cuentos de hadas
Un ambiente mágico para compartir con la familia

01 de Noviembre, 2008 ·  especial Mujica Lainez

Unicornio Cap III -- EN LA ERMITA DE LUSSAC

III

 EN LA ERMITA DE LUSSAC


Desperté súbitamente, en mitad de la noche, sin comprender qué me sucedía. Era como si estuviera ubicada en el vórtice de una extraña tormenta. A pesar de que cuando abrí los ojos no se movía ni una brizna, dentro de la honda oscuridad aclarada apenas por una antorcha moribunda, y de que una calma sofocante pesaba sobre el bosque, tuve la impresión de que un torbellino pugnaba por arrebatarme y tironeaba de mí. Figuras que al principio me costó reconocer, se agitaron, con murmullos de voces confusas, en el paraje donde nos habíamos detenido, y a través de su ir y venir tumultuoso distinguí a Ozil y a Aiol que continuaban tumbados en la hierba, como ajenas a la barahunda misteriosa. Pensé, en el primer momento, que los Lusignan habían sufrido la desgracia de elegir para su reposo un lugar maldito, de aquelarre, y que lo que sobre nosotros pasaba, con gemidos, con imprecaciones, con rumor de armas violentas --pero todo ello apagado y como susurrado, como contenido-- era una frenética danza de Sabat, que giraba en remolinos turbios, en torno de los árboles inmóviles, y que enroscaba y desenroscaba sus espirales teniéndome por irresponsable eje, pues aquella suerte de gran velo encrespado que flotaba, se alzaba, se estiraba y luego se retorcía en la serenidad del aire, llevando en su maraña transparente una nube de imágenes equívocas, repentinamente formadas y deformadas, con segura evidencia me había escogido por centro y flameaba alrededor de mí, de mis alas y de mi cola, alejándose y volviendo, subiendo y bajando, como si yo fuera el mástil al cual se aferraban los vaivenes de su locura. Pero no se trataba, como luego advertí, de la perversa acción del Diablo y las hechiceras, reiterada con nefandas ceremonias en el corazón de la floresta de Lussac, sino de algo mucho más sutil que poco a poco fui entendiendo, al captar vagamente el sentido de las imágenes y los simulacros que en los jirones de niebla se debatían y luchaban por materializarse para en seguida borrarse y reaparecer, a veces pálidos y a veces destacados, entrelazados o superpuestos. Aquellas trémulas desgarraduras me mostraron, al azar, el perfil de un unicornio que huía al galope; la silueta de Azelaís, bañándose en algo que debía ser una fuente o un río, desnuda; las  de  los  muchachos,   también   desnudos,  dormidos,  medio abrazados, que habían intervenido en la representación de la parábola de las Vírgenes Prudentes y las Vírgenes Locas; la de Pons azotándolo a Aiol y luego la de Pons gritando, gritando, cayendo, cayendo, desde una altura infinitamente superior a la del capitel de Nuestra Señora la Grande, que lo arrojó a la muerte; y la de un palacio lleno de negros esclavos, en cuyo fondo se divisaba, radiante, como una custodia en la penumbra de un templo, la figura de un niño califa; y después la horrible Boca del Infierno del drama litúrgico, y Azelaís pequeñina, remota, llorando, y un resplandor de múltiples armas erguidas y estandartes; pero todo ello duraba unos segundos, como las volutas que puede crear el humo leve de una pipa en manos de un soñador, y cuando yo había logrado apresar a una de esas fugaces efigies, se deshacía, para dejar sitio a otro esbozo de escena lúbrica, tierna o gloriosa. Los fantasmas surgían de nuevo, como las metáforas porfiadas de un deshilvanado discurso, y en breve comencé a percibirlos mejor y a saber qué los provocaba: a saber que Pons lo había castigado a Aiol cuando éste contaba doce años, porque lo sorprendió mirándose detenidamente en el espejo de su madre, lo único que a ésta le quedaba del caballero Ozil; a saber que el cuitado Aiol gozaba a un tiempo y se espantaba con los espectáculos de voluptuosidad que Azelaís y sus compañeros le brindaban... De repente, entre las imágenes que la revuelta nube encerraba  en  su vaporoso desconcierto, brotó,  pulida, tersa, la de la Santa Lanza que el antepasado materno de Aiol creía haber hallado en Antioquía. La sangre cubrió los miembros del madero y empezó a gotear sobre la faz angustiada del propio Aiol, que abajo, abiertos los brazos como un crucificado y en los ojos distintos una mezcla de terror y de dulzura, recibía el inefable rocío. Entonces el hijo de Ozil prorrumpió en unas quejas  sordas  que  culminaron en  clamores  destemplados,  y mientras el caballero se despertaba y acudía a él y procuraba sosegarlo, hablándole quedamente, me percaté de que esa imagen última no pertenecía a la atmósfera sobrenatural engendrada por la singular corriente que arriba se apagaba y terminaba  por esfumarse, con su entreverado cortejo de caras despavoridas, de cuerpos procaces y de peregrinas, anecdóticas digresiones, sino a la exacta realidad, pues Aiol estaba verdaderamente de hinojos en la hierba, sollozando y meneando la cabeza con desesperación. Y a esa altura de la rara y espantable experiencia, me di cuenta por fin de lo que ocurría. Me di cuenta de que la borrasca que me había despabilado y aterrado, sin que empero temblase ni una hoja en el calvero del bosque de Lussac donde yacíamos, se desarrollaba dentro de la mente de Aiol, y de que yo, de tanto inclinarme sobre él y vigilarlo y remirarlo --y amarlo--, desde que lo vi por primera vez al partir de Lusignan, había concluido por atravesar la membrana impalpable que separaba a su pensamiento del exterior y, en tanto el muchacho, ignorante de mi involuntaria intromisión, dormía, había participado del desorden de sus sueños y sus recuerdos. De esa suerte, la recompensa inicial que mi intenso amor por él obtuvo --un amor que no podía concretarse en expresiones tangibles, pues nuestra mutua esencia nos aislaba-- fue la de compartir al instante lo más suyo y secreto que poseía. Los pensamientos ocultos y la memoria de Aiol fueron míos, de aquella noche de verano en más. En ocasiones he llegado a la conclusión de que adeudo tal privilegio --que muchos tacharán de indiscreto, pero lo cierto es que nada hice para lograrlo-- a las artes de mi madre, el hada Presina, acaso apiadada ante mi situación y ante la inutilidad de mis antiguos poderes, o a las del famoso Merlín, el gran maestro, más propenso que ella a conmoverse y ayudarme, pero prefiero deducir, hasta tener informes explícitos, que lo debo exclusivamente a la magia del amor, capaz, en casos tan excepcionales como el que vinculó al hada Melusina con Aiol, su descendiente, de suprimir barreras que se juzgan infranqueables. Lo vi pensar a Aiol, desde entonces, y eso me procuró felicidades, perplejidades e irritaciones. Es muy peligroso estar al tanto de todo lo que piensa cualquier ser humano. A nadie le recomiendo la inquietante y decepcionante experiencia. Gracias a esa prerrogativa, Aiol creció en mi concepto en diversas oportunidades, pero hubo otras ¡ay, numerosas! en que su prestigio salió muy miserablemente parado. Cada uno de nosotros constituye un tejido complejo en el que lo bueno y lo malo sin cesar se mixturan y que sólo deja aflorar a la superficie de la comunicación las zonas que considera propicias. Un instinto nos guía a seleccionar lo que presentaremos bajo la luz más oportuna y sentadora, aun en los momentos en que confesamos, con terrible sinceridad, nuestros defectos, nuestros vicios y nuestros crímenes: supongo que es una fuerza incontrolable, más pujante que la necesidad profunda de comunicarnos totalmente, que en escasas circunstancias surge, y que tiene que ver con el vital instinto de conservación. Pero en el caso de mi acercamiento a Aiol y mi buceo de su esencia indefensa, ninguno de esos mecanismos protectores operaba. Lo vi tal cual era, en su plenitud desagradablemente laberíntica de luces, de sombras y de tinieblas, y aunque al principio me costó habituarme a ese impúdico desabrigo del alma inerme, a la larga, por eso mismo, lo quise más, porque lo sentí paradójicamente más mío que lo que nadie podría ser jamás de nadie, a él que no sería mío --en la acepción que suele darse a la posesión de un ser humano por otro-- nunca.

