoslatines, y los dominios feudales, las tierras de amigos y de enemigos,se transformarían una vez más,con esa vibración, a medida que avanzaba,sobre el olor y el temblor del verano, la Suave incertidumbre delcrepúsculo, en otras tantas colmenas sagradas. Recuerdo que me asomé alas aberturas de la torre fundada por Hugo IV, entre las campanas cuyafunción esencial aspira tanto a mantener alerta la piedad de loshombres débiles como a espantar a los ejércitos del Diablo, y que misojos, atravesando las piedras de la fortaleza que yo misma habíacomenzadoa construir, siglos atrás, y que era un prodigio militar de  fosos, de murallas y de baluartes, o girandola visión sobre la breve cúpula eclesiástica, escamosa como una cola desirena  o de serpiente -como mi propia cola célebre, sin ir más lejos-, se distraían con los verdes y los oros que subrayanel curso del  Vonney el valle de la fuente de Cé. El momento logra, en esa época del año,un esplendor singular,mientras las luces del cielo se encienden y cedenpaso al azul y a la plata,que son,  por otraparte, los coloresheráldicos de los Lusignan, cual si mis príncipeslevantaran a un tiempo sus escudos en la penumbra, para proteger a lossuyos del horror de la noche.

Entonces las estrellas dibujan sus mensajes, secretos y exactos como los signos del Zodíaco que  decoranlos portales de algunos santuarios dela región y que siempre (aúncuando significan que la Iglesia tiene delante de ella a la eternidadde los siglos) mealarmaron un poco, a causa de su origen infiel, pues en Oriente oídecir que una de las glorias de Alá finca en haber creado esasastrológicas figuras y las casas lunares. Pero en el abrigo materno delPoitou, la angustia y la maravilla del Oriente resultaban tan irreales,a pesar de los relatos de quie­nes volvían de la Cruzada, que si dealgo teníamos que ocu­parnos no era de las invenciones de Alá sino,durante el in­vierno, de los lobos que aullabana nuestras puertasblancas de nieve, y durante los meses cálidos, de las plagas quecom­batían a las cosechas, cuyos frutos -cuando Dios había sidobenigno- se amontonaban en los carros rebosantes de coles y de heno, deinfinitas tonalidades sutiles, que al rodar plañi­deramente hacia lasferias, con muchachos despatarrados, semi­dormidos encima de la carga,parecían arrastraren su bam­boleo el triunfo de los tapices señorialessembrados de hierbas y de flores misteriosas.

Losrumores cesaron uno a uno. Labrisa estremeció con leve suspiro lapálida humareda de los árboles; un pastor invisible prolongó en sucaracola, erguida hacia la paz de la luna, su extraña queja,insinuándonos viejísimas cadencias de mar y de mitología, que callaronde súbito; rechinaron en el castillo goznes y cerrojos; onduló unossegundos, alrededor de mi torre, el canto de una mujer que apaciguaba aun niño; y el silencio -aguardando al instante en que el vigíareiteraría con voz indiferente, como si no se tratara de algo muygrave, su pedido ritual de una oración para los muertos- se instalóentre nos­otros, enorme, sofocándonos, de suerte que se dijera que unave gigantesca estaba incubando, en la extática noche que na­cía, a lasfortificaciones y al caserío de Lusignan, y que, apre­tados bajo supeso, sólo alcanzábamos a distinguir la ilumina­ción celeste a travésde sus plumas grises.

Meeché a dormitar -también las hadas duermen-, cubierta por el baldaquínmetálico que formaba la comba de una cam­pana, y mi antiguo sueño, elsueño de mi adolescencia famosa, escandalosa, tornó a visitarme. Piensoque debo narrarlo en se­guida, para que él lector aprecie con exactitudla jerarquía ex­cepcional de quien escribe para él. Pero, puesto queese repe­tido sueño y la historia de mi vida constituyen un todoinse­parable, referiré, concretamente, en las primeras páginas de estelibro que será sin duda extenso y curioso, mi vida, mi vida que semejaun sueño, porque así lo quiso la incalculable fan­tasía de Dios, y ellector sabrá a qué atenerse. Por lo demás, es una anécdota hartoconocida. Los aldeanos la narran, junto al fuego, sin tantos pormenores; las madres -acaso esa madre que arrullabaa su pequeño, cerca dela torre de Lusignan- la cuentan y cantanadmirablemente a sus hijos; los poetas la exaltaron con más o menoseficacia; y los estudiosos especialistas la han analizado conpaciencia, sin conseguir, empero, todavía, y eso que su esfuerzo hasido notable, acumulando las fichas tristemente folklóricas y lasbúsquedas en las que la filología sagaz rivaliza con el erudito candor,despojarla de un lirismo dramático que me enorgullece y me asusta y quehasta hoy de muestra ser más fuerte que sus metódicos embates sabios.Es la historia de un hada, la vida de un hada; que quien no crea en lashadas, cierre este libro y lo arroje a un canasto o lo reduzca al papel suntuario de relleno de su biblioteca, lamentandoel precio seguramente substancioso que habrá pagado por su gruesaestructura. Al proceder así y al no tener en cuenta que todo,absolutamente todo, en este mundo inexplicable, funciona por razonesque se nos escapan, su escepticismo anticuado, que tacharía deVictoriano, de no mediar mi respeto por esa gran reina, lo privará deenterarse de asuntos de interés trascendente. Losiento de antemano por él: hay distintos modos de ser un pobre deespíritu; hay distintos modos de andar  por la  Tierra  tildándola de  insípida,  aburriéndose,dejándose morir de monotonía y de tedio; y uno de ellos -tal vez el mástonto- consiste en negarse a probar la sal y la, pimienta ocultas quela sazonan de magia.

Encuanto a la idea de rechazar la existencia de las hadas, hadas malas yhadas buenas... es menester ser ciego para no ver las, para noreconocerlas, pues su enjambre pulula doquier. Por obvias razones, meunen a cada una de ellas lazos de afecto o de aversión. Las hay ricas,extravagantes, que derrochan en Venecia, en Montecarlo. Son esasfabulosas, inmemoriales muje­res, cuyas edades, rentas y procedenciasse ignoran, que les impo­nen a las ruletas malabarismos estupendos,como la sospechosa complacencia de reincidir en el mismo número másvueltas de lo previsible, mientras lo siguen cargando de fichas conademanes indolentes y expelen el humo de sus largas boquillas. O esasotras que, de la noche a la mañana, decoran sus departamen­tos de Parísy de Nueva York con tapices góticos desconocidos, soberbios, asombro ydesesperación de los marcharías, que ellas conservan de su propia belleépoque medioeval, en subterráneos arcones de abandonados castillos yabadías. O las que, fieles a su vocación primordial, sededican asacudir las mesas del espiritismo y a organizar el trajín de las casasembrujadas. O aquellas, caritativas, que ayudan a la gente, pero de unama­nera fantástica, a menudo arbitraria o errónea. Y las zalameras queno renuncian a sus características de sempiternas enamo­radas sensualesy, como cuando revoloteaban sobre el Valle Sin Regreso de la florestade Brocelianda, donde Morgana enclaus­tró al bello caballero Guyomar ya muchos amantes perjuros, o sobre la isla de Avalon, a donde un hadase llevó secuestrado al doncel Lanval (y fueron felices), siguendándose maña, a pesar de su ancianida de vidente, para raptarjovencitos que ansían progresar económicamente, quienes luego desfilande su brazo, bien vestidos y enjoyados, por los halls de los hotelesinternacionales. O aquellas, más aplicadas, más respetables, densasdegenerosa voluntad científica, que zumban y soplan sobre las cabezasfatigadas de los inventores y les sugieren ideas pasmosas, pero queahora se van quedando atrás, sumergidas por el alud de las cifras, delas fórmulas y de las máquinas electrónicas, y miran multiplicarse entorno las expresiones que no entienden y que convulsionan a un mundoque se les desliza entre las manos aéreas y que no les pertenece ya. Yasí sucesivamente. Hay hadas y hadas y hadas. Cuchichean, ron­ronean,como insectos impalpables, por los caminos de la Tierra estúpida.Yo soyuna de ellas.

Hayángeles también. Que el sensible lector se convenza: hay, como en laEdad Media, hadas y ángeles, que eso fue la Edad Media: el Hada y elÁngel. Y el Demonio. Pero no me extenderé por el momento sobre el temadel ángel. Aunque es justo que, al pensar fugazmente en ellos, copieaquí la frase que he murmurado en ocasiones innúmeras: ¡todo hacambiado tanto!

Cuandoyo tenía a mi cargo los deberes inherentes a la joven señora deLusignan, y también cuando se producían los aconte­cimientos que másadelante describiré, era habitual que las hadas nos encontráramos conlos ángeles, mientras cumplíamos nuestras respectivas tareas. Lasimilitud de ciertas raras con­signas nos hacía recorrer itinerariosiguales. En esa época, una topaba con ángeles en lugares inesperados:en las encrucijadas de un bosque, en las cocinas de un convento.Pasaban, filosos, tímidos, tendidos los delgados dedos bendicientes,alzándose las claras vestiduras. Iban a visitar a un ermitaño,portándole una cesta con tortas dulces, o a recibir, de labios de unaduquesa beata, las preces que recogían en sus mantos como un aroma deincienso. Nosotras, como ellos, teníamos mucho que hacer. Noscruzábamos, afanosos, incorpóreos para los demás, y si bien la etiquetaexigía que fingiéramos, por ambas partes, que no captábamos nuestrasmutuas esencias, que ni siquiera nos veía­mos, a veces eran tanhermosos y recordaban de tal modo a los señores adolescentes quenosotras espiábamos y socorríamos, que no podíamos evitar que unasonrisa iluminase nuestras caras. Entonces ellos se inclinaban un poco,casi nada, y proseguían su marcha suave y solemne. Pero ya lo dije:¡todo ha cambiado tanto! Los ángeles, si todavía ambulan por el mundo,se han modificado de tal manera que ni aun nosotras, que loscompren­díamos bien y que participábamos de algunos -sólo de algu­nos-de sus rasgos sutiles, somos capaces de reconocerlos. En la época queevoco -el año 1174- un ángel vivía, me atrevo a asegurar quepermanentemente, en la torre principal del cas­tillo. Durante lostrabajos agrícolas del mes de marzo, cuando los aldeanos podaban lasviñas, descendía al campo ondulado y secundaba su tarea, sin que ellosse percataran. Luego regre­saba al castillo, que no era todavía tancomplicado como se lo detalla en la miniatura de las "horas" (tresriches) del duque de Berry, pero no carecía de grandeza imponente, yyo,desde mi refugio del campanario, lo atisbaba ir y venir, en lo altode su celda, leyendo, a la luz temblona de una candela, un libro dedevoción. Con ser vecinos y los únicos habitantes sobrena­turales deLusignan, no nos hablamos nunca.

 

Mellamo Melusina y la sola mención de mi nombre debería bastar. Pero nobasta ¡ay! nada basta en un siglo como el actual en que los escolaresdeben aprender tantas cosas difíciles e inútiles que no les queda yatiempo para las fundamentales.

Mipadre, Elinas, que otros apellidan Thiaus (pero eso no importa), erarey de Albania, es decir de Escocia; mi madre, Presina, era un hada.Por aquel entonces, quien no gozaba del privilegio de ser hijo de unrey, se enfrentaba en la vida con serios obstáculos, singularmente conel de que no lo tomaran en cuenta: la prueba es que la mayoría de losgrandes perso­najes de la naciente literatura fueron hijos de reyes.Sin embar­go, mi desgracia eterna procede del hecho de ser la hija deun rey. Y de un hada; no olvidemos al hada, causa principal delinfortunio que padezco. También el parentesco con las hadas, másinusitado y arduo de obtener que las consanguinidades monárquicas, ymás preciado por eso mismo (lo destaca Proust), fue un timbre que enaquellas centurias reclamaron para sí ciertos próceres de altorefinamiento, causando bastan­tes dolores de cabeza a losgenealogistas. Su mención se halla en textos responsables y me limito acopiarla: Conn, rey de Tara, casó con un hada en segundas nupcias:Bertrand du Guesclin eligió a un hada por señora, lo mismo que el sirede Bourlemont, dueño del Árbol de las Hadas, a cuya sombra Juana deArco danzaba de niña. Yo fui hija de un hada y de un rey, supremoenlace, máxima pretensión, supongo, de los que afirman su orgullo enlas prerrogativas hereditarias; pero yo hubiera preferido ser el frutode una alianza menos espec­tacular que la resultante de la conjunciónde la corona y de la mágica varita: eso me hubiera permitido transitarbrevemente por el mundo, como cualquier mortal, sin pena ni gloria, yno tendría que permanecer aquí para siempre, contra mi mucho másmodesta, burguesa y sana voluntad.

Mifamilia se completó con dos hermanas, no tan célebres como yo, aunqueparejamente movedizas: Palatina y Meliás. Nos entendíamos muy bien. Nosentendíamos, sobre todo, en lo que se refiere al encono que nosinspiraba nuestro padre. Los motivos exactos de ese rencor no vienen alcaso: será suficiente que el lector se informe de que el rey Elinas nocumplió la promesa que le formuló a mi madre en sus bodas y quenosotras, mujeres al fin (no obstante ser mujeres excepcionales)hicimos causa común, desde la infancia, con el bilioso y ofendido puntode vista materno. Así que cuando juntas nos entreteníamos en InisVitrin, la Isla Perdida de Avalon, donde nos educaron, como correspondea los retoños de un hada linajuda separada de su marido, de tanto entanto suspendíamos nuestros juegos y, en lugar de distraernos con lacompañía del rey Artús, que convalece en esa isla de cristal de laslesiones recibidas en la batalla terrible de Camelon, aprestándose avolver un día, rabie quien rabie, a asentar el dominio de Bretaña sobreel mundo, o en vez de conversar didácticamente con Roldan, Gauvain,Perceval y los demás caballeros que allá residen, y a quienes la gentedesacertada cree muertos, o de participar de las tiestas fe éricas-palabra justa- ofrecidas en su honor por Morgana, con despilfarro deprestidigitación, música de arpa del hada Thyten, banquetes raros,etc., mis hermanas y yo nos reuníamos a comentarla perfidia de nuestroprogenitor y a conspirar contra su suerte.

Llegóel día que nos graduamos de bachilleres en ciencia mágica y, merced aun encanto, encerramos a nuestro padre Elinas en la montaña deBrumbeloy, para más precisión en el frío condado de Northumberland,tierra de mineros, donde hoy fabrican locomotoras. No calculamos losefectos de nuestra imprudencia. Inexperimentadas, no previmos que quiense inmiscuye en las querellas de los amantes, a la larga es el únicoperdedor. No imaginamos que nuestra madre, acaso irritada porque no sele había ocurrido a ella el sencillo procedimiento eliminatorio, oenternecida por el recuerdo de los ejercicios distantes que compartieracon el rey Elinas y quenos trajeron a nuestras cunas, pactaría con elesposo vejado y reaccionaría contra nosotras que, al cabo de cuentas,actuábamos por suges­tión suya, exasperadas por las cuitas que noshabía confiado desde que nos nutriera con sus nigrománticos pechos,esas cuitas cuya enumeración terca había operado como un alimento más,pero corrosivo. Se puso furiosa, ante nuestro sincero estupor de hijassolidarias, y transformada, sin previo aviso, de nuestra coléricacómplice en nuestro inflexible y traidor verdugo, nos impuso castigosmemorables. A la pobre Meliás la condenó a cuidar un gavilán, hasta eldía del Juicio, idea absurda, aun­que entiendo que dicho animal ha sidoperfectamente amaes­trado y puede servir de ejemplo a losespecialistas; y a Pala­tina, a vigilar el tesoro de su padre, hastaque un caballero, descendiente de mi estirpe, se apodere de susriquezas para liberar con ellas al Santo Sepulcro. Llamo la atenciónhacia lo exagerado de las penas. Mi madre fue -es, pues todavía an­daráquién sabe por qué rincones, perturbando a los hombres con suscaprichos- muy tornadiza y con ella no se podía contar. A la postre, nome parece tan insoportable la fugaz reclusión del rey Elinas enNorthumberland. Más bien tuvo el tono de una broma que el de unescarmiento: un ensayo de sortilegio realizado por muchachasincompetentes. En cuanto a mí, el correctivo que se me asignó merecepárrafo aparte, tanto por tratarse de mí como por su originalidadesmerada. Reconozco que Presina era una hechicera de pies a cabeza. Yolo fui más tarde, sin conquistar nunca su técnica madurez.

Mesentenció a metamorfosearme, los sábados, en un mons­truo mitad mujer ymitad serpiente. Mi marido -si me casa­ba- no debería verme bajo eseaspecto desazonante; aun más, debería ignorar que esa transmutaciónsemanal existía, pues de lo contrario yo sufriría para siempre, como midesdichada hermanaMeliás, la insoportable penitencia de la inmortalidad... que es la queahora me aflige y me veda el descanso absoluto al cual aspiro, elinmóvil sueño sin límites bajo una piedra tumbal, en la misma iglesiade Lusignan donde escribo estas líneas, mirando de hito en hito elvacío espacio que ocupaba el castillo pintado por los hermanos Limbourgen una página del devocionario del duque de Berry, mi castillo amado yexe­crado, el castillo que era como una fiesta de bombas y de luces deartificio, con sus cúpulas agudas, sus almenas y sus estan­dartes, yque ha sido reemplazado municipalmente por un paseo de provincia y poruna escuela.

Obsérvenselas circunstancias de la condena que se me fijó. Mi madre me lanzó aencarar coyunturas semejantes a las que suscitaron su propio descalabrohogareño. Su infelicidad deri­vaba de una condición que le habíaestablecido a su esposo y que, no cumplida por éste, acarreó suseparación del rey Elinas, la cárcel de ese príncipe y lastribulaciones fatales de sus tres hijas; y sin embargo quiso que yotambién lo conmi­nara a mi cónyuge probable a satisfacer unaformalidad, una cláusula extravagante, de la cual dependería miventura. Pero en mi caso las consecuencias podían resultar más gravestodavía, pues a ellas -al hecho de que mi marido me viera o nocon­vertida en mujer-serpiente- estaría subordinada la eventuali­dad deque se modificara mi humana esencia, volviéndome hada, es decir un serinmortal, un ser indiscutiblemente anor­mal, y eso es lo que yo másaborrecía, ya que mi anhelo de entonces -y de ahora- fincaba en poseerlas mediocres carac­terísticas de una mujer como cualquier otra, unamujer de su casa, tranquila, común. Tuve que aguardar a que SigmundFreud apareciera en nuestro oscuro mundo para comprender, en parte, losmotivos de la reacción desproporcionada de la autora de mis días, de suvenganza loca que, ejercida sobre mí, apuntaba en realidad a su destinofrustrado.

Medespedí, pues, con lloros y promesas, de Meliás y de Pa­latina, quienespartían hacia sus respectivos porvenires quietos, de guardianas de ungavilán y de un tesoro, mientras yo me echaba a arrostrar mi sinoexótico, melancólicamente circense, de mujer serpentígera. Palatina mearrancó el juramento de que me casaría pronto, ya que a mi posteridadestaba sometido, como se recordará, el acontecimiento de su propiaemancipa­ción. Cuanto antes debía empezar la  siembrade mis vástagos por el mundo, para que Palatina se redimiera de sucárcel junto al tesoro paterno. Declaro que en aquel instante, joven ycándida, sentí que un vértigo me hacía vacilar, frentea la perspectivadel árbol de mi linaje abriéndose en ramas y subramas, con minúsculosblasones y nombres caligrafiados sobre sus hojas que ascendían hacia elcielo de los siglos.

Elegíal Poitou por morada. Prefería, al lirismo dramático de Escocia, lagrácil ternura de sus bosques, de sus arroyos irisados de hierbasflotantes, de sus ciénagas, de sus valles por los cuales discurren,como empeñadas en serios monólogos, las vacas len­tas; de sus riberasen las que los pescadores arrojan las líneas con ademanes estatuarios;de sus caminos por los cuales iban, cargadas de bloques pétreos que sereservaban para las cons­trucciones religiosas, las carretas de lascuales tiraban varias yuntas de bueyes, o a las que se habían uncidonobles y villanos, cantando las laudes de Nuestro Señor, y que seguíanen­guantados obispos de mitras deslumbrantes y báculos con dra­gones-como símbolos de la derrota del Mal- en sus volutas de policromomarfil; y de sus ríos también, por los que se des­lizaban, al impulsode firmes pértigas, las barcazas perezosas que acarreaban antiguascolumnas con fragmentos de inscrip­ciones del tiempo de los procónsulesy de los emperadores romanos, para incorporarlas a los pórticos y lasnaves catedra­licias, y que resplandecían de gloria cristiana y pagana,bajo las estrellas, en medio de escuadrones de gansos albos, elegantesy dignos como cisnes.

Allípodría encontrar, tal vez, las plantas secretas que las hadas recogenal claro de luna, las mezclas que exigen los filtros que yo habíaestudiado en la isla de Avalon: el beleño, la primavera, el selago delos druidas, el céltico samolum, el trébol y la verbena, y con ellaslas que sahuman, en la alegría de mayo, a la Provenza vecina, elespliego, el tomillo, el euca­lipto, la mimosa, a fin de perfumarme yser más bella y gustar y tentar. No he aludido hasta ahora a mihermosura. Era muy hermosa. Perdóname la vanidad, lector, pero ¿cómo noceder al placer incomparable de hablar de mí misma? Hablar de unomismo, analizarse, explicarse-y, en consecuencia, hacer que hablen losotros- es una voluptuosidad tan vieja como la histo­ria del mundo, ylos pequeños progresos que hemos logrado en la Tierra, desde que porella transitamos, le deben mucho al afán ingenuo e ilustre,desesperadamente compartido por insignificantes y por grandes, deautodifusión perpetuadora. El día aciago en que dejemos de hablar denosotros mismos, nos habremos quedado sin el sentido de nuestraeternidad y el mundo se derrumbará entre cenizas tristes. El arcángelexterminador aprovechará esa hora propicia.

Sí,yo era muy hermosa. Me inclinaba sobre las fuentes, suel­tas y abiertaslas trenzas castañas en los círculos del agua, como otras flores, y mehallaba hermosa. Los sábados, la anunciada mutación inexorable seproducía. Me desnudaba y me hundía en un arroyo, esperando el momentoen que un ingrato, repe­lente escozor, me estremecía el cuerpo.Entonces mis piernas se afinaban, se alargaban, hasta formar una colaondulante, y se cubrían de escamas blancas y azules, colores futuros delos Lusignan, mientras crecían sobre mis hombros dos alas esmal­tadasde los mismos tintes. Con estas últimas no había contado; no me lasanunció mi madre; acaso se le antojó después com­pletar mi horribledisfraz. En esas oportunida descuidaba de que no me vieran lospescadores o los que andaban de cacería. Me sumergía, nadando entre losfinos peces, o verificaba unos vuelos bajos, protegida por el follaje.Cuando recuperaba mi traza, rompía a llorar. Sufrí mucho. Imaginaba queera impo­sible sufrir más... y me faltaba por ascender todavía laverda­dera escala del sufrimiento.

Undía -no era un sábado sino uno de mis días buenos- me puse a bailar entorno de la fuente de Cé, la fuente de la Sed, la misma que ahoracontemplo, elevándome sobre mi cam­panario. Bailaba y bailaba, con lainconsciencia de la juven­tud matadora del tiempo, como Juana de Arcocuando lo hacía alrededor del Árbol de las Hadas. Y ya sabemos lo malque a la larga le fue. Era casi de noche y en otoño. De repente, a ladis­tancia, oí pasar, destrozando ramas, entre relinchos, ladridos ytoques de olifante, la algazara de una cacería. Pensé en la mesnadadiabólica, la fantasmal Chasse Gallerye, que a veces atraviesa algalope enfurecido y que conducen monteros de­gollados, hasta que uncaballero la detiene con su espada, como Ronsard refiere en bonitosversos, y se desvanece en el aire. Pero no siempre se encuentra uncaballero en estas espesu­ras, así que comencé a temblar. Pronto, sinembargo, me percaté por sus gritos de que aquellos eran seres humanos yrenació mi calma. Hasta que súbitamente el estrépito cesó. Calculé quehabrían cobrado la pieza, el feroz jabalí, el lobo cruel, o por fin esemonstruo de patas cortas que siempre gira en redondo y que nadieconsigue hallar. Un clamor enorme, doloroso, sucedió al silencio, y conél tornó mi inquietud. Me  retirabaya cuando como en el teatro se abrió el follaje y un hombre, unmuchacho, apareció a mi vista. Venía cubierto desangre y eraextraordinariamente hermoso. Yo no sé qué pasa con los hombresactuales, porque en la época a la cual hago referencia -la literaturade entonces abunda en testimonios de ello- una se cruzaba con hombreshermosos en todas partes. Quizás haya que atribuirlo a la vida al airelibre, al mucho  ejercicio. Los hombres de aqueltiempo no fumaban ni bebían mezclas turbulentas. Se acostaban y selevantaban temprano. Eran higiénicamente hermosos. Y el que surgiófrente a mí lo era en especial. Lo creí herido y me adelanté parasocorrerlo, pero me dijo que no había sufrido ni un rasguño. Me reduje,pues, a mirarlo, y él me miraba también, en tanto que en la fuente deCé lavaba sus manos y sus ropas bermejas. Se me ocurrió que sería unasesino y que debía temerle, mas la admi­ración, rotunda e inmediata,sobrepasó con mucho a la proba­bilidad del miedo. Para limpiarse, debiódespojarsede la cota, de la camisa de mangas flotantes y de las bragasestrechas, ceñidas. Así desvestido, comprobé, pese a mi inexperiencia ya que se refugió para la tarea detrás de un arbusto, el minu­ciosoesplendor de su hermosura. Lavaba con cuidado, seria­mente, como unamujer, pero nadie hubiera podido negar (y menos que nadie yo, luego demi inspección íntima) que se tra­taba de un hombre. Encendió fuego ytendió su indumentaria a secar. Sólo en ese momentome refirió suhistoria; sólo en ese momento advertí que estaba llorando, que lahumedad que iluminaba su rostro no procedía de las salpicaduras de lafuente, sino de sus propias lágrimas. Y deduje que no cabía el dilemade que fuese malo.

Era,como siempre, el hijo de un rey; en este caso, del rey de los bretones;y se llamaba Raimondín. Había salido de caza con su tío Aimery, condede Poitiers y, persiguiendo a un jabalí, había dado muerte a su tío poraccidente, pues su acero resbaló sobre el pelaje lustroso de la bestiay se hundió en las entrañas, más accesibles, del conde. A raíz de esadesgracia se alzó, en la floresta de Coulombiers, el clamor de loscazadores al que reem­plazó un espantado mutismo en momentos en que losmonteros descubrieron, acuchillado y a medias moteado por las hojasáureas que sacudía el otoño, el cuerpo inánime de su señor. Raimondín,cuya participación en ese desastre ignoraban, rom­pió, a correr,gimiendo, aullando, como un demente o como otro animal que acosan,manchando de sangre la fronda que sus manos trémulas apartaban, hastaque desembocó en el cal­vero del bosque donde cantaba la fuente.Mientras tartamudeaba su relato entrecortado desollozos, no me cansabayo de valorar la gracia de su apostura, la tierna delicia de su piel,la natural nobleza de sus ademanes, el prodigio de su boca, la lisaper­fección del pelo oscuro que le caía sobre la cara y de vez en vezrecogía con tres dedos finos, y muy notablemente la rareza de sus ojosde dos colores, uno azul y otro rojizo -que trajeron a mi mente lo queel provenzal Alberic de Briancon cuenta sobre Alejandro Magno, aldescribir al héroe en su poema y apuntar que tenía un ojo negro, comoel de un grifo y el otro azul,como el de un dragón-, unos oíos sin cuyasingularidad su cara hubiese sido atrayente, sin duda, pero hubieracarecido del aditamento único que la distinguía de todas y le otorgabauna seducción que actuaba con principal firmeza sobre quien, como yo,era graduada en fantasía.

Loconsolé, lo tranquilicé como pude y presto noté que mi propio hechizoobraba sobre su desazón mejor que cualquier bálsamo o discurso. Alverlo más sereno, tomé el asunto entre manos con esa rápida eficienciaque entonces me destacó, y lo convencí de que no debía extraviar eljuicio, ya que su desdicha se reducía a un accidente. Lo mejor seríaatribuir la muerte al puerco salvaje que ya había sido ultimado por elfilo de diez dagas y por las dentelladas de los canes. Ante esaperspectiva, Raimondín se sosegó por completo. Entonces yo consideréoportuno celebrar nuestro encuentro con un pequeño espec­táculo. Batípalmas y varias hadas vagabundas se presentaron en el claro del bosque,pero yo me cuidé bien de revelarle a mi amado -que ya lo era- loexcepcional de esas jóvenes, y dejé que las tomara por mis doncellas,mientras que las mu­chachas se prestaban amablemente a la superchería,como co­rresponde a ex compañeras de escuela en las cursos de la IslaPerdida de Avalon, y en un abrir y cerrar de ojos secaron y plancharonsu ropa, lo revistieron con ella (yo intervine en esa operación yaproveché para deslizar mis yemas sobre la delgada solidez de sucintura) y fijaron encima de su yelmo, circundán­dolo como una corona,el rosario de esmeraldas que se le había caído en su fuga y que una deellas había recogido en la floresta de Coulombiers, la cual encierramucha: maravillas -como esa abadía de los agustinos cuyos capiteles sondemonios que hacen muecas atroces-,pero ninguna tan adorable como losojos bicolores de Raimondin y su erguida cabeza bajo las esmeraldas. Yasí nos fuimos, conversando, hasta Poitiers, de suerte que cuando eldoncel se adelantó por el atrio de Nuestra Se­ñora la Grande, rodeadode muchachas, la espada limpia al cinto y las piedras relampagueantesen la frente, fue como si avanzara en medio de una doble guirnalda queondulaba entre las antorchas. Allí le aguardaba la sorpresa, que yohabía orga­nizado con mis compañeras, de que el jabalí ya estabaque­mándose frente al portal, por obra de la población a la queirritaba la muerte de su príncipe, y de que los monteros acogían convítores al hijo del rey de los bretones, a quien suponían destrozadopor la fiera. La escena se desarrolló divinamente y nadie se enteró dela verdad. Raimondin y yo nos miramos una vez más, al resplandorchirriante de la hoguera, en el chisporroteo del cerdo asado con supelaje duro. Había entre nosotros el lazo de un secreto. Pero éldesconocía aún que, si como yo esperaba, se decidía a casarse conmigo,tendría que hacer frente a las dudas de un secreto bastante más grave.

Lecomuniqué mi condición, no bien me requirió en matri­monio: lacondición artera del hada Presina, según la cual debía renunciar averme, cada semana, desde el alba del sábado hasta el alba del domingo;un requisito tremendamente arduo de cumplir, pues no se vincula tanto,como se pensará, con el sentido más convencional del honor, que obligaa los hom­bres a estar muy instruidos de la actividad de sus esposas,cuanto se relaciona con los primarios celos y sobre todo con laprimaria curiosidad inherente a la naturaleza humana. Raimondín tuvo encuenta sólo a mi mareante belleza y no extremó las reflexiones. Dehaberlo hecho, es obvio que no hubiese aceptado. Y aceptó. A mi vez,puse en acción los pode­res que de mi madre había recibido y que habíaafinado en Avalon, y sin ningún esfuerzo hice brotar, en undía, la capilla que mis descendientes, con Hugo IV el Rojo a la cabeza,com­pletaron después. No peco de vanidad si proclamo queme salió muybien, particularmente la armonía de la nave y la proporción -paraatenerme a las descripciones arquitectónicas quesé redactaron luego- de sus columnas geminas, bajo la comunidad de unabaco moldurado. La cripta donde sueño en tumbarme a descansar, esadmirable. Y resulta increíble, pero así fue, que Raimondín, cegado porsu entusiasmo, no prestara atención a una proeza tan sobrenatural, quedebía haber abierto sus ojos inocentes hacia las excéntricascaracterísticas de su novia. La boda se desarrolló soberbiamente y losfestejos duraron seis días. Se ha hablado de muebles de oro y detapices bordados con diamantes, pero esas son exageraciones de Juan deArras, novelista que, trazando mi historia en el siglo XIV para elduque de Berry, señor de Lusignan, juzgó discreto ex­tremar los lujosinventados, pues nada conceptuó bastante para halagar a un príncipepródigo de cuyo humor dependía y que confiaba en esos detalles paraexaltar su propia magnificencia. Fíjese el lector que hubiera estado enmis manos la producción de dichos en seres decorativos -posteriormentelogré obras harto más complicadas-, mas no consideré ni de buen gustoni prudente descubrir de entrada la extensión de mis facultades. Contodo, repito, la boda tuvo un tono opulento: hubo torneos, cacerías-pese a que algunos habrán barruntado que la inclu­sión de batidas enpos de jabalíes era una gaffe, recordando el fin truculento del condeAimery de Poitiers-, conciertos y bai­les. Lo único que nubló vagamentemi alegría fue la presencia de un hermano de mi marido, el conde deForez, agrio, cavi­loso y envidioso, que con cualquier pretextoinsinuaba ironías desagradables, fundado en la necesidad mundana demantener su prestigio de hombre de ingenio a toda costa.Transcurrie­ron varios años y cuando la experiencia me permitió verclaro, deduje que ya durante las nupcias había procurado inficionar elánimo del dulce Raimondín, urgiéndole que averiguara la causa de missemanales reclusiones, tal vez sugiriéndole que ellas se debían alhecho de ser yo una bruja y de consagrar esos días a la excursión hastalos dólmenes y menhires del Sabat, como las hechiceras que provocaronla reacción del Con­cilio de Letrán y que de noche cabalgan con Diana ycon Herodías, sobre una escoba en la que ni una fibra ha de cruzarse,al puño un sapo en lugar de un halcón, haciendo mofa así del arteseñorial de los cetreros. Pero mi esposo no le prestó oídos. No teníaoídos, lengua, brazos y demás, sino para mí. Y fuimos felices.

Yocorrespondí con holgura a su confianza. De segundón, de muchachoagraciado y sin rentas, con la mácula de la muer­te de Aimery en subreve pasado, lo convertí en hombre de posición descollante. Me lancé alograrlo con estruendoso jú­bilo. Nada me pareció suficiente paraconsolidar la pujanza que compartíamos. Hice derroche de magia. De eseperíodo datan mis grandes construcciones, comparables, en el Poitou,con los trabajos cumplidos dentro de la isla de Noirmoutier, por lasclásicas bacantes, que en una noche erigían y demolían templo. Lasbacantes, ya se sabe, eran locas, irresponsables; procedían porque sí,porque la lujuria las sacaba de quicio; no; yo actué con orden, comouna administradora prolija, y no dipuntada sin nudo.

Enuna quincena cavé los fosos del castillo de Lusignan; perfilé susbarbacanas, cortinas y torreones; establecí sus patios, prisiones ybodegas:  cultivé su huerto;  ubiqué su aceitado puente levadizo; soplé en sus chimeneas para que circulara el  humo airoso, en cuyas columnas se enredaban los duendes y las  hadas pequeñitas; multipliqué sus pinturas murales;  afirmélasbóvedas de sus escalinatas. Una maravilla. Nadie podría hoy lo que fue,luego de las demoliciones imbéciles, insensatas, del duque deMontpensier y de Luis XIII. No me de pregonarlo: una maravilla. Habíaque verme en aquellos tiempos de frenesí. Claro que ninguno podíaverme. Pero  yo iba en el temblor de la brisa ydel viento, más tenaz toda fatiga, convencida de la trascendenciafamiliar y esté de mi misión, transportando en mi delantal listado delPoitou, como si fueran brazadas de ramas secas, las peñas inmemoriales;los dólmenes, los monolitos arcanos en torno de los cuales se reúnenlos forestales geniecillos; las losas de los fagos de las necrópolismero vingias y carolingias; las pie de los derruidos puentes queelevaron las legiones de Roma; y las dejaba caer aquí y allá, con la puntería exacta de unjugador de bolos, desgajando con metódico estropicio los sacros queplantaron los druidas, para edificar la gloria del castillo deRaimondín y para que -así como Raimondín, a mi juicio, el más hermosode los humanos- su castillo fuera el más hermoso también. Y Raimondín(pero le encarezco al lector que lo tache de ingenuo, de distraído, depropenso a admitir la sencillez del milagro, y no de tonto) estaba tanplenamente embargado por el alborozo de mi amor, reiterado noche anoche por mí con fresco arrebato, sin preocuparme de la  lasitudpropia de un esfuerzo notable, que, como cuando alcé para él la capillade Lusignan, ni se le pasaba por la mente sospecha, una duda. Vivíamosen la Edad Media; lo in­édito revestía de bendita naturalidad; nuestroscontemporáneos (como los actuales, pues todo es cuestión de costumbre,  con igual llaneza no se pasman ante la perspectiva de viajar a la Luna) intimaban con la pirotecnia de los prodigios; mi maridoera así, despreocupado, adorable. Se iba a pescar amigos, conservidores., siguiendo el curso del Vonne, del Clain o del Vienne, o aprobar halcones en los sitios donde Clodoveo derrotó al visigodoAlarico y donde Carlos Martel derrotó al emir de España-esos halconesde picos afilados y cascabeles rabiosos que a veces me rozaban en labruma de nubes por la que volaba, invisible, con mi cosecha de rocassujeta entre las puntas del muy elástico delantal, y que entonceserizaban sus plumajes, frenéticos de terror, prorrumpían en hirientesquejidos y caían como muertos sobre los cazadores absortos-, y cuandoRaimondín regresaba no lo sorprendía tanto como el aturdimientoenigmático de sus aves de presa, la singularidad de que su castillodispusiese de un cuerpo más, en el que ya flameaba el banderín de platay azur, e interrum­pía el examen de las novedades que había incorporadoa su fortaleza, para computar solemnemente los grifos de Vendée quehabía abatido y las desgarraduras de sus perros.

Sí,vivimos días fabulosos. Y no bien estuvimos instalados, me dediqué afacilitar de mil modos la carrera de mi esposo, cuyas riquezas yvasallos crecieron continuamente. Lo que a él le gustaba era tenerme ensus brazos, y lo hacia con una apli­cación esmerada que compensaba deotras vaguedades; comer cabritos tiernos y quesos de cabra; beber vasosde vino azuca­rado con miel y saturado de pimienta, nuez moscada, clavoy jengibre; purgarse con escamonea de Siria; rodearme de corte­sía,sosteniéndome las mangas galanamente, por ejemplo, cuan­do me lavabalas manos en las comidas; escuchar, haciendo gala de infantilpaciencia, los relatos de los juglares; narrarme a su turno, abriendocomo estrellas sus dos ojos distintos, los ojos de Alejandro Magno,unas historias interminables, que en ocasiones se prolongaban ennuestro lecho hasta el amanecer, poniéndome nerviosa, pues no era esolo que yo aguardaba de su compañía, y que solían ser las mismas queacababa de oír a los juglares errabundos; y volver a cazar albatros,patos sal­vajes y los eternos jabalíes de fieros colmillos. Lo demás,lo práctico, corría por mi cuenta. Demasiado príncipe era Rai­mondínpara tan artesanos desvelos. Y nos amábamos.