Una de las curiosidades que anoté, como resultado de mi acceso libre no sólo a su conciencia sino también a los incontables y microscópicos caprichos de su cerebración, fueron las diferencias que se producían al comparar sus recuerdos con los míos. Así, por ilustrar lo que digo con un ejemplo, cuando a su mente asomaba, deshilvanada, la escena del palacio del califa del Cairo que Ozil nos había descrito, la cámara en la que ésta se había desenvuelto era, dentro del magín de Aiol, mucho más amplia que la que yo había concebido; los negros esclavos suyos estaban completamente desnudos, mientras que los míos  (no sé por qué, pues Ozil no había abundado en datos al respecto), ostentaban unas fulgurantes cotas de malla; los suyos eran esbeltos, magros, y los míos macizos, musculosos; el velo que distanciaba al califa de su corte, en la visión de Aiol, ondulaba tenuemente, como un velamen sobre el cual sopla la brisa, haciendo titilar las piedras preciosas, en tanto que mi velo pendía, pesado como un tapiz, y en él las piedras se engarzaban como en las tapas de oro de un antifonario. Se trata, como colegirá el lector, de meros detalles accesorios, pero he escogido este caso entre millares --y si se tratara de un asunto relacionado con los juegos de los sentimientos y la psicología y no con los de la simple decoración, el planteo se complicaría bastante-- para mostrar hasta qué punto las imágenes se modifican en nuestro interior, según la organización íntima, fundamental, inalterable, de cada uno, y cómo la riqueza y la pobreza de un gesto, de un acto, de un sitio, de un individuo, dependen a la postre de la pobreza y de la riqueza personal de quien los piensa.