Lossábados se producía la consabida metamorfosis y mi ma­rido no memolestaba. Me encerraba en mi habitación, hundida hasta la cintura enuna cuba de madera cuyo fondo estaba fo­rrado con superpuestos cendalesde seda, y me bañaba durante veinticuatro horas. Obedecía de ese modo alas imposiciones de mi mutación y a las de la higiénica Edad Media:porque es justo que se sepa, por labios de quien lo experimentó, que enEdad Media nos bañábamos con invencible entusiasmo; en la Media fuimoslimpios: los criados de los baños públicos anunciaban en las callesurbanas la certidumbre del agua caliente, y el hecho mismo de que laIglesia censurara a menudo inmoralidad de esos establecimientos, pruebaque eran concurridos. El desaseo vino después. Es cosa de puritanos.Pero yo frecuentaba los baños; tenía mi cuba. Y en ella asistíasemanalmente a la transformación que ya especifiqué. Mi parte serpienteme desesperaba, aunque hay una mala serpiente la que según FlavioJosefo, antes de la tentación del Paraíso, comenzó siendo encantadora,con patas y sin veneno, pero que luego, escurridiza, simbolizaríalaincredulidad de la Sinagoga la falaz hipocresía de los heréticos- y unaserpiente buena, buena que Moisés colocó su figura de bronce en unavara llegó a encarnar la alegoría de Cristo en la cruz. Ahora bien,confieso que mi mitad serpentífera no pertenecía a esta segundaclasificación. Me atormentaba, me inspiraba agradables pensamientosréprobos, me sacudía el cuerpo con bruscos coletazos. Todavía hoy metortura. Y mis alas de dragón idolátrico, de dragóndestinado a retorcerse a los pies de la Virgen María, me importunabantambién, porque escapaban a mi dominio físico azotaban al aire con susmembranas de murciélago, como mi cola serpentina revolvía el agua deltonel, salpicando las pinturas del aposento, cuyas imágenes, debidas aesa escuela del Poitou de tonos ocres que evoca el arte bizantinopopular y que alcanza tantos triunfos en los frescos de SaintSauvin-sur-Gartempe, reproducían con la buena voluntad de la adulacióncariñosa, los imprecisos episodios memorables de la vida de Raimondínde Lusignan.

Nacieron nuestros hijos, fruto de las noches en que Raimondín apaciguaba su elocuencia narratoria, y con ellos otras construcciones que extendieron nuestra potestad: Melle, Vou-Saint-Maxent, Parthenay. La Rochelle, Pons; las torres perviven en los bosques de castaños y de encinas, entre asfodelos, como la Torre Vidame de Triffauges. Debo decir que esas obras de mis manos, ese leve acarrear de bloques colosales, el que me reduje a imitar a damas tan opuestas como las bacantes que ya mencioné y a Santa Radegunda, me dieron resultadosharto mejores que las primicias de mi carne. Evidentemente, la cóleratemosa de mi madre no se apartó de mi lado, y pese aque, cuando cadauno de mis diez vástagos veía la luz, le puse en los dedos anillos conpiedras de sapo, para ampararlode las hadas malignas, cada uno de ellos fue un modelo de fealdad, y auno, el octavo, que apodaron con razón el "Horrible" y que nació contres ojos, no hubo más remedio que suprimirlo en la cuna, a findedefender a los Lusignan futuros. El mayor, Guy, heredó los ojos deRaimondín, el ojo azul y el de tenue reflejo dorado, pero fueespantoso. No abun­daré en por menores cuidados a propósito de losdemás: el largo diente de Geoffroy; la mancha de piel de topo sobre lanariz de Froimond, etc., porque el mero catálogo de esas miserias meestremece. ¡Y Raimondín y yo éramos tan hermosos! Giraban las cabezas anuestro paso; sembraban pétalos de rosas proven­zales en nuestrocamino. ¿De qué nos servía?

Creoque la sostenida monstruosidad de sus inmediatos su­cesores terminó porllamar la atención de mi marido (espe­cialmente cuando le descubrí,entre sábanas perfumadas, al niño de triples pupilas y párpados, que yainsinuaba una mandí­bula implacable) y que lo que no habían logrado mismaravillas ingenieríles y económicas -puesto que el señor de Lusignanalardeaba en medio de los próceres magníficos de Francia-lo consiguiónuestra desdichada galería de fenómenos. Por fin anidaron en su pechoviril, veteado de vello pulcro, la Curio­sidad y la Sospecha, yconcluyó una ventura que los nacimien­tos aludidos, en lo que a mírespecta, no habían desbaratado, dado que los quise mucho, muchísimo, amis hijos grotescos y deformes (¿acaso no me identificaba con ellos mipasajera condición de mujer-serpiente?), y sólo cuando apareció eloctavo aprobé pesarosamente su eliminación eutanásica. Pero elca­rácter de Raimondín se modificó. De simple y manso, se tornómelancólico, suspicaz, áspero y hasta grosero. La visita de mi cuñado,el conde de Forez, añadió al fuego su combustible. Me rondaba, entreobsequioso y burlón; secreteaba con su hermano y me acechabamaliciosamente.

Aesta altura de nuestra relaciónse produjo la gran escena del cuento dehadas. Los contactos de las hadas y los hombres, si bien a menudoatractivos, suelen volverse difíciles. Díganlo si no las complicacionesdel vínculo del doncel Lanval con su hada bonita; las de Gauvain conMorgana; las de Morgana con el gigante Rainouart, hijo del emir deCórdoba, que por culpa de su fe érica esposa (puesto que casó conMorgana en su isla impalpable) terminó vistiendo el sayal de losmonjes; las de Arma con Marc PenRu, el Caballero Blanco, quien halló enese amor su aniquilamiento, ya que las tenues cantaradas desu amiga, asustadas por un gesto de Marc, soltaron los bordes de lacapa en la que lo sostenían por las nubes volanderas y lo dejaron caer,rotando, rotando como un huso en el. vacío terrible, hacia el abismo dela muerte; las de Madoine con el caballero Laris, a quien raptó elOlvido; las del paladín Guingamor, que pasó tres días en el palacio delas hadas y, comien­do una manzana, envejeció apresuradamentetrescientos años; las de tantos mortales, amantes efímeros de miscompañeras, que casaron con pobres mujeres para sucumbir poco después...

Yyo misma, yo misma, que ofrezco quizás el ejemplo más tra­peo, entrelas incontables doncellitas magas, ataviadas de verde, color de losbosques, y entre los reservados, silenciosos caballeros-hadas queavanzaban en el relámpago de sus verdes armaduras, como extrañoslagartos de hierro, a través del fragor de los combates! ¡Ay, cómoquisiera morir, cómo quisiera haber muerto entonces! Pero nosotras nomorimos. Sé que en Escocia hay cementerios de hadas, uno en elsudoeste; sé que en Cornualles han visto sus funerales nocturnos, quehan visto sus pequeños ataúdes cubiertos de blancas flores, llevados,en la oscilación temblona de las velas diminutas, por personajes queenristran como lanzas las ramas de mirto. Ya unque mi padre Elinas fuerey de Escocia, no puedo morir. Debe ser a causa de la ciudadaníafrancesa. He vivido en el Poitou demasiado tiempo y las imperecederasson, para aflicción mía, las hadas de Francia.

Elriesgo de las conexiones pasionales entre hadas y hombres se hizopatente, una vez más, en la torre de Lusignan, un sá­bado a mediodía.Estaba yo en mi cuba, bañándome y peinán­dome,y me observaba en elagua. Jamás utilizaba un espejo. Cuando mis descendientes-entre elloslos de la Rochefoucauld, tarde, en el siglo xvi- resolvieronincorporarme a sus blasones, asomando mi torso desnudo en cimera sobrelas coronas y los yelmos (y con ello evidenciaron la vanidosaimportancia que otorgaban al hecho de llevaren las venas mi sangre demito y  de realidad, más rara que ninguna otra),tuvieron buen cui­dado de no colocar un espejo en mi diestra. Eso quedapara las sirenas, mis rivales en la historia y la heráldica, lassirenas con las cuales se me confunde, olvidando que mi cola-mi colaúnica- no es de pez, sino de serpiente, y que nada tengo que ver con  los capiteles románicos del Poitou  que repiten la figura convencional de la mujer acuática. :   Estaba, enconsecuencia,  peinándome con un peine de oro.

Mecontemplaba reflejada en el agua transparente, en la que brotaban, a untiempo, la imagen verdadera de mi cola esca­mosa y la imagen copiada demis alas con garfios. Mis trenzas deshechas flotaban sobre mi cabeza,no bien me sumergía, como oscuros nenúfares. Creo recordar quemurmuraba una canción que dice que el poeta no posee un castillorodeado de murallas y que su tierra no vale lo que un par de guantes,pero que no hubo ni habrá un amante como él. Era una can­ción de moda,difundida por los juglares, y la empeñosa arrogancia del trovador nonos sorprendía, pues resultaba co­rriente que los trovadores sejactaran de sus méritos personales, tanto en lo intelectual como en lofísico. Cada uno realiza su propaganda como puede, ya erigiendo unhada-serpiente sobre su escudo, ya proclamando, a quien quieraescucharle, sus con­diciones para la amatoria gimnasia. Súbitamente,mis oídos sutiles detectaron un leve ruido más, entre el chapoteo, elcan­turreo, las fricciones y los rumores que venían por el abiertoventanal, trayéndome los ecos soleados de la campiña, donde lospaisanos sembraban el trigo de primavera bajo la algarabía de lospájaros. A pesar de que Raimondín, en el curso de los añostranscurridos, me había habituado a confiar en su pru­dencia y sudiscreción, conservaba yo un alerta sentido que vigilaba el recato demi intimidad contra intromisiones fatales. Era aquél un chirridodelgado, apenas insinuado en el bu­llicio familiar, pero pronto supe,desgraciadamente, de qué se trataba. Pronto capté de qué ángulo de mihabitación procedía. Pronto, en la gruesa madera de la puerta, unbrillo atrajo mis ojos despavoridos. Y en seguida reconocí la hoja dela espada de Raimondín, que pugnaba por tajarse un paso en lostablo­nes; la reconocí porque yo misma se la había regalado, comotantas y tantas cosas, desde sus palacios hasta sus juegos de ajedrez ysus anteojos de cristal de roca y de berilo y sus grandes copas deplata tachonadas de esmaltes y de perlas. La hoja desapareció y adivinéque, por el orificio, estaban espiándome mi marido y el conde de Forez.Entonces comprendí que todo se derrumbaba, que el castillo de Lusignanseguía en pie pero, de cierto modo dramático y exquisito, sederrumbaba; que toda mi vida, sus esperanzas y sus sueños, tambaleabanen torno y se abatían. Y por primera vez lancé mi grito destinado a sercélebre, el grito de Melusina, de la Mere Lusine, la Mater Lucinia, lamadre de los Lezignen, los Lusignan. No mecreí capaz de tal estruendo.De mis labios dilatados se fugó un vozarrón desconocido, un baladro, unclangor de cien trompetas, trueno de cien roncos bramidos juntos, conviolencia tan Mita que los aldeanos sembradores, en leguas a laredonda, levantaronlas amedrentadas frentes hacia la celeste serenidad cielo, pensando enla locura de una tormenta repentina que arrasaría sus cosechas y suscasas, y echaron a correr, como en horas de guerra y de invasión, haciael abrigo castellano. Pero, con ser la explosión tan atroz que me dejócasi sorda, alcancé a distinguir, a pesar del estrépito, el gemidoangustiado de Raimondín que huía por las escaleras. No había ya nadaque hacer. Mi esposo me había descubierto, quebrando el pacto, y elanuncio de mi madre debía cumplirse. Tampoco  lograba yo retenerme, ni cesar de gritar, estremeciendo con ello hastalos subterráneos más distantes, ni impedir que mis mojadas alas demurciélago dilataran sus membranas, me levantaban por el aire y,sacándome por el ventanal, me obligaran a dar tres vueltas a losparapetos de Lusignan, gritando, gritando siempre, sorda y mareada, y aexponer mis bellos pechos, tan altosy bien modelados que nunca necesité los senos postizos que, como ahora,algunas damas usaban a la sazón, y mi cola de sierpe y mis brazos quela consternación retorcía, a las mi­radas atónitas de los hombres dearmas, surgidos a medio vestir, de los caminos de ronda, o inclinadosen las troneras, y a las miradas de las buenas mujeres que salían a laspuertas de las cocinas, con un pavo o un pollo en las manos, y queatrojaban al suelo los cucharones de madera y de cuerno, y tam­bién alas miradas absortas de los paisanos que se persignaban tres veces, y¡ay, Dios mío, Dios mío!, a las del propio Raimondín, mi pobrecitoRaimondín, que se ajustaba las gafas de berilo y quedaba boquiabiertoy, cada segundo más enanito, más enanito, abrazado al conde de Forez,se desmayaba ante el espectáculo de la desnudez de la hija del rey deEscocia y ese  apéndiceofidio de placas móviles, y esas alas vampiras, blancas ,y azules,desvergonzadamente expuestas ante nuestros vasallos, mientras lascampanas de la capilla y los tambores tocaban a rebato;los caballos rompían sus frenos condelirantes relinchos; los gansos delVonne, los cisnes del Poitou, enardecíanla corriente con el enajenadobatir de sus plumas, y las palomas,  aterrorizadas por mi presencia de mortífero dragón, escapaban en círculos trémulos que ponían sobre la ansiedad de las almenas una ancha aureola vibrátil. Fue un horror y un escándalo, y yo, el alma de Lusignan, la administradora, la organizadora de su orden, fui la inocente culpable. Un horror.

Lodemás se desarrolló en forma previsible. Anduve escon­dida, hasta quetuvo lugar una entrevista con Raimondín, lloroso pero espantado eimpertinentemente escrudiñador (¡ángel mío!), quien me rogó que loperdonara, como yo le rogué que excusara la descortesía de mi aspecto.Cualquier tentativa de acercamiento era inútil ya. Más que lo sucedido,que su bondad y su distracción hubiesen excusado, lo vedaba mi cola deserpiente. No nos volveríamos a ver y nos despe­dimos tirándonos besosa distancia prudencial.

Detanto en tanto, aprovechando la negra complicidad de la noche, regreséa Lusignan, a detener mi amargura junto a las camas de mis hijos ysobre todo junto a la que había com­partido con mi esposo y que habíasido terreno de experien­cias efusivas. Alguna vez, Raimondín despertó.El ojo azul y el ojo dorado, que la miopía entrecerraba, registraronvana­mente el aposento. No podía verme. Me asilé en el campanariocuadrado de la iglesia que yo misma había construido, y velé, dentro delo posible, sobre los míos. Mis pequeños no evolu­cionaron mal; si setienen encuenta sus estorbos físicos, el lector será indulgente.Froimond, el de la piel de topo en la nariz, ciñó el hábito humilde delos monjes de la abadía de Maillezais. Su hermano Geoffroy, aquel cuyodiente protube­rante impresionaba a los huéspedes, se opuso a esepropósito santo, acusándolo de cobarde y holgazán, y como añadía a sunatural violencia el sentido práctico que había heredado de mí,incendió el monasterio con sus religiosos. Pero en seguida searre­pintió; restauró a Maillezais con una arquitectónica eficacia quetambién procedía de su lado materno, y lo dotó de generosas rentas. Misvástagos restantes se condujeron como caballeros sin tacha. La celada yla armadura disimulaban hasta cierto punto sus originalidades, lo quejustifica, tanto como la costumbre señoril, que prefirieran el ajetreomilitar al ocio mundano.

Losaños transcurrieron. Murió Raimondín y mis lágrimas lo acompañaron alsepulcro. Parece mentira, pero mis hijos se casaron bien y tuvierondescendencia copiosa. Y en cada oportunidad en que uno de mi sangrefallecía, volví a lo alto de la torre mayor de Lusignan, a lanzar migrito. Era inevita­ble; por más que luchara, allá me conducían las alasinvenci­bles. Durante tres días, me asomaba al parapeto, gritando,silbando (porque juzgué oportuno intercalar un agudo silbido en miestentóreo plañir) y agitando mis velos de viuda. Al pasar el tiempo ycambiar las modas, quise seguirlas. En el siglo xv, adopté el tocado dedoble cuerno, adornado conflo­tantes caídas vaporosas, que figura enciertas ilustraciones poéticas de mi existencia singular. Me resigné,lentamente, al monótono destino de los inmortales, que de niña temíacon razón. Mi familia inmediata y mis vasallos desaparecieron y fueronreemplazados por otros. Perdí la cuenta de las centurias. Redújose mivida a ir del campanario al castillo y de él a las labranzas y a losbosques, a observar el progreso de las faenas; a cumplir mi función deanunciadora fúnebre, pero después de la destrucción de Lusignan, en elsiglo XVII, que me costó llantos acerbos, no me quedó ni siquiera elcompromiso de esa ceremonia luctuosa, durante la cual algunosprivilegiados tornaron a admirar la perfección de mis pechosdescubiertos -ya que
mi narcisismo, que considero disculpable, sise avalúa el desagrado de mis demás atributos, creyó que debíaconservar ese encantador detalle de mi imagen nefasta- y a sobrecogerseante mis ademanes elocuentes y mis tremendos chillidos. Me dediqué aleer. Me metí en las vecinas bibliotecas y aprendí mucha historia. Así,uniformes, se eslabonaron mis días hasta hoy; así se encadenarán losque me faltan, como a mi hermana Meliás y su gavilán doméstico, hastaque las trompetas del Juicio Final cubran mis gritos esperanzados. Milinaje se ex­tendió y enredó el árbol con el cual soñé de muchacha.Prín­cipes y reyes de Jerusalén, de Chipre, de Armenia y de Bohe­mia,se dividieron mi legado sanguíneo de hada catastrófica; resultó de buentono proceder del hada Melusina y, a medida que el árbol de mi progeniealargaba sus ramas internacionales, los duques de Luxemburgo, losPembroke ingleses, los Parthenay, los Lézé, los Eu, los Dié, losSaint-Valérien, los Saint-Gelais, los la Rochefoucauld, los Cabiére d
´Aragon,los Sassenage, los Candillat, los Saint-Séverin, los Cháteauroux y susalianzas innúmeras -un mundo espléndido, a la verdad, en el que hubo yhay gente deslumbrante, luz de los tronos, pilares del ejér­cito,orgullo de las cortes, prestigio de la literatura y funda­mento de losclubs exclusivos- se ufanaron de derivar de mi estirpe. Hasta a unpersonaje central de Notre-Dame-des-Fleurs quisieron injertarlo en miárbol noble, pero ese es un invento de Jean Genét. Y yo continuéleyendo, con los anteojos arcai­cos de Raimondín, que rescaté desumortuoria cámara, des­lizándose sobre mi nariz hacia mis manos quemanejan con" destreza igual las páginas del Gotha y las de las novelasactuales. Sin embargo, en el andar de tanto tiempo, algo diferente meaconteció. Fue hace casi ochocientos años. Es lo que en este libro mepropongo referir.

Micuento de hadas ha terminado. Es triste y también es hermoso. El lectordirá. Ahora debo narrar el otro, que como éste tendrá atisbos de cuentode hadas, por el matiz ineludible que mi esencia impone a lo que mecircunda, mas será un cuento harto diverso del que he narrado quizáscon exuberantes por menores: recuérdese, empero, lo que antes expresé,o sea que a los seres humanos (¿y hay alguien más humano que un hadacomo yo?) les es imposible no acceder a la satisfacción necesaria dehablar de sí mismos. Al fin y al cabo, sola en el campanario deLusignan, no hablo con nadie desde el siglo xii.

Progresaba la noche, en aquel verano del año 1174. Todavía faltaban dos horas hasta las doce y el toque  deMaitines, y yo dormitaba, gozando del silencio que cerraba las últimaspuertas, y aguardando el instante en que la campana volvería adespertar­me, porque nunca, hasta hoy, he podido habituarme al repiquede los bronces suspendidos sobre mi cabeza. Se observará que debíescoger un alojamiento menos incómodo: si elegí éste fue por razonessentimentales. La capilla de Lusignan es la primera de las obras querealicé para Raimondín, y yo soy muy sentimen­tal. Además, aquí mesiento en mi casa, mi casa ruidosa pero mía.

Soñabami sueño de siempre. Veía, como mucho tiempo atrás, a Raimondín queapartaba la cortina de follaje de la fuente de Cé, entre el nítidosonar de los olifantes. De súbito, me desperté. He conservado un oídomuy fino y algo se había deslizado en su interior que perturbaba elcotidiano cinema­tógrafo de las imágenes. Era un golpeteo seco y veníade la carretera. Mi instinto de perdiguero se alertó; desperezáronse misanchas alas invisibles, e incorporándome me asomé a otear la plateadabruma, mas ni siquiera con el refuerzo de mis que­ridas gafas decristal y berilo logré distinguir al productor de los intrusos rumores.Me orienté y volé hacia ellos.

Porel camino avanzaban, pausadamente, dos sombras. Me aproximé aun más ydi la vuelta al desconocido grupo que embadurnaba la oscuridad, merceda un vago reflejo, con unos tintes de azabache y de laca verdinegra.Adelante, en un caba­llo bastante bueno, iba un caballero cuyo rostrono alcancé a detallar, pues lo tapaba un capucho. Pendía a un lado sues­pada,  azotándole con suavidad el costado, ysobre su espinazo colgaba, sujeto por una correa al cuello, un granescudo oblongo, pero aunque traté de inspeccionar el diseño heráldico(esas figuras, en las que la vanidad se aliaba con los fines deidentificación, si bien eran todavía raras, comenzaban a difun­dirse),no me salí con la mía, ya que encima se estiraba, con el evidentepropósito de ocultarlo, un sacudido lienzo desgarra­do a medias. Loseguía un caballo de traza menos heroica, -el primero era casi uncorcel de guerra y en cualquier caso lo había sido, mientras que ésteno pasaba de manso rocín-, en cuyo lomo apilábase el bulto de laarmadura y el reducido equipaje del jinete. No había nadie más, ni unescudero, ni un paje, ni un niño que alumbrase la senda. Todoparticipaba de un aire simultáneamente misterioso y deslucido,destinado a fascinarme. En su marcha salieron a un claro, entre losár­boles, y entonces, como el caballero levantó la cabeza y Lees­polvoreó la cara el brillo de la luna, vi su rostro viejo, cansado ytriste. Advertí que tenía un párpado, el derecho, algo caído, de modoque aun cuando lo mantenía abierto, le escondía parte del ojo, y que devez en vez, obedeciendo a un tic, echaba la testa hacia atrás y alzabala ceja correspondiente a ese ojo semitapado, lo cual le asignaba unaexpresión burlona y despreciativa que acaso no correspondía a ladisposición de su ánimo, pero le infundía, sin disputa, la apariencianoble de uno habituado al mando. Tanta era la nobleza, en verdad, deaquella cara ru­gosa, que su obvia miseria no la alteraba ni en lo másmínimo. Deduje que se trataba de uno de esos caballeros errantes, cuyacuriosa personalidad empezaba a esparcirse, merced al éxito de lasnovelas de Chrétien de Troyes, best-seller del siglo XII; acaso de unseñor necesitado, incapaz de mantener en sus tierras a cinco escuderos,ni siquiera a uno, o, en la peor de las alterna­tivas, de uno de esoscaballeros sin más bien que sus armas, que iban de torneo entorneo-como puede suceder con un torero anónimo o gastado, en estaépoca- en busca, si tenían suerte, de la recompensa que les permitiríasubsistir hasta la siguiente justa anunciada: el premio de un corcel,de un yelmo y una cota, de unas piezas de vajilla, de un bolso conmonedas tornesas, que pronto pasarían amanos del mercader, delpres­tamista y del dueño del hostal. Algunos paladines así,menes­terosos y respetables, había notado yo desde mi atalaya, peroéste, quizás por sus años y por la intensidad de su rostro, se meantojó distinto. Además, con el auxilio de la luna, yo había dilucidadoya que el lanzón que mi héroe llevaba asegurado en el estribo, no erauna típica rama de fresno, sino una defensa de unicornio, un cuerno deunicornio de seis pies y me­dio de largo, por lo menos, como el que aCarlo Magno envió el rey de Persia. Y era tal el contraste que seproducía entre la indigencia del resto y ese instrumento de prodigio,inhallable, por cuya posesión suspiraban los magníficos príncipes, queme quedé maravillada, porque para mí, fuera de los ojos de Raimondín,no hubo hasta entonces nada más bello ni más digno de envidia que elcuerno de un unicornio, que el extraño tor­nillo de luengo marfil acuyo contacto cualquier ponzoña cede. Y yo soy experta en unicornios;los he estudiado bien; me in­teresan sobremanera. Podría escribir sobreellos un libro entero, y ahora que pienso, éste se llamará así: el unicornio.

Nointento arrogarme la prerrogativa de la exclusividad. No voy a salir yoinventando al unicornio. Antes, muchos han expe­rimentado la sugestiónde su enigma, desde el poeta de los Sal­mos, en los cuales representaen primer término el poder de Dios y luego la fuerza vital de loshombres, hasta Tertuliano y Justino, que lo utilizan para caracterizara Cristo; a Prisciliano, que llamó a Dios, "unicorne"; a San Nilo,según el cual el monje es un unicornio; a San Basilio, que designa aCristo como filius unicornium; a Ambrosio, que expresa que elnaci­miento del unicornio es un misterio equiparable a la concep­ciónde Nuestro Señor; y a Ctesias, Plinio y los naturalistas alejandrinos,que describieron coloridamente al monoceronte; y al Preste Juan, quepintó la guerra del unicornio y el león; y a Felipe de Thaon, que loincluyó en su Bestiario; y a Thibaut de Champaña, que en una canción loempleó para ela­borar una imagen encantadora; y al escéptico AmbroiseParé; y así hasta los actuales contemporáneos, Jung, el erudito OdellShepard, autor de Lore of the Unicorn, y el último, el delicioso einquietante Bertrand d Astorg de Le mythe de la Dameá la Licorne. Sí;se lo ha desmenuzado, autopsiado, investigado, y encrespadasinterpretaciones promovió. Alegoría de Jesús y del Espíritu Santo;símbolo dela potencia del mal; emblema de la encarnación; imagen de lavida eremítica; proyección de la Luna; efigie del alquímico mercurio;para casi todos, arquetipo de pureza; para Leonardo da Vinci, figura ycifra de la sensualidad.  ¡Qué discutido bruto, qué delicadísima insignia, zaran­deada por el juego metafórico!

Unatarde, en la floresta deLussac, cerca del vado de la Biche, dondeClodoveo hizo beber a sus caballos, pasó un uni­cornio a mi vera, algalope. Tuve tiempo de apresar con los ojos su forma fugaz, y ya habíaescapado, dejándome la visión multicolor de su cuerpo equino, blanco,su cabeza roja, sus ojos azules, su cuerno negro, blanco y escarlata.Quise atraparlo y, sin darme sitio a ejercer mis facultades de hada,pues hubiera querido llevarle a Raimondín el preciado trofeo, se perdióen la salvaje espesura. No tuve en cuenta entonces, en miaturdi­miento, el arte especial que para cazar un unicornio serequiere, y que en la Edad Media hasta los niños conocían. Elmonoce­ronte es un ser ambiguo. Por eso ha sido objetode glosas tandis­tintas. Peligroso, sanguinario, muere de tristeza en el cautiverio.Es capaz de luchar con un elefante, su detestado enemigo, y de clavarleel cuerno en la corteza rugosa; y sin embargo, ama a las palomas y sedetiene a descansar bajo el árbol entre cuyas ramas se escucha suarrullo apasionado. Para cazarlo -¿por qué no lo recordé a la sazón?-es menester situar a una doncella en el corazón mismo del bosque que labestia cruza con violento retumbo de cascos y vibrantes relinchos. Laque servirá de trampa, debe ser una verdadera doncella, sin máculaalguna, pues si su pureza hubiera flaqueado en lo más leve, elunicor­nio, infalible detector de corrupciones, acuya sensibilidad nose hurta y disimula nada, la castigará hincándole el asta filosa ydándole instantánea muerte. Ella lo aguardará en solitario silencio.Será hermosa y estará desnuda. Como los unicornios participan, asemejanza de los humanos, de gustos diversos, un manuscrito sirio,citado por d Astorg, propone la posibilidad, a falta de una virgen, deemplear una prostituta o un joven vestido de muchacha. Pero locorriente, lo ortodoxo, lo que han recogido los tapices de Clurry y losde los Cloisters de Nueva York, es que el cebo sea una mocita deperfecta castidad. Y desnuda, como lo estuve yo dentro de mi tonelfatídico. En los tapices góticos no la tejieron sin rebozo, exhibiendola desve­lada diafanidad de su cuerpo, quizás porque el pudor de lasda­mas tejedoras se resistía a ese desenfado; mas ha de estar des­nuda:sine qua non.Y en la intrincada umbría aguardará a la apariciónpiafante. Entonces acontecerá lo que los exegetas han reseñadoreiterativamente: el monocorne, con la defensa recién aguzada en unaroca (esa defensa que sirvió para salvarlo delDiluvio, pues por ella lo ataron al casco del Arca), se parará, huyendode cazadores y lebreles, deslumbrado por el resplan­dor de lavirginidad; vacilará un segundo; luego doblegará la cabeza; seaproximará a la doncella lentamente y, mientras ésta lo acaricia,depositará su testuz con un enamorado suspiro en su regazo, yentrecerrará los ojos. Quedará como enajenado, tan distante, tanolvidado de todo, que los cazadores lo ultimarán con sus flechas,venablos y picas, sin que oponga resistencia alguna. Ello se deberá,opinan unos, a la frescura que emanade la inocencia y que apacigua elardor de su sangre y lo con­duce al sueño; según la conjetura deLeonardo, a la voluptuosa satisfacción que domina su sangre bravía y loimpulsa a recostar su delicia en el pecho tibio de la niña intacta -ode la mujerzuela, o del disfrazado muchacho, respondiendo a la variedadde sus inclinaciones- y a omitir las aptitudes bélicas de su cuerno.Por un camino o por el otro: por el del embargado respeto a lacandidez, o por el de la inerme entrega a la las­civia, el unicornioencontrará su doloroso fin. En consecuencia, yo lo considero -pues ellodepende del modo en que se mire al asunto- como el símbolo de la purezay como el símbolo de la impureza, y eso, esa opuesta dualidad queculmina en su destrucción inexorable, es lo que en él más me conmueve.

Contales ideas, se comprenderá que la presencia de un asta de unicornio enla mano del ignoto y desprovisto caballero, me sumiera en la mayorconfusión. Aquel objeto peregrino, aquel talismán precioso, que solíaesconder en su base un carbúnculo curativo de enfermedades, poseía lavirtud de preservar contra los sortilegios y de ennegrecerse al entraren contacto con cual­quier materia venenosa. Por eso los árabesincrustaban un trozo de unicornio -cuando lograban, a cambio de bolsasde oro, conseguirlo- en los mangos de los cuchillos que empleaban ensus festines. En este caso, si la comida era tóxica, un leve sudorinformante cubría la hoja de metal. Por eso tuvo uno Lorenzo elMagnífico. Y es fama que si el monoceronte lo hun­día, al beber, en elagua de un río, el líquido hervía, formando una nívea espuma que hacíahuir a las alimañas mortíferas; entonces los demás animalesaprovechaban para beber por turno, y el unicornio benéfico quedaba aparte, bajo el árbol que poblaba el zureo amoroso de las palomas,mientras que por su cuerno, que en esos momentos parecía detransparente cristal, pasaban, moviéndose delicadamente, como a travésdel humode una larga pipa, borrosas figuras en cuyo diseño inasi­bletal vez se descifrarían los hechos del futuro.

¡Cómo me hubiera gustado despojara su dueño de amuleto tan extraordinario... sobretodo reflexionando que poco lo utilizaría, en la selección de losmanjares, el caballero que seguramente reconfortaría su hambre con migade pan mojada en vino azucarado, el miget del Poitou que apreciaba DuGuesclin, y no abundaría en ocasiones de encararse con la ponzoña quesólo aparece en el aparato regio de los grandes banquetes políticos!Pero el ángel que habitaba la torre de Lusignan, atraído también por lapresencia inusitada y tardía del viajero, había descendido hasta elcamino, y fingiendo, por las men­cionadas exigencias protocolares, nover al hada de cola de ser­piente que al otro lado observaba la escena,me impidió con su presencia grave caer en la tentación. Si Raimondínhubiese vivido, la cosa hubiera sido distinta.

Loscaballos, recelando cercanías misteriosas, lanzaron un do­ble relinchoque estremeció a la soledad; el señor alzó más la cabeza todavía y sele acentuó el rictus de orgullo, que se hubiera disculpadoholgadamente, de sospechar el desconocido que en ese momento desfilabaentre un hada y un ángel. Des­plegué mis alas; el ángel desplegó lassuyas y, con majestuoso vuelo, rivalizando quizás en aeronáuticaelegancia, regresamos al campanario y a la torre, en tanto elrepiqueteo despacioso de los cascos de las caballerías se alejaba rumboa Poitiers y el cuerno mágico que lustraba la luna (cuando rompíamomentá­neamente, con su brusca aparición depica torneada y punzante elterciopelo de la fronda que bordeaba la carretera) terminó poresfumarse, por extinguirse a mi vista, empinándose y redu­ciéndose enmedio de las hojas más y más distantes, como un juego de erguidossurtidores que se apaga, de chorro en chorro cada vez menos activos, enun jardín.

 

Escritoestaba, sin embargo, que aquella no sería una noche de reposo: aun más,que aquella sería para mí una noche de nervios y de crucialimportancia. Ni siquiera lo malicié, de lo que se deducirá que, al finde cuentas, un hada está sujeta a tan emocionantes alternativas comocualquier mortal. Tam­bién es cierto que, de no ser así, yo no podríaenfrentar, sin perder la cabeza, el tiempo sin duda largo que me faltahasta el aniquilamiento del mundo.

Meestiré y reanudé los bostezos de la modorra. Una hora más tarde, volvía despabilarme, pero esta vez no fue,como la anterior, por lasinsinuaciones sutiles de un golpeteo rítmico, sino por la irrupción deun bullicio que quebró totalmente nuestra calma y que obligó al vigía amostrarse en el nicho del torreón, con la puntualidad de una figurillade reloj mecánico, y a varios soldados a inclinarse, en el pasadizo deronda, escru­tando la oscuridad de la carretera. Esa oscuridad cedíaaquí y allá, ante un vaivén de sombras y de luces que crecía bajo losárboles, lo que picó mi curiosidad y me obligó a descender de nuevo.Entonces supe que lo que provocaba aquella alga­rabía -y que constituíala antítesis del calmoso andar del enca­puchado del unicornio- era unacarreta que venía en dirección a Poitiers, arrastrada por cuatrobueyes, y que la inestable claridad brotaba de varias antorchasllevadas por otros tantos niños y que pintarrajeaban caprichosamente laescena, inten­sificando por momentos la fosforescencia del oro con elcual habían sido teñidas las cornamentas y las pezuñas de los gran­desvacunos blancos, coronados de guirnaldas de rosas marchitas, yabrillantando los vivos colores del grupo que en lo alto del zamarreadovehículo se apretaba.  Un anciano,  ahorcajadas en uno de los bueyes delanteros, guiaba la pereza deldesfile. A caballo, a su lado, muy tieso, un adolescente me maravillócon su garbo, cuando el resplandor se proyectó sobre él. El resto, losdel carro, eran unos gárrulos hombres y mujeres, vestidos con unaexótica fantasía que nada tenía que ver con la simple túnica de lasclases trabajadoras. Apenas si se los podía dis­tinguir, apeñuscadoscomo iban, de modo que me acerqué más y colegí que habían bebidobastante y que acaso -porque mi experiencia al respecto valía poco- setrataba de unos mozue­los y unas meretrices. Aunque, a partir de SanAgustín, la Iglesia toleraba a esas desgraciadas imprescindibles, seesfor­zaba por salvarlas y hasta recomendaba el casamiento con ellas,como un método eficaz para ganar el perdón de los pecados, tampocoolvidé que en determinadas ocasiones la autoridad iracunda las azotabaen plena calle, sanción a la que hubieran sido acreedoras las de lacarreta, por la audacia de su escán­dalo, de no mediar lo solitario delparaje. Una de ellas ordenó en ese momento al anciano del buey quedetuviera la marcha al amparo de unos robles. Bajaron todos, hasta elbello doncel del caballo, y sin más se pusieron a orinardesfachatadamente contra los troncos, lo que colmó mi sorpresa, porqueobservé que, fuera del doncel en cuestión, no había allá mujer alguna,pues el resto eran hombres y él únicamente no lo era, compro­baciónque, por el enmascarado intercambio de los sexos, me sugirió la idea deque aquella escena, más que a la tranquila atmósfera de Lusignan,hubiera correspondido a las locuras de la villa cercana de Bel-Esbat,situada en St.Vincent-sur-Jard y célebre, en la época prerromana, acausa de sus ambiguos pla­ceres. Pero Bel-Esbat, Sodoma del Poitou,había sido engullida por las aguas, mucho tiempo atrás, de suerte queel carro equí­voco, cuyos usu fructuarios desdeñaban con sus ropas yactitudes al decoro, se presentó a mi mente como algo digno dellamen­table nombre de Carreta de la Infamia, la carreta vergonzosa,impúdica, en la que los condenados eran sometidos a las burlaspopulares y en la que, por amor de la reina Ginebra, subió el caballeroLanzarote. Ellos, entretanto, sin percatarse de la impresión queproducían, continuaban dando curso natural a su digestivo alivio y suparloteo, tanto que el angélico huésped de la torre del castillo, quetambién había acudido a ver qué pasaba, comprendiendo que no era ése sulugar, levantó vuelo y retornó discretamente a su celda.

Empero,a medida que escuchaba la ruidosa conversación, fui penetrando en elasunto y midiendo cuan grave había sido mi error al condenar con talrapidez a esos jóvenes. Por aquel entonces y aquellos contornos, seempezaba a hablar de la no­vedad del teatro en idioma popular, unteatro que todos, seño­res y aldeanos, entendían, al no implicar elconocimiento del latín que se empleaba en los primeros dramaslitúrgicos, y los vecinos comentaban la escenificación de la parábolade las Vír­genes Prudentes y las Vírgenes Locas, compuesta por unclérigo en lengua de oíl, que se representaba en los atrios de lasigle­sias y en torno de los monasterios que recibían a lasperegri­naciones. Y los muchachos del carro -el uso severo imponía quelos improvisados actores, sin excepción, pertenecieran al sexomasculino- regresaban a Poitiers, luego de ofrecer su sacra diversiónen algún religioso pórtico de las cercanías, quizás en un pueblo dondese celebraba con una feria la fiesta de un santo, y era seguro quehabían probado con exceso los vinos del abad y después los de lasventas del camino. Conservaban sus ropajes histriónicos, para aumentarasí las causas de albo­rozo, con lo cual, más que salidos de la pazevangélica que establece con su admonición el piadoso drama, parecíanesca­pados de esa Boca del Infierno que en el mismo drama figura y queconstituía la artimaña efectista del fascinante espectáculo. Reían,bailaban, alrededor de la carreta que había reanudado la indolenteandanza; cantaban, al son del violín, del arpa y del laúd árabe, perodándole ahora un tono burlesco,la melopeya de las vírgenes incautas:¡Ay, frágiles, ay, desdichadas, que demasiado dormimos...!, y todavíaseguía circulando, de una mano a la otra, el jarro culpable.

Enese momento, la campana de Lusignan hizo sonar el toque de Maitines, lamedianoche, y mi destino se decidió. Porque la verdad es que yo estabaencantada con lo que acontecía. Frente al monótono deslizarse de lashoras en la torre cuadrada, aquel alborotado júbilo lograba el prodigiode rejuvenecerme, de llevarme atrás, en el tiempo, a la época de losagasajos que inventé para Raimondín y a los que concurría el señoríodel Poitou. Quise participar, aunque invisible, de una felicidad que mehada mucho bien, y me aproximé tanto al grupo de los bailarines y loscantores en el que había una sola mujer -la que, vestida de hombre,cabalgaba a un costado, casi me­lancólica, sin intervenir en el alegreajetreo, y era, por lo que pude discernir en la penumbra,exquisitamente bella- que los adolescentes (como los caballos del señordel unicornio, en la breve escena anterior), recelaron tal vez unapresencia mágica, intrusa, y ascendieron de nuevo al carro con ágilesbrincos. Puestos en fila, detrás de las tablas, todos ellos magros,lán­guidos y crecidos, con trenzas y diademas, reproducían el frisohierático formado por las esculturas de las vírgenes sensatas y las queno lo fueron, alineadas con sus vestes de piedra en el portal deAulnay, en Saintonge.

Unode los infantes portadores de antorchas avivó la llama de la suya, y laluz cayó, violenta, sobre la cara de un joven que acababa de asomarsepor encima de los maderos crujientes, cubiertos con ramas entrelazadasde laurel, y que goteaba con avidez el ahumado perfil del castillo, yentonces, a pesar de su traje y su tocado, pues evidentemente habíainterpretado el papel de una de las vírgenes, a pesar también de suexpresión distinta, mezcla de pureza y madurez, advertí en éluna seme­janza tan asombrosa con Raimondín de Lusignan que, de ha­bermesido otorgada la posibilidad de desmayarme, juro que me hubiera tumbado,privada desentido, mientras la alharaca de la compañía se separaba másy más de nuestras fortifica­ciones, perseguida por las piedras y laspullas de la soldadesca. Pero no sólo no me desmayé sino que, alcontrario, se aguzó mi atención entusiasta.

Elparecido era portentoso. Acaso ese muchacho ganara en altura y flacura alas de Raimondín, mas su rostro y el largo pelo negro que sobre él sevolcaba, sus pómulos salientes, su nariz fina y menuda y, especialmente,increíblemente, la diferencia de sus ojos, uno azul y el otro con untenue tinte áureo, chispa de una luz que acentuaban los reflejostemblones de la antorcha, correspondían con exactitud a los rasgosdel hijo del rey de los bretones, de manera que pensé tenerlo ahírevivido, reencarnado, y el viejo ardor que había quemado mis venas enla fuente de la Sed, la tarde de la cacería famosa, se despe­rezó ytornó a encenderme y a sofocarme. Me desvié un poco, para reflexionar yrecuperar la calma, y me dije que una iden­tidad como esa no eraposible, a menos de mediar un encan­tamiento o una ilusión (que es unade las formas del encartamiento), y cuando volví amirarlo no hice másque corroborar la impresión primera. El muchacho esbozó una demán -el deapartarse el pelo de la frente, con tres dedos- y eso intensificó laanalogía. Es cierto que, como Raimondín, no se ajustaba al retratodel doncel ideal, convencional, que trazaron y repitie­ron lostrovadores (el muy blanco, rizadamente rubio, de ojos de halcón); supiel tenía un tono mate, soleado, mediterráneo; sus cabellos de lluvia yde sauce caían con el más lacio y olvi­dado de los abandonos, y sus ojosrasgados y estirados hacia las sienes, presentaban la turbadorasingularidad conocida: pero hubiera sido absurdo no aseverar, con sóloverlo, que hubiera podido inspirar a los autores de los poemasnovelescos que se recitaban febrilmente a la sazón. Por lo demás, unode sus camaradas lo reclamó en ese instante, y su nombre, corto ymu­sical, puso en el aire una resonancia de canción épica. Era el nombrede uno de los personajes de la gesta de los condes de Saint-Gilíes,aquel a quien el capricho de un juglar emba­rulló, trabucándolo, con lamemoria de un vetusto abad merovingio de Provins, San Ayoul, tanto queconvirtió a la tumba de ese inocente patriarca en la tumba del grácilcaballero Aiol, para mayor distracción de peregrinos y de turistas.Porque el joven del carro se llamaba, admirablemente, Aiol.

Quienme lea tendrá que compartirla confusión de mi ánimo, para comprendermey juzgar mi reacción próxima. Luego de la sorpresa del unicornio, la deese fantasma viviente de Rai­mondín terminaba de trastornarme. Para mí,lo mágico, la atmósfera de magia, era algo tan indispensable como elaire para un mortal. Encerrada en el campanario de Lusignan, muycontadas ocasiones se me ofrecían de respirar el mágico efluvio y, de noser por ciertas prestidigitaciones caseras que yo misma producíapara enriquecer el ambiente, y que por eso no podían desconcertarme, mivida se reducía a un trajín invariablemente uniforme. Y ahora la magiavolvía a irrumpir en mi medio sediento, con su frescura, con suincomparable sugestión,y me devolvía la imagen del amor perdido, en unacarreta estram­bótica, con la facilidad con que se saca un naipe de unamanga o de un sombrero.

Cansadostal vez del disfraz que conservaban, algunos de los mozos comenzaron amudar sus ropas. Entre ellos se hallaba Aiol y, cuando quedó únicamentecon sus bragas estrechas y sus calzas, que le marcaban con dos trazosamarillos las largas piernas, en momentos en que se aprestaba a ponersela camisa no muy limpia, la luz de la luna le dio en un hombro des­nudo,el derecho, y yo, que lo observaba de cerca, noté allí, en lo moreno dela piel, el nítido dibujo de una cruz blanca. Era la señal delos príncipes, la señal de los que nacen prín­cipes, la que el rey deHungría descubrió en el hombro del hijo de Carlomagno, cuando la pobrereina Blancaflor debió refugiar en un bosque su desventura. Eso terminóde persua­dirme. Apenasme exigió unos segundos la resolución quedefi­niría mi actitud.

Deun salto, me acomodé sobre uno de los bueyes, el cual, al sentir sobresu lomo la imprevista carga, giró hacia mí, sin poder verme, sus enormesojos y sus cuernos dorados cubiertos de rosas moribundas, y lanzó, comoun toque de bocina mar­cial, un sonoro mugido del que las yuntas sehicieron eco. Dejé colgar sobre el robusto flanco, a modo deun acimitarra, los esmaltes de mi cola blanca y azul; entreabrí misalas, para recoger en ellas la templanza de la noche; y sacudidos conruidoso bamboleo, nos fuimos entrando en el bosque, camino de Poitiers.Los chicos de las antorchas correteaban alrededor; el guía ancianoazuzaba a las bestias, interpelando su molicie con terribles insultos;la niña del caballo se arrebujó en su manto y alzó en punta el pico desu capucha -misteriosa como esa mitrada figura ecuestre, bizantina, delcaballero secreto, de piedra, que se reitera en las fachadas de lasiglesias del Poitou, en Parthenay, Airvault, Melle, y que los peregrinosque iban  a Santiago de Compostela se mostraban,contándose historias acerca del tiempo en que la emperatriz santareinaba en Constantinopla-; y los de la carreta, que continuabanvistiéndose y desvistiéndose y se arrojaban los unos a los otros lascoronas de flores de las vírgenes, se pusieron a desentonar lascanciones que habían oído en las posadas a los estudiantes goliardos, alos clérigos vagabundos, con invocaciones a Baco, a Venus y a Eneas. Y,aunque aquellos himnos rijosos resultaban muy poco adecuados para laevocación ritual, quizás por la solem­nidad de los blancos bueyes y lasguirnaldas enlazadas en sus cuernos que rutilaban en medio de las hachashumosas, qui­zás por lo arcano de la región, en la que los dólmenessagrados eran vecinos de los monasterios, seme ocurrió que así debieronser, en esos mismos sitios y en el oscuro comienzo de la his­toria, lasprocesiones de los druidas que atravesaban las flores­tas hacia el mar.Pero pronto la Edad Media pujante, la Edad Media que yo y mi enigma y mifantasía simbolizábamos con incorporal prestigio, tornó a imponersuseñorío sobre la escena, porque un enjambre de hadas menores, que a esahora cru­zaba la arboleda y sus neblinas, llevando a un caballerodor­mido, acostado en la curva de su escudo, al divisarme en el vacunobalanceado -y ya se sabe que mi situación jerárquica era destacada, enel dominio fe érico del Poitou-, descendió hasta nosotros, con un extrañozumbido de insectos que hizo levantarlas cabezas de los hombres y, comolas túnicas cons­teladas de mis compañeras titilaban sutilmente en latenebrosa espesura, los cánticos cesaron un instante, pues fue como siun vuelo repentino de luciérnagas hubiera pasado, despertando risueñossusurros, sobre el cortejo teatral. Luego se alejaron de mí, augurándolefelicidad a un amor que adivinaban, y las canciones de taberna, coreadaspor el vocerío áspero, quebra­dizo, de los muchachos, recuperaronsu vigor, mientras que el perfume de las flores silvestres crecíadulcemente, como si el carro avanzara entre recónditos sahumerios.

Ellector habrá inferido tal vez, de esa inaudita similitud y del interéscon que el mozuelo examinaba al castillo de Lusignan, que Aiol debía seruno de los numerosísimos descen­dientes de Raimondín y míos quepululaban en la zona. Así lo barrunté yo y confieso que la eventualidadremota de un encuentro en el plano amoroso con quien acaso fuera elchozno de mi chozno, no me inmutó en lo más mínimo con suinces­tuosa perspectiva. El desorden cronológico propio de unain­mortal, obligada acompartir la vida sucesiva de muchasgene­raciones, había suscitado en mí un distinto ordenamiento de lasideas morales, adaptadas a la originalidad de mis circuns­tancias. Y elhecho de que Aiol, sellado en el hombro con su marca de príncipe, fueracasi inequívocamente un Lusignan, al par que añadía un ingrediente alatractivo de la aventura, me brindaba un pretexto para abandonar por unplazo ignorado el castillo, sin que me remordiera demasiado laconcien­cia. Desatendía el cuidado de los Lusignan que moraban en lastorres por mí edificadas, para ocuparme de otro Lusignan -ya no vacilabaen atribuirle ese origen- de mi sangre. Unía así lo útil a lo agradable,el deber histórico al voluptuoso espar­cimiento. Atrás quedaban losgrandes caballeros: Hugo IX de Lusignan, su hermano Godofredo, que fueuno de los pala­dines más valientes de entonces, y Guy, el benjamín, elele­gante, el frívolo, de espléndida apostura. Estarían durmiendo apierna suelta, tan desprovistos de ropa como vinieron al mundo, en lashabitaciones castellanas que aromaba la menta salvaje esparcida en elsuelo. El barón Godofredo guardaría su corcel en la mismacámara principal que compartía con su dama, y al alcance de su diestra,estarían las armas y los arneses. El otro hermano, Aimery, residía enJerusalén, donde su intimidad erótica con la muy sensual señora Agnés deCourtenay, madre del pequeño rey leproso -cuyos detalles picantesllegaban, con los mensajeros de Tierra Santa, a conmover el tedio denuestro baluarte, en el que se comentaban infinita­mente los altibajossentimentales de este segundón-, le valdría en breve el envidiado títulode condestable del reino franco de Palestina. Esos Lusignan podíanatenderse solos. Les sobraba astucia. Además, contaban con el ángel delcastillo. En cambio me pareció que Aiol me necesitaba. O quise queme necesitara. O yo lo necesité a él. Y me fui en la carreta de lasVírgenes Prudentes y las Vírgenes Locas, sobre la cual la bandada dehadas radiantes que raptaba para su placer fugaz a un caba­llerodormido, como los olímpicos dioses robaban a las bellas mujeres, dejócaer una llovizna de tréboles nuevos, estrujados, olorosos, los trébolesque, según opinan los expertos británicos, permiten ver a las hadas.Pero los muchachos del carro no lo sabían y no los aprovechó nadie ynadie me vio.

 

Elque daba acicate a las yuntas se fatigó también, probable­mente, deldisfraz que le imponía la tristeza deser anciano, porque sin previoaviso, de un manotazo, suprimió la melena y las barbas apostólicas, conlo que se vio que era un hombre de unos cuarenta y cinco años, defacciones curtidas, estriadas por  una telarañade arrugas, labios irónicos y ojos diminutos y vivaces. Se irguió en labestia, como si la máscara decrépita lo hubiese aplastado, y recuperó suespiga da arrogancia, sub­rayando así una curiosa afinidad de figura conAiol. Volviéndose, exigió vino. El jarro pasó por encima del pelaje delos bueyes, salpicándome, y los muchachos rogaron:

- ¡Ithier, Ithier, cuéntanos, Ithier!

El hombre sonrió y bebió un sorbo. Detrás, la salmodia pro­seguía:

-¡Ithier, Ithier!

Hastaque Ithier comenzó a imitar, con destreza suma, los gritos destempladosdel pavo real, el bramar del toro, el zum­bido de la abeja, el rebuznodel asno, la melodía del ruiseñor, y el bosque se pobló de animalesinvisibles.

Pero los del jarro insistieron:

-¡Cuéntanos, cuéntanos!

Ithiersacó de la alforja una zanfonía, hizo girar su manu­brio y preguntó sideseaban la historia de San Alejo, el que dejó intacta a su esposa, lanoche de las bodas, y que arrastró en Oriente una existencia miserable,para regresar a su castillo y refugiarse como un pordiosero bajo lasbóvedas de la esca­lera, donde lo hallaron muerto, años después, y sóloentonces descubrieron su santidad.

Peroel que en la representación había tenido sin duda a su cargo el papelcómico -que sería el del mercader, el que vende a las vírgenes el aceitesin el cual sus lámparas se extinguirán, lo que las mandará derecho alInfierno- afirmó su voz más baja y profunda:

-No, Ithier, cuéntanos de tu vida en España.

Ithier se echó a reír:

-¡Sois muy jóvenes!

- ¡Cuenta, cuenta! -y modulaban las palabras con la caden­cia ondulante del drama sacro.

Eraclaro que Ithier estaba acostumbrado a hacerse valer y suplicar. Fingióque vacilaba; sus dedos volvieron a crisparse en el manubrio quegobernaba el cilindro de su instrumento y empezó su relato con una vozgangosa, arrastrando las voca­les y creando, con la sensualidad de lasinflexiones, un clima raramente denso, apasionado. Lo suyo resultaba unamezcla de melopeya y de monólogo. Me di cuenta de que los mucha­choshabían oído esa narración en otras ocasiones, pero que cada una lograbapara ellos el realce de una espléndida nove­dad. Y, entanto proseguíala marcha pachorruda y algunos de los viajeros se dejaban caer, entredormidos y sonámbulos, en el fondo del carro, la gloria, la pompamitad refinada y mitad bárbara, mitad oriental y mitad nuestra, de losreyes españoles, irrumpió con un ritmo en el cual, aunque el únicoinstrumento pulsado era una zanfonía casera, humilde, se hubie­ranpodido distinguir los matices de los siete tipos de rabeles moros,importados de Persia, el que tiene forma de hemisferio también y el quetiene forma de barca, y el cloqueo conversa­dor de las castañuelasandaluzas con las que las mujeres de Cádiz acompañaban sus pantomimas,desde los tiempos de Marcial, tal era la fuerza de las evocacionesentre cruzadas por un seco batir de palmas y un corto grito. Ithier nosdijo que había estado en la corte de Alfonso VII de Cas­tilla,el Emperador, quien vivía como un sultán, como el califa del Cairo, enmedio de un harén de concubinas y cantaoras, y en la de su yerno,Alfonso de Aragón, quien rivalizaba con él en lujo estupendo.

Losojos de Aiol, dilatados, horadaban la sombra que nos circuía, como si enella buscaran el diseño huidizo, velado, de las danzarinas, y el perfilescultórico de los monarcas de Iberia que besaban a las cautivas en laboca, y yo sentí celos de esa emoción y agité mis alas, con lo que unaire sobrenatural sopló livianamente sobre la escena, insinuando suescalofrío en las espaldas de los presentes, y la niña del caballodespegó los labios por fin, para afirmar que habíamos pasado sobre unatumba, lo cual me dio mucha rabia, pues todos se santiguaron y enseguida tornaron al hechizo de los serrallos españoles, donde elsoberano de Aragón acogía a los trovadores de Francia, a Peire Vidal, aGuiraut de Bornelh, y les regalaba alfanjes y palafrenes y capasbordadas de oro.

-¿Y a ti qué te regalaron, Ithier?

-Amí me regalaron el corcel más veloz de España. Pero no tuve suerte.Nunca he tenido suerte. Cuando volvía a Provenza, al atravesar lastierras de Navarra, su rey. un salvaje, un rús­tico, a quien el rey deCastilla no hubiera admitido en su alcázar, se enteró dela magnificencia del obsequio, y envió unos bandidos a que medespojaran. Y él se quedó con el caballo.

Suspiró:

-Un corcel de pelo largo, manchado como una pantera, ágil como una pantera de caza, que devoraba el viento. . .

Losjóvenes suspiraron también, solidarizándose con su me­lancolía. Yoconocía perfectamente el episodio, y sabía que el protagonista habíasido Guiraut de Bornelh, el Maestro de los Trovadores. Haciendo unesfuerzo de concentración -porque, por falta de hábito, me costabanmucho esas manifestaciones espectrales- hubiera podido quizás aparecerfrente a la tropa, con la majestad de mis alas y mi cola de sierpe,y desmentir al patrañero, pero resolví no ensayar ese juego, por miedode fra­casaren la operación, por elegante desdén ante el pavor quehubiera producido, y por entender que, a la postre, no valía la pena.Además, una distracción substancial torció el rumbo de nuestrasinquietudes. La muchacha se nos había adelantado y vibró su alertapremioso en la sombra:

-¡Alguien hay en el camino!

Deinmediato, los que reposaban se pusieron de pie y los vapores del vinose disiparon. La perspectiva de un mal en­cuentro en los montes era cosacotidiana, y la historia del rey de Navarra le confería tristeactualidad. Me calé las gafas de cristal de roca y de berilo y, a lavera de la senda que giraba entre los árboles, rescatado de la lobreguezpor las antorchas indecisas, divisé al caballero del unicornio. Sus dosbestias, des­cargadas, pacían la hierba, algo atrás, y él debíahaber desper­tado cuando llegaron a sus oídos soñolientos el rechinar denuestros ejes y nuestras ruedas, nuestros mugidos y nuestrasexclamaciones, agravadas estas últimas por el escanciar y el sorberconstantes, y azuzadas por la visión seductora de las lúbricasbailarinas del Emperador y del rey de los aragoneses, que corríanimaginariamente sobre la hierba con los pies des­nudos, losojos pintados con kohol de Ispahán, las cabelleras teñidas con alheña ylas uñas fulgentes como ópalos.

Ithier,que era con mucho el mayor del grupo de los actores y en consecuencia elmenos empeñado, por el sosiego de su sangre, en auspiciar las ocasionesde pelea, fue el primero en comprender que no corríamos riesgo. Delejos, saludó al des­conocido y obtuvo respuesta de paz. Cuandoestuvimos junto al caballero y la luz de las teas lo iluminó con rojizoresplan­dor, noté con más certeza su corpulencia musculosa, ahoraque había desmontado y se había desembarazado del escudo que di­simulabasu figura,y noté también que varias cicatrices, una de ellas bastantehonda, le bajaban por la parte izquierda del rostro, añadiendo fiereza ala expresión despreciativa de su ojo y su párpado. En seguida, en lamanera de aproximarse y de tender las manos, le brotó el señorío. Encuanto al escudo que, descubierto, se apoyaba en una planta vecina, porsus franjas de plata y azur confirmé que me hallaba ante un Lusignan demi casa, lo que me colmó de orgullosa complacencia, pese a la pobrecondición del caballero, pues la natural altivez del personaje bastabapara compensar de otras aflicciones. Me gustaba que los míos fueran así;que se les midiera la casta con sólo mirarlos.

Losde la carreta se fueron descolgando uno a uno, en pos de Ithier, yrodearon al guerrero. El juglar le explicó de dónde venían y la tareaque habían cumplido, como vírgenes ya pru­dentes ya locas, y luego, deacuerdo con la costumbre de la época, que no consideraba un índice demala educación el tiro­teo indiscreto de las preguntas,sino, contrariamente, exigía la inmediata satisfacción de la curiosidad,los mancebos iniciaron un interrogatorio vehemente, al que cortó de raízuna excla­mación de su guía:

- ¡Vos sois Ozil de Lusignan!

-Lo soy. ¿Cómo me habéis reconocido? Hace años que no vuelvo por estos parajes.

-Vosno sois, señor, de aquellos que uno olvida. Os traté cuan­do amboséramos donceles, en la corte de Alienor, en tiempos en que todavía erareina de Francia y la rodeaban los trovadores.

-Me acuerdo de Rudel, de Marcabrúy sobre todo de Ber­nardo de Ventadorn, pero a vos no os recuerdo.

Ithierdejó pasar la negligencia, aunque el gesto involunta­riamente altivo desu interlocutor añadía al agravio, y de ello colegí que Ithier habíasehabituado a padecer desaires, porque el sendero de muchos juglares ytrovadores no estaba, por cierto, sembrado de rosas.

-Vosandabais con los pajes, Ozilde Lusignan. Aprendíais esgrima y cetreríay estudiabais la historia de Troya y de Rol­dan, en telas pintadas.Cuidabais de los palafrenes y frotabais las armas, pero en los festinestrinchabais los venados y servíais el vino a los grandes barones. Yo noiba más allá de los patios y de las cocinas. Aprendía, como vos, mioficio, escuchando, copiando, entre los domadores de osos y los queamaestraban los perros sabios. Una tarde, la reina me oyó cantar.

-Yo no os oí.

-Fue una sola tarde.

El caballero, magnánimo, le estiróla diestra, que Ithier tomó con dos dedos, respetuosamente.

-Quisiera-dijo Ozil- ayudaros ahora, recompensaros por el bien que habréis hechodesde entonces, con sólo cantar, que es cosa de maravilla... pero nopuedo.

Esbozó un ademán amplio, que cubrió sus dos caballerías, su escudo y el cuerno tricolor del unicornio:

-Mi haber entero está aquí.

Aquella redundante confesión, tan rápida y tan espontánea, devolvió a Ithier su seguridad: -Me honráis, señor, con hablarme.

Losdemás atendíamos al diálogo, como si asistiéramos a una escena más delteatro ceremonioso, y yo me sentía especialmente gratificada por elpapel que le incumbía a mi descendiente. Pero Ithier calculó que supleitesía había ido demasiado lejos y, para ubicar la conversación en unplano más cómodo y anu­lar distancias, añadió (afirmando asílo que yohabía sospe­chado):

-Vienecon nosotros uno de vuestra familia. Ozil se sorprendió. No le habráparecido bien que alguien de suestirpe (y la mía) compartiera el carrode los histriones, varios de los cuales, para aumentar el bochorno,mostraban en las mejillas los rastros de pintura. ¿Cuál es?

-Es uno que, siendo bastardo, no es menos Lusignan. Aquí le tenéis.

Aiolse adelantó, tímido y espléndido. Le espejeaba el ojo de oro. ÚnicamenteOzil e Ithier alcanzaban a su estatura. Más delgado, más frágil, parecíamás alto todavía.

Aquíse sitúa una peripecia importante de mi relato: la del reconocimiento;un novelesco episodio en el que el azar y el sentimentalismo se alían ytriunfan. Para valorar su efecto, de­be el lector reconstruir con lamente la plástica composición: lo tétrico y mágico del bosque; el carrotosco, abandonado; el hada que sigue sentada en el lomo de uno de losbueyes blan­cos, con sus tremantes alas semiabiertas; lamuchacha vestida de varón, en su caballo; los muchachos absortos, queoscilan entre los catorce años y los diecisiete y alternan las ropaspoli­cromas, femeninas, de farándula, con las calzas apretadas; Ithier,que se inclina un poco, fiel al uso cortesano, .y lleva la zanfonía enlas manos, como si ofreciera un tesoro; Aiol, su morena hermosura, suansiedad; Ozil y los destellos de su cota de mallas, que alguna vezestuvo barnizada de azul, y su sober­bio donaire; la fascinación delcuerno del unicornio, que vibra, poblado por un vaivén de inestablessiluetas, como si fuera un alargado filtro de brujo; el escudode Lusignan, los metales y colores de mi cola de serpiente, quepregonan, como una ilus­tración de códice miniado, la nobleza delpaladín; y un vasto silencio momentáneo, encendido por las antorchas ylas vagas estrellas sugeridas en el follaje; un silencio que trizaron,en lontananza, los clarines roncos de los segundos gallos, hacia lastres de la madrugada; y un cimbrear etéreo que movía las hojas, losbrotes y las briznas e insinuaba presencias oscuras, como sicadamatorral estuviera habitado por esos seres que se refugiaron enlas florestas y las fuentes del Poitou, después de la huida de lasdivinidades paganas, y que cortaban ramas de muér­dago para sus arcanasfórmulas y surgíana veces, ante los ca­zadores y los ermitañosdespavoridos, del seno de los arroyos, chorreando hierbas flotantes.

Ozil contempló largamente al muchacho.

-¿Sois hijo de una Berta, que vivió en Antioquía?

-Soy su hijo y he nacido en Jerusalén, quince años hace.

-¿Y vuestro padre?

-Mi padre es un señor de vuestro linaje, pero ni le he visto nunca, ni conozco su nombre.

Relampaguearonlas lágrimas en los párpados de Ozil. Como si el diálogo requiriera unacompañamiento, Ithier dio una vuelta al manubrio de su zanfonía, quelanzó un quejido, y, en la copa de un roble, un ruiseñor, súbitamentedespierto, se lanzó a cantar.

-¿No os dijo vuestra madre su nombre?

-No me lo dijo.

-Acércate, Aiol de Lusignan.

El muchacho avanzó y el caballero le tocó la barbilla y le analizó la cara.

-Unojo azul -murmuró- y un ojo de oro; un ojo para Dios y un ojo para elDemonio; un ojo para el Bien y un ojo para el Mal. Y aquí, la marca delpríncipe.

Confirme mano, le bajó la camisa, en el hombro derecho, y la cruz blanca sediseñó sobre lo tostado de la piel. Abrió los brazos y pronunció laspalabras que esperábamos todos, porque hallazgos como éste, simples ydramáticos, se multipli­caban en los versos que salmodiaban losjuglares, y lo insólito aguardaba al hombre de la Edad Media en cadaencrucijada, de manera que si era factible topar con un dragón, conun gigante, con un unicornio o con un arcángel, o recibir como regalouna garra de grifo, o que a uno le propusieran en venta (con elcorrespondiente sello decera, que certificaba su autenti­cidad) untrozo de pan masticado por Nuestro Señor y traído de Tiberíades, hubierasido tonto asombrarse de cosas que, por singulares que se juzguen,pertenecen a la rutina cotidiana.

-Entonces -declaró Ozil- sois mi hijo, Aiol.

Aiolcayó de rodillas y le besó la punta de los dedos. Yo reincidí en latreta de agitar mis alas implumes, y un hálito perfumado atravesó laescena. De algún modo, aun modesta­mente, quería contribuir al éxito delencuentro. Los demás los rodearon, hablando sin ton nison. Aquellosvástagos de car­pinteros, de herreros, de albañiles, de buena ganahubieran trocado a sus honestos padres por el que así se le ofrendaba,aun ilegítimo, al retoño de Berta. Sólo la muchacha perma­necía aparte,actitud que Aiol advirtió.

-Ven -le rogó-. Es mi hermana Azelaís.

-¿Tu hermana?

-Hija de mi madre también. Nació un año antes de que yo viera la luz.

El caballero pareció hurgar en sus reminiscencias.

-Sí, es cierto. Había una niña. ¿Y te llamas?

-Azelaís, señor.

-Bellonombre, para una bella mujer -y al declamar la ga­lanura, se rejuvenecióel caballero y, detrás de sus cicatrices, asomó la gracia tersa del quehabía sido paje de Alienor de Aquitania.

Ithier hinchó el pecho, ufano, ehizo una pirueta:

-Yo le elegí ese nombre. Como a Aiol. Para Azelaís, dudé entre varios: Bertrant, Rostangue, Adalzie, Jausserande...

Losmozos del carro rieron y eso aflojó la tensión. Entonces Azelaís, con unademán perfecto, dejó caer la capucha sobre su espalda, y comprobé queentre nosotros se hallaba una mucha­cha de extraordinaria hermosura.Decididamente, Berta había entregado al mundo productos muy notables. Sise piensa en los míos: en Guy y sus enormes orejas; en Odón, cuyosórganos audi­tivos no le iban en zaga; en Urian, con un ojo más alto queel  Otro; en Regnault, que tenía uno solo; en el que tenía tres y a quien suprimimos -de lo que me arrepiento ahora, pues, dadas  lasbodas magníficas de los restantes, troncos de alcurnias ilustres, nadaindica que no hubiera sido capaz, él también, con sus tres ojosinvestigadores, de pescar una esposa rica y noble-; si se pien­sa enGeoffroy y su colmillo de jabalí; en Froimond y su mancha velluda depiel de topo... Pero toda comparación es odiosa.

Azelaísera rubia, de un rubio cálido, cobrizo, casi celeste de tan blanca, conanchos ojos verdes y rasgados, que reprodu­cían la forma de los de suhermano, de quien mostraba la breve nariz y la boca jugosa, de fruta,sensual. El cuerpo destacaba su delicia, bajo el atuendo masculino: lospechos redondos, duros y pequeños, las memorables piernas modeladas, lade­licada cintura. Cuerpo para besar, para acariciar. Y no sonreía. Niun momento sonrió. Miraba al caballero, encarándose con él,desafiándolo.

-Me recuerdas a tu madre. . . a tu madre, años y años atrás, cuando la conocí en Antioquía. Berta...

El señor sacudió la cabeza, rechazando una imagen, y dirigiéndose a Aiol, prosiguió:

-Iba en tu busca. Te he encontrado antes de lo que esperaba.

Y lo besó en los labios y en las dos mejillas.

-Nosotros,caballero Ozil -dijo Ithier-, vamos camino de Poitiers, donde estosmozos tienen sus casas y yo la mía. Yo soy, sin serlo, algo pariente deAiol, porque Berta casó, hace un lustro, con mi hermano. De suerte que,así como vos sois el padre de Aiol, mi hermano Pons es su padrastro.

Ozil, a diferencia de Azelaís, sonrió. Sonrió levísimamente:

-¡Berta, casada!

-Conmi hermano Pons, tallista en Nuestra Señora la Gran­de. Y Dios no habendecido esa alianza. Así que estos dos hijos de mi cuñada, Aiol yAzelaís, que han quedado como materia­les testimonios de su pasadoandariego, han sido cuidados como hijos suyos por mi hermano Pons.Sabíamos, pues Berta suele contarlo, que Aiol es el fruto deun caballero de Lusignan, y por los poros se le escapa la nobleza. Nosabemos quién fue el padre de Azelaís. Quizá ni la propia Berta puedaasegurarlo.

-Bertaes mi madre y es mi padre-replicó Azelaís, desabri­damente-, no deseootros. No necesito un padre noble, como Aiol. Me basto.

-Estarde para discutirlo -suspiró Ozil, con harta razón- y lo más cuerdoserá que continuemos juntos la ruta. Ven, Aiol, ayúdame. ¡Qué hermosoeres! Me haces pensar en el califa ado­lescentedel Cairo, a quien tratécuando el rey Amaury de Jerusalén me envió a entrevistarlo, con Hugo deCesárea.

Comenzarona cargar los equinos y los demás se acomodaron en la carreta, pero enmomentos en que Aiol se aprestaba a hacer lo mismo, su padre le indicóel rocín:

-Estees tu caballo y deploro no brindarte uno mejor. Lo merecerías. Enmarcha, pues. Antes, sin embargo, quisiera re­frescar la garganta con untrago de ese vino que, por lo que deduzco, habéis paladeadominuciosamente.

El jarro tornó a circular, y los muchachos -ignoro por qué, talvez porque era lo que cantaban mejor- entonaron incon­grua y sonoramenteel antiquísimo himno acathista (creo que es del siglo sexto),compuestoen latín para la fiesta de la Anun­ciación, con sus doceinvocaciones litánicas:

 

-Salud, tú por quien la creación se renueva,

salud, por quien el Creador se hizo niño.

¡Yo te saludo, Esposa indesflorada!

 

Hastaque el sueño los fue derrotando y se derrumbaron en la carreta, comomuertos. Los chicos de las antorchas cabecea­ban y había que sacudirlos,para evitar que tropezasen. A un lado de los bueyes, Ozil y Aiolconversaban en voz inaudible. Ithier y yo nos incorporamos en las grupasrítmicas, y Azelaís. siempre erecta, espoleó a su caballo, para noperder lo que decían, íbamos, como si desenroscáramos un viejo tapizentre los árboles. Despabiladas, las ardillas erguían la interrogacióndesus colas; las liebres nos observaban un segundo y luego nosenseñaban los traseros fugaces; los mochuelos de iris amarillocaricaturizaban, en la hornacina de los troncos huecos, mis anteojos deberilo y de cristal; y el tapiz arrastraba en su tejido las floresdiminutas y las constelaciones.

Elcaballero refería su historia, como si soñara, como hip­notizado. Dosaños apenas más que Aiol contaba, cuando, a raíz de la prédica deBernardo de Claraval, en Vézelay, que originóla segunda cruzada, partióhacia las santas tierras que Cristo había glorificado con su paso y consu muerte y que, después de la caída de Edesa en manos de Zengi y luegoen las de su hijo Nur ed-Din, emir de Alepo -sus habitantes fuerondego­llados y sólo quedaron, entre sus ruinas, los chacales-, clamabanpor el caritativo socorro de los príncipes de la Cristiandad.Ozil pertenecía al séquito de Luis VII de Francia y de su espo­sa, lareina Alienor. No imaginaba entonces que permanecería casi dos décadastan lejos de Lusignan.

-¿Quépodía hacer yo en Lusignan? Era el primo distante, sin recursos, elúltimo de una larga familia diezmada por las expoliaciones y lasguerras. Mi padre me envió junto a los reyes y se desentendió de mí.Poco más tarde, falleció. Y yo seguí la suerte de mis señores, de mireina. En Lusignan, nada tenía. Me hubieran relegado, cerca de laservidumbre; me hubieran pagado con buenos consejos; me hubieranagobiado a obligacio­nes. Estuve veinte años en Siria, luchando, y deallí no traje más que lo que veis.

Mostraba, en la mejilla, el tatuaje de las cicatrices.

Alprincipio, las ilusiones lo habían levantado en vilo, como se elevabasobre paveses, en el clamoreo, a los reyes arcaicos. La sangre lequemaba las venas. Por esas ilusiones, por el se­ñuelo tentador queconvertía a los segundones en soberanos de dilatados feudos, no regresóa Francia con el rey Luis, que llevaba a la impetuosa Alienor ala fuerza, como a una cautiva adorada, pues había creído sorprender susamores con su tío, el magnífico Raimundo de Poitiers, príncipe deAntioquía. La posibilidad transparente de tales amores desconcertó tantoal inexperto Ozil -y de eso deduje que él también, como el rey, comoacaso Raimundo, amaba a la reina inestable cuyas infidelidades con unesclavo sarraceno se comentaban- que el joven resolvió quedarse enOriente y probar fortuna y quizás ganar un condado y una absoluciónplenaria, pues todo se daba a la vez en la extravagancia de las tierrasbíblicas, para rega­larlos a la tremenda Alienor. Pero se desató elescándalo de la separación regia, y Alienor casó nuevamente y entregósus posesiones cuantiosas a otro monarca. Defraudado, Ozil fijósus altas ambiciones en distinta meta y, lo mismo que la vez ante­rior,la casa de Antioquía entorpeció su camino. Raimundo de Poitiers habíamuerto violentamente, como le correspondía, en el campo de batalla deFons Murez. Su cabeza tronchada y su mano derecha fueron mandados alsultán, a guisa de trofeos. Restaba su viuda, Constanza, muy joven. Unadvenedizo, Rei­naldo de Chátillon, a quien Ozil conocía desde la niñez,porque había compartido sus juegos en el valle del Loing, y que como élhabía llegado a Constantinopla en la comitiva del rey Luis, comenzóaudazmente a cortejarla. Era un muchacho intrigante, sin medios, hijodel conde de Gien, con el único timbre de su nobleza. Y agraciado,brioso, fornido. La crueldad se le vio más tarde. Lo compararon loscronistas, por su vigor, con Hércules. "Otro Hércules."

-¡Yono era ni menos forzudo, ni menos hermoso, por la Virgen! Quise casarmecon la princesa Constanza. ¿Por qué no?, ¿qué me faltaba, frente aReinaldo? La princesa había rechazado a dos patricios de Bizancio, doscesares; el rey Baudoin III de Jerusalén, su primo, proyectabautilizarla en la política de sus alianzas: el conde de Soissons,el príncipe de Tiberíades... Y no se le presentó más remedio queentregársela a Reinaldo. No la tuve yo, que casi la tuve, os juro quecasi la tuve, sino Rei­naldo. El rey, a regaña dientes, bramando decólera, autorizó el casamiento. Igual hubiese autorizado el mío. Así quecontinué guerreando, junto a Reinaldo que era ahora mi jefe.

Escuchábamosel relato de aquellas frustraciones, y a ellas se mezclaban imágenes deesplendor y de desastre. Ozil había in­tervenido en veinte combates, enCilicia, en Chipre; en la captura de Ascalón; en Paneas, donde el botínfue inmenso; en la derrota del Vado de Jacob, donde se perdieron tantosestan­dartes; en Shaizar, que no se ganó por culpa de Chátillon; en elataque de las fuerzas de Damasco, con el conde de Flandes; en laceremonia de la humillación del revoltoso Chátillon, príncipede Antioquía, ante Manuel Comneno, emperador de Bizancio; en la entradatriunfal del emperador, el basileus, el déspota, el autócrata, elisapóstol, el elegido de Dios, en la ciudad de Antioquía, con su mantocubierto de piedras pre­ciosas, pesada la diadema en la cual temblabanlos caireles fulgurantes, mientras avanzaba como una estatua, como unbar­nizado icono, a través de la niebla aromática de los incensarios, enel centro de la desarmada escolta de señores latinos, detrás de loscuales caminaba Ozil. Hasta ese momento, su vida se había desarrolladomás o menos bien, pese a los fracasos. El caballero no alcanzó al tronode Alienor ni a la silla áurea de Constanza, pero su existenciaparticipó de la pompa de un es­pectáculo fabuloso. Había conseguido, consu parte en los pi­llajes y las conquistas, acumular una pequeñafortuna. Dinero que ingresaba tan fácilmente, partía con la mismafacilidad. Se resignó a contraer una boda menos encumbrada, con una damamayor que él, de la familia del señorío de Sidón, y la dama se leextinguió entre los brazos, a los seis meses, de un desconocido mal,babeando sangre y farfullando una lengua extraña. Ni una moneda le dejó,ni una de aquellas monedas -un dinar de oro, un dirham de plata-, quecolmaban las bolsas de los musulmanes, y en las que los cristianoshundían los brazos hasta el codo, durante los saqueos, porquelo enzar­zaron en pleitos y le evaporaron la hacienda inhallable.

Alos treinta años, una desgracia imprevista se sumó a las anteriores. Lacodicia de Reinaldo lo arrojó, con sus hombres de armas, sobre unospastores que apacentaban majadas enor­mes en la zona del Anti-Taurus,hacia las praderas del antiguo condado de Edesa. No lo detuvo alpríncipe, por cierto, el escrúpulo de las treguas estipuladas. Y alláse echó, floja la brida. El despojo fue colosal, pero el enemigo velaba,y cuando Chátillon regresaba a su principado, como si navegase con lossuyos, vestidos de hierro, en medio de un crespo mar de carne­ros y debueyes que atronaban los valles, el gobernador de Alepo lo persiguió confuerzas harto mayores. Las bestias, enlo­quecidas, entorpecieron,imposibilitaron la defensa. Pero la avaricia tuvo la culpa delresultado, la avaricia de Reinaldo de Chátillon, pues no lo conformabala idea de abandonar una presa tan suntuosa y, como consecuencia de labatalla inter­minable en la que hubo defecciones y fugas, en la queperecie­ron cuatrocientos soldados y en la que los guerreroscompli­caban la dificultad de su acción con el arreo de los rebaños,Reinaldo y treinta de la caballería cayeron en manos del enemi­go. Unode los cautivos fue Ozil. Desnudos, cargados de cadenas, los brazosligados a la espalda, cubiertos de mugre y de sangre, asegurados encamellos sarnosos, los llevaron hasta Alepo, en medio de una tormenta deinsultos, de befas y de golpes. Allí comenzó el terrible cautiverio delpríncipe de Antioquía, que continuaba aún, catorce años después, y quepuso fin a toda probabilidad de medra para Ozil de Lusignan,tan entrelazados estaban sus destinos. El padre de Aiol sólo sufrió unaño y dos meses el escarnio de las mazmorras de Alepo. Era un rehén depoca monta, y el rey Baudoin pagó su modesto rescate.

-Y en la cárcel -intervino el juglar Ithier, aunque se supo­nía que no escuchaba- ¿que hacíais, caballero?

-Enla cárcel me mordía los puños, urdía vanos planes de evasión, soñaba(como Reinaldo, sin duda) con el momento en que reunirían el dineroexigido para mi libertad, que en su caso importaba tanto como unamontaña de oro, ciento veinte mil di­nares sarracenos, el precio de unamonarquía, lo que no se ha pagado ni por el conde de Trípoli, nipor Boemundo, hijastro de Chátillon, que lo sucedió en el gobierno desus estados. La ver­dad es que los infieles nunca enfrentaron unadversario más te­mible. Y también me ocupaba de estudiar árabe. Unrenegado me lo enseñaba. En invierno, la nieve se colaba por miventanu­co; en estío, alguna vez, oía a la distancia el musical rasguidode los rabeles, el cascabelear de las sonajas y el parche de lospande­ros. Le rezaba a Dios, que salvó a Jonas del vientre delmonstruo, que salvó al rey de Nínive y su pueblo, que protegió a Danielde los leones y a los tres niños de la hoguera, seguro de su auxilio.

Se persignó y los demás repitieron su gesto. Luego sus ojos se perdieron en las sombras.

-No bien salí, en Jerusalén, conocí a tu madre, Aiol. Berta... Berta vivía osadamente, como otras mujeres...

Claroque Ozil no empleó la palabra deshonrosa. No dijo: prostituta. Por lodemás, Aiol lo sabía. Hubiera sido imposible que lo ignorase, cuando enPoitiers las hembras maldicientes y cotorreras lo gritaban en elmercado. Yo lo supe a poco de llegar a esa ciudad, como supe que Bertahabía sido una de las rameras vagabundas que, desde las primerasexpediciones en­viadas para arrancar el Santo Sepulcro de lasgarras impías, iban, mezcladas con los acróbatas obscenos, con losescandalosos es­tudiantes goliardos que sostenían que los sacerdotesdeben ca­sarse y gozar de las alegrías de la carne, porque ni hombre nimujer han de renunciar al empleo práctico de los órganos con los cualeslos ha dotado la magnanimidad industriosa del Señor; iban, mezcladas conlos mendigos, los truhanes, las bailarinas y las tañedoras de arpa, degaita y de pífano, en pos de la soldades­ca, pues apartir de la segundacruzada no se pudo impedir que los combatientes importaran con ellos, aguisa de lavandera, por lo menos una mujer, y a esa se añadieron otras yotras, nada beatas, organizadas militarmente, que formaron unejér­cito detrás del ejército. A la hueste buscona había pertenecidoBerta, que era guapa, voluble y tenía ya una hija, la recién nacidaAzelaís, y a sus méritos físicos y morales juntaba el de ser nieta deaquel discutido Pedro Barthélemy, el provenzal de las visiones místicas,que por una presunta revelación de San Andrés descubrió, en el suelo dela iglesia de San Pedro de Antioquía, el hierro de la Santa Lanza, conel cual el centurión atravesó, en el Gólgota, el divino costado. Talparentesco otor­gaba a Berta una especie de aristocracia, aunque algunosporfia­ban que  Barthélemy había sido clérigo,capellán del conde Raimundo de Tolosa, y nadie olvidaba que, cuando sepuso en juicio la autenticidad de la reliquia y el pobre alucinado sesometió a la prueba del fuego, el Viernes de la Pasión, ca­minando sobrezarzas encendidas, a consecuencia de ese expe­rimento desdichadomurió quince días más tarde, en brazos del crédulo,  asombrado  y  desilusionado conde   de   Tolosa.  Delabuelo heredó Berta, si no los arrebatos contemplativos, lare­ciedumbre del carácter. Se entregó a Ozil de Lusignan, al seño­rialOzil de las heroicas cicatrices y la expresión burlonamente esquiva-como se entregó a tantos demenor empaque- y siguió durante un tiemposu marchita suerte, de Antioquía a Jerusa­lén, de Trípoli a Ascalón.Vino Aiol al mundo, a un paso de la Torre de David, donde conjeturan queestuvo el Pretorio de Poncio Pilato, y a poco, cansada de un ajetreonada fructífero, Berta desapareció. Regresó a Francia, donde casaría,como in­formó Ithier, con Pons, tallista de piedras en la iglesia deNuestra Señora la Grande de Poitiers.

Ozilno la extrañó mucho. Extrañaba, sí, al niño del ojo azul y el ojo áureo,de la señal blanca en el hombro. Y continuó su andanza, a las órdenes deAmaury I, sucesor de su hermano Baudoin en el trono de Jerusalén. A estaaltura del relato se ubican las bélicas campañas contra Egipto, queexaltan de inútil gloria al nombre del esforzado Amaury. El caballeroOzil hizo el viaje de Jerusalén hasta Fagus, sobre uno de los brazos delNilo, en veintisiete etapas. Sólo para ir de Gaza al Cairose necesitaban doce días, transponiendo arenales infini­tos, bajo lacólera de un sol candente, enloquecedor. La cara­vana avanzabaaguijoneada por las penurias, dentro de una cegadora nube de polvo queenvolvía a los camellos, a los vacunos, a los jinetes de hierro, cuyocasco se cubría con el flotante kefieh árabe que originó loslambrequines de la herál­dica. Un inmenso rumor escoltaba a las huestes,como resul­tado de las letanías sacerdotales, de las exclamacionesinfantiles de los beduinos que guiaban a las bestias gibosas, y de loscantos soeces de la tropa, que embarullaba los dialectos orien­talescon los de allende el mar Mediterráneo. Una, dos, tres expedicionesvanas se sucedieron. En la tercera, desde su cam­pamento de losalrededores del Cairo, el rey Amaury destacó a Hugo de Cesárea y a untemplario a la ciudad que vista a la distancia semejaba una montaña, porla altura deslumbrante de sus edificios. Debían cumplir la misión deembajadores y obtener la promesa de fidelidad de su aliado, el jovencalifa. Con ellos fue Ozil.

Diríaseque la extensa narración, desarrollada en la quietud sonámbula delbosque de Poitiers, cuya senda era atravesada, de tanto en tanto, por unzorro, como por un trazo de tinta enseguida borrado, no perseguía másobjeto que la culmina­ción insigne de ese recuerdo, el de la visita alpalacio del califa al-Adid Abu Muhammed, con sus fuentes de oro y deplata, que arrojaban surtidores musicales sobre los mármolesgeomé­tricos, sus portentosas pajareras, sus jaulas deanimales exóticos, su gran sala protegida por guardias negros, en elcentro de la cual pendía un velo anchísimo, bordado con esmeraldas yru­bíes. El visir se prosternó tres veces, corrió el ligero cortinaje ydetrás apareció, en su trono reverberante de gemas, el califa dedieciséis años, al que la barba comenzaba apenas a matizarle el óvalocon una sombra leve, y cuya belleza había sido com­parada por Ozil conla de su hijo Aiol. Y si bien yo pensaba que nadie podía rivalizar conAiol en hermosura, era tal la seducción que emanaba de las palabrassimples de Ozil -rei­teradas por él en cien ocasiones, sin duda, en ladescripción maravillosa que le habrían solicitado incansablemente suscom­pañeros- que de repente se me ocurrió que todo lo que yo habíainventado, cuando transportaba columnas y capiteles en el de­lantal demi época de esplendor, para conmover a Raimondín de Lusignan, cedía y sedesmoronaba frente al espectáculo del príncipe espléndido, colocado,como una enorme joya, entre el visir que le besaba el pie, los emires debarbas teñidas, asombrados del honor que implicaba admitir a un herejeen la augusta presencia, y los eunucos blancos y oscuros, que losmer­caderes judíos importaban de África, de la India y de lastierras cristianas. El séquito se movía, reverente, con las panteras ylos leones encadenados, en una atmósfera que unía el acre olor de losfelinos al perfume de los sahumerios. El califa, sin que pestañearan susojos de gacela, escuchó el discurso de los dra­gomanes intérpretes queno osaban mirarlo, pero cuando Hugo de Cesárea exigió que sellara laalianza dándole la mano -aquel rito se llamaba entonces el noviazgo-creció la grita de los cortesanos, pues consideraban la pretensión queimponía el contacto de la piel sacrosanta de su señor con la de esebárbaro inmundo, como un sacrilegio. Hugo de Cesárea, a cuyo lado,muy erguido, permanecía Ozil, la espada en la diestra, no cedió, y elmuchacho musulmán de elegancia flexible debió tender delicadamente lamano enguantada y hasta descalzarse el guan­te -fingiendo, para salvarla descortesía y el crimende lesa etiqueta de la situación, que sucondescendencia mundana to­maba el asunto a broma, como un delirioalienado de los huéspedes latinos- y estrechar, riéndose, los dedosfirmes del barón francés. Luego vinieron los obsequios.

-Fue en esa oportunidad -continuó el caballero- cuando recibí del pródigo califa al-Adid Abu Muhammed, este cuerno de unicornio.

Lolevantó, como si blandiera una lanza, y por su torneada estructura detres colores corrió, al aproximarse las antorchas, un centelleo queinsinuó, en la masa del carro y en la parda y atigrada sucesión de losmatorrales, un luminoso resabio de lo que habría sido la magnificenciade la escena admirable.

-Lo he conservado por milagro. Muchas veces han pretendido comprármelo y robármelo. Y aquí está. Algún día te per­tenecerá, Aiol.

Tornóa blandirlo, y merced al poderío de su rareza, a pesar de no ser más queun asta desnuda, desprovista de adornos, tuvimos la impresión de que ensu extremo se agitaba una oriflama, fastuosa como el velo del palaciodel Cairo, bordado de esmeraldas y rubíes, porque la penumbra vegetal,secreta como la que impera en las naves de un templorománico, seencendió cual si desde el interior del carro hubieran elevado aun tiempo las cinco lámparas coruscantes de las Vírgenes Prudentes, ensu anunciación parabólica del fin del mundo y del Juicio, y las aves delcontorno, creyendo que el triunfo del día había irrumpido en el bosque,echaron a volar con largo estremecimiento de alas y de hojas. Azelaísespoleó al caballo y lo frenó junto al de Ozil. -¿Muy hermoso?-interrogó-, ¿decís que el califa era tan hermoso como Aiol? ¿Estáisseguro? -Seguro estoy.

-Nadiehay más hermoso que Aiol, mi hermano. Me incomodó que la moza seexpresara tan desvergonzada­mente, aun compartiendo su veredicto, ysentí la picadura de un aguijón de celos, frente ala intensidad de susojos verdes. No me fijé, para condenarla, en la circunstancia de que siAzelaís era media hermana del joven, yo era su antecesora directa.

Aiol,que hasta ese momento había atendido la crónica de las aventuras delcaballero con la cabeza gacha, la alzó hacia el fuego de las teas y delcuerno encantado.

-Calla, Azelaís -imploró-. Deja hablar a mi padre. -Lo que faltaría es que ahora te jactaras de tener un padre. Todos los tenemos.

-No todos -terció Ithier, lisonjero- tenemos un padre co­mo Ozil de Lusignan.

-Yalo sé. Pero deja, Azelaís, deja hablar al caballero. Lo que le quedabapor contar a Ozil se tornaba a cada párrafo más triste. La sombratemible de Saladino surgió por primera vez en el proscenio, oscureciendoel brillo inestable de los señoríos francos de Oriente. El caballero lovio cuando el rey Amaury buscaba una batalla decisiva contra el emirkurdo Shirkuh, hombracho bajo, obeso y tuerto, que luchaba con una mazade hierro, como cualquiera de sus soldados, y que soñaba con apoderarsede Egipto, pretextando, por la división religiosa y política queseparaba a los árabes del país de los faraones de los árabes de Persia, que  lossoberanos fatimitas del Cairo eran heréticos y había que someterlos alyugo estrictamente creyente de los Abasidas de Bagdad. Pero Shirkuhrehuía la batalla. En vano, Amaury improvisó un puente de barcos sobreel Nilo. Por fin, cerca de Babain, tuvo lugar el ansiado encuen­tro. Fueallí donde Ozil vio a Saladino, sobrino de Shirkuh, cuando los francoscayeron en su trampa estratégica y las "fuer­zas del rey de Jerusalén sedesbandaron. Contaban algunos que Saladino, el nuevo jefe, eradescendiente de la bella Ida de Austria, la margravina, quien llegóa Tierra Santa en la cru­zada de  Guillermo IX de  Poitiers,  duque de Aquitania,  ydesapareció luego del desastre que deshizo a esa expedición, en lasproximidades de Heraclea. Nunca más se tuvo noticias de la ilustre dama.Referían que el príncipe MalekGhazi la había encerrado en su harén, yque ambos eran antepasados de Sala­dino, aunque otros aseveraban que elfruto de esa desigual unión, lograda en el desierto, había sido elfamoso Zengi, rey de Mosul. Lo cierto es que Saladino, según ladescripción de Ozil, y a pesar de las inventadas genealogíasque prosperaron como consecuencia de su acceso al poder, y de las que semo­faba su propio hermano, era, a los treinta y un años, un gran señor,un magnífico señor, pío, generoso y valiente. Se despla­zaba como unatormenta arrasadora. Su tío Shirkuh le dio el gobierno de Alejandría,infiel al califa, y Amaury la bloqueó por mar y por tierra. Ozil estabaentre los hombres que viva­queaban entre las pesadas torres de asedio yque pretendían reducir al puerto por hambre. Súbitamente, se firmó lapaz. Hugo de Cesárea, cautivo de Shirkuh, no quiso intervenir en lasnegociaciones, tan convencido se hallaba de la total victo­ria latina,pero otro caballero se ofreció a servir de enlace. De modo que Ozilno entró en Alejandría como vencedor, sino como turista. Allí,cristianos y musulmanes fraternizaron, lo que envenenaba la sangre delluchador, mostrándole la esterili­dad de sus esfuerzos. Le irritaba lafácil, afeminada finura de los jóvenes egipcios, que empleaban cincuentametros de seda de Dabiq en sus turbantes y que usaban camisas en las queel lino se mezclaba con los hilos de oro, y un tejido, llamadoca­maleón, cuyos tintes variaban con las horas del día. Los re­cientesenemigos se narraban sus hazañas; cotejaban los res­pectivos dañoscausados por sus máquinas de guerra; ascendían a lo alto delFaro, maravilla del mundo, en cuya cúspide flameaba la bandera del reyde Jerusalén, con las insignias otor­gadas por el papa Pascual II: lacruz potenzada de oro, entre cuatro pequeñas cruces similares, sobrecampo de plata. El oro y la platafulgían allá arriba, pero Ozil nolograba retenerlo en sus palmas desnudas. Tascaba el freno, impaciente,como un viejo corcel. Cuanto podía importarle andaba por los aires, seperdía en la transparencia de los aires: la cruz, que ahora interesabamenos, pues muy diversas eran las inquietudes de la actual generaciónhierosolimitana, y el rico metal, que sólo resplandecía en la heráldicaregia. Ello unido a la presencia de Saladillo, cuya temible personalidadsubrayó el padre de Aiol, al declarar que tenía la fanática certidumbrede que era el instrumento de Alá -y que abandonó la ciudad conuna escol­ta de honor, facilitada por el propio Amaury-, sacaba dequicio al veterano Ozil, tanto que entonces proyectó regresar aFran­cia. Debió haberlo hecho en ese momento mismo. Días más tarde, elvisir del bello califa, aliado del rey cristiano, hizo su entrada enAlejandría y ejerció venganzas atroces. En una re­friega casual, sin darpara ello motivo alguno, Ozil casi dejó la vida. Cuando volvió en sí,juró que no pisaría nuevamente el suelo de la engañosa Jerusalén. Con loúltimo que le que­daba -y sin más caudal que sus armas, su cuerno deunicornio y dos caballos- adquirió pasaje en un barco que fletaronvarios peregrinos para tornar a uno de los puertos que dominaba elrey de Sicilia. Y partió, arrostrando el riesgo de las tempestades y delos corsarios. Después cruzó Italia y Francia, hasta que puso término asu viaje en Lusignan.

Sibien ya se filtraba, alrededor de nosotros, en la morada luz, elpreludio del alba, las postreras palabras de Ozil tiñeron de melancolíasu relación. Azelaís había puesto una mano sobre el hombro de Aiol ycontinuaron así durante un espacio, ape­nas sacudidos por el tranco delas cabalgaduras. La tierna cla­ridad bruñía las astas y laspezuñas doradas de los bueyes, que parecían conversar entre ellos, comoconversan en sus establos la noche de Navidad, a la hora de laelevación. Bruñía también el escudo de Lusignan y la cota del caballeroy, de no ser yo invisible, hubiera jugado con las tonalidades opalinasde mi  cola de ofidio, que recuerda ciertostornasolados nácares por el escurrirse matizado y como nubloso de sugama. Los de la carreta no se desembarazaban aún de la modorra del vino.De improviso, una bandada de pájaros extrañamente domésticos se abatiósobre la armazón del vehículo y permaneció posada, petrificada, enlos travesaños. Temí (hay que desconfiar de todo) que entre ellosse escondieran algunas de esas peligrosas aves con cabeza de mujer, quetodavía asustan en los relieves de las iglesias muy antiguas y quetransmiten a los hombres las pesadillas del espanto, hincando su pesosobre el torso de los durmientes, y las aventé con mayestático aleteo.Los muchachos, sensibles a la corriente misteriosa, se desperezaron ycomenzaron a reñir, mientras los perfiles de Poitiers nacían de labruma, de suerte que aquello no parecía una ciudad sino uno de esosespejismos que provocan las leyendas: las murallas, las torres condales;las cúpulas de la catedral de San Pedro, debida a la liberalidad deAlienor de Aquitania; las de Nuestra Señora la Grande, dondeel padrastro de Aiol tallaba imágenes piadosas; de Santa Radegunda, encuyo interior se venera, dibujada sobre una losa, la huella de unapisada de Cristo; de San Hilario, desde cuya capilla se izó un globollameante, para guiar a Clodoveo en su victoria... Los actores, medioebrios todavía, exageraban los bostezos y los estirones y declamaban unavez más, riendo, la frase que pronunciaban las Vírgenes Locas, cuandoles rogaban a sus esposos que les abriesen las puertas:

 

¡Ay, frágiles, ay desdichadas, que  demasiado  dormimos!

 

Ithier les mandó que callasen y giró su solicitud hacia el caballero:

-¿Y en Lusignan?

-EnLusignan no esperaban que Ozil de Lusignan volviera tan desguarnecidocomo salió. Las cosas habían cambiado mu­cho, durante mi ausencia. Meencontré conque las mujeres usaban cabellos postizos, cortados de loscadáveres, y se depila­ban como las de Oriente; conque los hombresse hacían trenzas con el pelo largo y ceñían sus ropas al cuerpo,modelándolo perversamente; conque unas y otros discutían, sin reposo,pro­digando almíbares y oscuridades, a propósito de los laberintos delamor; conque Lusignan remedaba un alcázar de Damasco, desbordante detapices, de espejos, de lienzos preciados. Yo no traía ni jofainas deoro ni peines sembrados de perlas. Notraía nada. Si refería misproezas, me contestaban con acertijos suti­les, o me hablaban de otrosLusignan, a su juicio más gloriosos, de Hugo VI el Diablo,que murió enRamla, guerreando a las órdenes de Baudoin I de Jerusalén; de Hugo VIII,el que tan mal rato le hizo pasar a Nur ed-Din en la Bosquée y quecayó en Harim, prisionero, con los príncipes... Lo más grave, lo másreprochable, era mi pobreza. No se vuelve de Antioquía, de Jerusalén, deTrípoli y del Cairo, con las palmas vacías, a menos que uno aspire ahacerse ermitaño. Tanto y tanto me calentaron la cabeza con la idea deque debía buscar refugio en un monasterio, para obtener el perdón de misculpas, que re­solví seguir sus consejos. Pero por algo nos jactamos deproceder del hada Melusina...

Aloír mi nombre, tan familiarmente enunciado en ese bos­que del cualconocía cada árbol, en ese condado cuyos señores derivaban de mi sangre,me estremecí de orgullo. Yo era el lujo extravagante de mi estirpe. Sipor Raimondín mis retoños emanaban de los reyes de Bretaña, y por mipadre, Elinas, de los reyes de Escocia, yo aportaba a la casa elincomparable elemento sobrenatural, el más codiciado, el que de algúnmodo cierra un eslabón entre la nimiedad del hombre y lossecretos prodigiosos. Me aseguré en el lomo del buey, como unaempe­ratriz en su palafrénde ceremonia. Ozil de Lusignan explicaba queel hecho de proceder del hada Melusina, lo había obligado, al encarar laposibilidad de vestir el sayal de los monjes, a diri­girse al másprivilegiado de los monasterios, la abadía deSaint-Denis, y eso mesaturaba de felicidad. Por mí, porque yo había existido y edificado elcastillo y proclamado las muertes de mi alcurnia con un grito tremendo,era menester actuar con de­terminada grandeza. ¿Qué importaban, junto aun antecedente tan único, el palacio del Cairo, el califa queresplandecía como una joya, los negros esclavos, la comitiva triunfaldel basileus Manuel en las calles de Antioquía, los próceres que a sulado caminaban, como pequeños pajes? Deslicé una mano sobre el bovinotestuz, entre la cornamenta radiante, y mi montura lanzó un sonoroso,soberbioso mugido que fue como el clangor de una trompa de guerra.

-¡Paso al hada Melusina -bramaba en su ronco idioma-, paso al hada de los Lusignan!

Yla carreta se daba aires decarroza, en tanto seguíamos avanzando,rompiendo las secas ramas, arrancando el débil follaje que llovía sobrenuestras frentes, en medio de un con­cierto de pájaros. La hermosura deAiol y de Azelaís crecía con la aurora. Yo podía, también, ser muyhermosa, si me esforzaba, si me aplicaba; hermosa como cuando Raimondínapareció, cubierto de sangre, tibio de lágrimas, y me halló,bailando con las trenzas sueltas, a la vera de la fuente de Cé. Sólo queesa artificial hermosura no duraba mucho: insensiblemente, a los minutosescasos, no bien abandonaba mi guardia voluntariosa, mi belleza, como unfino retrato miniadoque moja el aguacero, palidecía, se desfiguraba, seablandaba, se endurecía, se agostaba, y yo, sin percatarme, tornaba aser lo que soy como resultado de la mundanal experiencia: ni vieja nijoven, porque para mí el tiempo no transcurre; con ciertos achaques, yaque no prescindo de los anteojos; un serque participa y no participa dela realidad y que en conse­cuencia escapa a la espontánea frescura y haperdido el don de usufructuar verdaderamente de la sencilla bellezaenvidia­ble. Pero en esa oportunidad, sin mayor ahínco, mesentí muyhermosa.

Elcaballero contaba, entre tanto, su desilusión en la abadía. Habíaencontrado en ella lo que buscaba y eso, paradójica­mente, lo defraudó.Aunque hacía dieciséis años que Suger había muerto, el arroganteespíritu del suntuoso restaurador y constructorcontinuaba manifestándose en la pompa de su obra. Saint-Denis, sepulturade los monarcas de Francia, había sur­gido a una vida nueva sobrecimientos en los que el rey Luis VII, la reina Alienor y numerososprelados arrojaron sus anillos, y eso le confirió al primero de losedificios góticos del país un imborrable carácter aristocrático, que elpropio Suger intensificó -pese a las críticas de San Bernardo- con supasión por el boato y su afán de adquirir objetos valiosos, porque paraél nada bastaba, si se trataba de celebrar el impe­rio de la Eucaristía.Mostraban allí un cáliz tallado en una sola ágata; un ánfora enforma deáguila, toda de plata y oro; un altar que entero desaparecía bajolos reflejos áureos; una cruz de siete metros de altura, que se alzabasobre un pedestal esmaltado por orfebres de Lorena, con las figuras delos cuatro evangelistas, y que relampagueaba entre centenares dezafiros, amatistas, rubíes, perlas y topacios, muchos de ellos obtenidospor intervenciones milagrosas de San Dionisio y sus santos compañeros.La luz que asaltaba a las lobregueces por las ven­tanas esbeltas heríacon agudos rayos tantas maravillas,y los grandes relicarios en los quese exponían el portento del Clavo y la Corona del Señor y los vestigiosdel santo descabezado, de Santa Rústica y San Eleuterio, brillaban comoenormes ascuas, cuando la multitud pasmada de los peregrinos desfilabapor el deambulatorio. Ninguno de esos esplendores era repro­bable,ciertamente, dado el motivo que inspiraba su acumula­ción opulenta, peroSuger le había impreso a su abadía un tono que no condecía con laseveridad perseguida por las re­formas monásticas. Hijo de un siervo,el abad no se había re­puesto nunca de la íntima sorpresa que le causabasu exalta­cióna la categoría de señor feudal, dueño de cabalgar alfrente de un cortejo desesenta caballeros. Organizaba festines yca­cerías; recibía con entusiasmo, en la sala capitular, a los ex­pertosque llegaban a tratar asuntos vinculados con la econo­mía de susvasallos; declamaba trescientos versos de Horacio, de un tirón; uncíalos nobles a los carros que arrastraban las piedras para sus maestrosalbañiles. Muerto él, su engreído penacho seguía flameando sobrelas frentes de sus sucesores. Y Ozil topó allá con los mismos tufos deindiferencia insolente, disfrazada de ironía obsequiosa, que loirritaron en Lusignan. Tampoco en Saint-Denis tenía nada que hacer.Puesto que no aportaba ni hacienda, ni crédito, ni sabiduría; puesto queape­nas lograba leer el latín y ni le era familiar la versión de laNueva Lógica de Aristóteles, ni había manejado el Planisferio dePtolomeo; puesto que ignoraba cuanto concierne al Sic et Non de PedroAbelardo, y únicamente estaba enterado, con re­ferencia al enamorado deEloísa, de la muy comentada muti­lación que ordenó el canónigo, tío deésta, y que más que a la cátedra teológica parecía consignarlo alas atipladas cortes de los califas y del basileus; puesto que poseíasólo una fe inque­brantable y un quejoso evocar de miserias, en medio dela próspera demasía, no era un hombre cuyo sitio estuviera den­tro delos claustros reales. Se negó, contra las ofertas sabrosas, a vender sutalismán, su cuerno de unicornio, que querían co­locar en el coro, comohabía uno en exhibición en la sacristía de Saint Bertrand de Comminges(y como hubo después una garra de grifo colgada de una cadena, en elcentro de la Santa Capilla de París, y huevos de avestruz en la catedralde Angers). A la semana, mohino, partió. Y se transformó en lo que yohabía sospechado, cuando por primera vez lo vi, junto a las murallas deLusignan: en uno de esos caballeros pobres que iban de torneo en torneoy así ganaban su modesta vida. En Oriente se había batido bien. Él podíaignorar las perspicacias de San Agustín y de Publio Virgilio,pero dominaba cuanto atañe al arte viril de los desafíos y las justas.Había formado parte, en las márgenes del Orontes, de la cuadrilladirigida por Reinaldo de Chátillon, que combatió contra el emperadorManuel y los patricios de Bizancio, durante un torneo memo­rable.Reinaldo lucía una tiara de oro. ¿Cómo olvidar a Reinaldo? ¿Cómoolvidarlo jamás? ¿Cómo olvidar que hacía ca­torce años que roía su rabiaen una cárcel de Alepo? Y a la princesa de Antioquía, quelos contemplaba desde su tienda de seda, entre sus damas, la mañana delduelo célebre, a esa Constanza con la cual soñó en su juventud,locamente, deses­peradamente, unir su destino, ¿cómo olvidarla, si susojos ne­gros centelleaban más que los de las esclavas que habíaentre­visto en los patios del califa del Cairo?

Loescuchábamos, a un paso ya de los muros de Poitiers, y el terribledesencanto del caballero del unicornio se nos metía en el alma, con susanhelos de gloria y de fortuna, de renun­ciamiento y de comprensión.Porque eso era lo peor de todo: no entendía qué le había sucedido conexactitud, ni cuál era la causa de que sucediera. Valerosoy desventurado, marchaba de una fiesta pública a la otra, con susarmas deslucidas, ima­ginando burlas de la concurrencia, que sualerta susceptibilidad multiplicaba. A veces, si las circunstanciasefímeras lo permi­tían, lo acompañaban un escudero o un paje, quecuidaban de sus arreos y de sus caballos, pero pronto lo trocaban poramos más seguros.

Un silencio pesado sucedió a sus palabras: -¿Y ahora, señor Ozil de Lusignan? -se atrevió a preguntar Ithier.

-Ahoraiba en pos de mi hijo, de este Aiol que la Providen­cia ha puesto en micamino, cerca del castillo de nuestros mayores. Hace unos días, meenteré por azar de que Berta residía en Poitiers y de que con ella vivíaun muchacho. Desde entonces no pensé sino enreunirme con mi hijo. Yaconoces mi historia, Aiol. Carezco de derechos sobre ti, pero si quieresseguirme, algo aprenderás. Me siento viejo y fatigado.

Deun salto, Aiol descendió del caballo y acudió a besarle la rodilla. Yo,por no ser menos, conmovida ante las desgra­cias de mi chozno, meresbalé hasta él, sobre el costillar del buey manso, y lo besé en loslabios, con tal fuerza que, sor­prendido, levantó la ceja mandona, sobreel vago toldo del párpado débil, y escupió a un lado, acaso creyendo queun gran abejorro se había posado en su boca amarga. No me ofendió sugesto. Nada que proviniera del padre de Aiol podía ofen­derme, y menosuna reacción tan explicable.

-Padre-dijo Aiol, doblado en una semirreverencia de plás­tica desenvoltura-,con vos iré, cuando me lo ordenéis. Os atenderé a vos, a vuestras armas,a vuestro unicornio, a vuestros caballos, y  ganaremos victorias queestremecerán la tierra. Además... ¿qué me queda en Poitiers? Yo soyvuestro. -También eres mío -protestó Azelaís.

Asíentramos en Poitiers, con la madrugada. El vigía, al re­conocer lacarreta de los jóvenes, arrancó unos redobles jocosos de su tambor,alternándolos con los acentos agrestes de su cornamusa y, a medida quenos internábamos en las callejas, el mugir bienaventurado de los bueyes,que presentían la pro­ximidad del establo, los crujidos de los ejes, elbullicio de las Vírgenes Prudentes y Locas y de las disposicionesinútiles que prodigaba Ithier, suscitaron la airada reacción devariasventa­nas abiertas con golpes de furia. Desde una de ellas, trataronde rociarnos con el contenido, fácilmente identificable, de un ofen­sivocacharro. Gritaron los muchachos que esa no era manera de acogerlos,luego de que habían contribuido a la nombradía de Poitiers, gracias a ladignidad de su venerable representación. -¡Dejarnos dormir -lesrespondió en la sombra una mujer de voz desabrida-, que pronto comenzarála faena!

-¡Meteosen la boca del Infierno, señoras vírgenes! -rugió otra voz, masculina, ycon esto se confirmó el resentido me­nos precio que a lo largo de lossiglos suele acompañar a la obrade arte. Más tarde me informé de que elautor del epi­grama era un despechado clérigo, que en vano había bregadopara sí, moviendo la influencia de los canónigos, el papel de una de lasdoncellas incautas.

Ithierimpuso la calma entre su hueste, y al amparo de la catedral desuncieronlos bueyes y nos separamos con afectuo­sas despedidas y promesas.Fuéronse los muchachos, ondulando con ligeros tumbos que escandalizabana las viejas rezadoras, las que salían ya, rumbo a los oficios, y a lospaisanos que con las primeras luces lívidas se alejaban hacia lassementeras, en tanto que los niños de las antorchas brincaban comopequeños faunos y azuzaban a los bueyes, cuyas ajadas guirnaldas habíantrenzado en coronas alrededor de sus propias cabezas, lo que realzabala alusión mitológica. Yo me acomodé en la grupa del rocín de Aiol,sobre el magro equipaje de Ozil, y rodeé con los brazos la tiernacintura del adolescente de los ojos bicolores, e Ithier anduvo a pie eltramo final del viaje, conduciendo por la brida al caballo de Lusignan,en signo de respeto. Azelaís, rígida, siempre taciturna, venía a uncostado, mecida por el pa­so del animal cadencioso. Y de esa suerte, nosin cierta ele­gancia, llegamos a la posada que regenteaba Berta.

Había,junto a la entrada, una alcancía, cuyo producto -como el de otrashuchas, ubicadas en el comercio del mer­cader de paños, en el delzapatero, en el del orfebre, en la herrería- se destinaba a solventarlos gastos que implicaba la construcción de Nuestra Señora la Grande.Ozil depositó en ella una moneda de oro, la última -pero de eso sóloestaba enterada yo- que encerraba en su reseca ubre suenjutísima escarcela.



Dirección editorial: R. B. A. Proyectos Editoriales, S. A.

© 1979: Editorial Sudamericana, S. A., Buenos Aires

© Editorial Seix Barral, S. A., 1985, para la presente Edición

Córcega, 270, 08008 Barcelona (España)

Diseño de colección: Hans Romberg

Primera edición en esta colección: noviembre de 1985

Depósito legal: B. 37.814/1985

ISBN 84-322-2071-X

ISBN 84-322-2159-7 (colección completa)

Printed in Spain - Impreso en España

Distribución: R. B. A. Promotora de Ediciones, S. A.

Travesera de Gracia, 56, ático 1°, 08006 Barcelona.

Teléfono (93) 200 80 45 - 200 81 89

Imprime: Cayfosa, Sta. Perpetua de Mogoda, Barcelona


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Alberto Javier Maidana

Soy coleccionista de cuentos (sobre todo de hadas, antiguas sagas, mitos y leyendas) me fascina las historias Nórdicas, Germanas, Celtas y Griegas. Recopilo cuentos en la red y en libros. Cito las fuentes por sobre todo por respeto a la labor como autor, editor , traductor

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No soy escritor, poeta, ni licenciado en letras, soy: programador de oficio, ex-estudiante de física, estudiante de ingeniería , y empleado publico, pero también soy coleccionista de cuentos (sobre todo de hadas, antiguas sagas, mitos y leyendas) me fascina las historias Nórdicas, Germanas, Celtas y Griegas. Recopilo cuentos en la red y en libros. Cito las fuentes por sobre todo por respeto a su labor como autor, editor , traductor. Espero algún día poder publicar algo 100% mio ya que no solo acopio, sino que también aprendo. También invito a quien tenga alguna historia, cuento o mito que desee compartir , me lo envían por email y lo publico formando este parte de la colección.
Dedico este blog a dos personas muy especiales para mi, a Cecilia (que será ;yo siento; en un futuro cercano, una gran y prestigiosa Licenciada en letras "y por que no Doctora en letras") y Juanito (un ángel con todo una vida por delante) quienes compartieron un momentos de su vida conmigo pero el destino nos separo, pero siempre estarán en mi corazón.
Agradezco a todos que se tomaron su valioso tiempo en ver mis publicaciones y quienes ingresen al blog por lo mismo, a quienes se tomaron el trabajo de comentar, pero por mi carencia no pude contestar.
Y no puedo terminar sin decir perdón por mis faltas y gracias por compartir conmigo este rincón que quise que sea mágico y puro ya que no soy escritor pero me siento un NARRADOR DE CUENTOS y ese es el fin de este blog. saludos Xaver
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