Pero, y eso se colegirá también por demasiado obvio, dichas observaciones y otras, más  trascendentes, numerosísimas, no maduraron en mi ánimo sino de una manera muy abigarrada, en momentos en que me enteraba del don desazonante que se me ofrecía, y fueron aclarándose y definiéndose con la serenidad que resulta del andar del tiempo, porque aquella noche, en la floresta de Lussac, apenas si pude espantarme y maravillarme, como si me hubieran regalado un objeto delicado, exquisito, capaz de quebrarse o de estallar en mis manos temblorosas; y por lo demás la zozobra que me causaba el aspecto de Aiol, cuando yo me afanaba, aunque más no fuera someramente, por entender qué me acontecía, me impidió profundizar el conocimiento del hallazgo, ya que lo que antes que nada me importaba entonces eran las reacciones del  atribulado muchacho, víctima del delirio. La más ardiente anarquía abrasaba su cabeza y se reflejaba en su frente, que el caballero, asustado, bañaba con paños fríos y tocaba con su cruz de cruzado y con su cuerno de unicornio. Era inútil pretender distinguir con claridad las imágenes que ahora guerreaban allá adentro,  transformando tan exiguo territorio en vasto campo de batalla donde dos ideas,  dos remordimientos,  bregaban con tremendo  empuje: la idea de que Pons había muerto por su culpa, y la de que Azelaís, por su culpa, había sido presa del Demonio, y así, al par que Aiol se arrancaba el vendaje y exhibía, en el lado izquierdo de la cara, el lívido tajo que bajaba de la sien a la boca y que, en vez de afearlo, lo embellecía, otorgándole una súbita virilidad y sazón a ese rostro fino de niño hermoso, tan increíblemente semejante a Raimondín, yo me repetía que si Dios exigía que Aiol muriera aquella noche, mi vida sería una lobreguez y un desierto por toda la feroz, la desolada eternidad. Entre tanto, algo más vino a distraernos, al tiempo en que yo me pasmaba con el prodigio de ver en la mente de Aiol como las adivinas en sus esferas de cristal translúcido (si bien, en mi caso, y a diferencia de lo que sucede con esas indagadoras, la operación se producía con infalible certidumbre) y en que Ozil se empeñaba en calmar a su hijo, que lloraba ahora suavemente, infantilmente, como si su caudal de lágrimas no tuviera fin y con él volcara su perenne caudal de melancolía. Y fue que una cabalgata avanzó por la senda del bosque, espléndida, dejándonos a un costado, hacia las dobles torres románicas de Touffou. Sus integrantes no nos divisaron, escondidos como estábamos por los árboles; en cambio nosotros los distinguimos claramente, a la luz de los hachones; distinguimos a los Lusignan soberbios, los del castillo, que trotaban con gente de armas y mucho bracear y colear y relinchar y tintinear y rechinar de hierros y danzar de picas y tremolar de banderines argentados y azules. A la cabeza iban Godofredo, el valeroso, y Guy, su hermano menor, a quien yo conceptuaba el hombre más bello de Francia hasta que conocí a Aiol. Se mecían, se sacudían en sus caballos, saturados de magnífica vanidad, y me   : colmó de orgullo que fueran tan bien parecidos, tan derechos, tan insolentes, aristocráticos como los lebreles grises que corrían alrededor y altaneros como los halcones que sus pajes afirmaban  en   los  guantes.   Pasaron   durante   unos  minutos, inundando al bosque de alegre fosforescencia, de sonoridades metálicas, con el campanilleo de los collares, de las cadenas, de las cotas, de las espuelas, de las espadas estremecidas, de los cascabeles cetreros, de la pompa marcial y cortesana que desplegaba su elegante desenfado.

Ozil vaciló. Luego extendió lentamente a Aiol sobre el musgo, improvisándole almohada con la maleza; abrazó el escudo, al que envolvió en un paño que disimulaba su diseño como cuando apareció bajo las murallas de Lusignan; se aseguró el yelmo, tomó la lanza, montó a caballo y salió detrás. Todo ello no duró más que unos momentos, pero como los otros llevaban prisa se perdieron en el luto del ramaje que las teas fugitivas veteaban de púrpura, y Ozil se perdió a la zaga, hasta que no quedó más iluminación, donde Aiol yacía, que la despedida por nuestra antorcha agonizante. También yo vacilé, sin saber si debía acompañar a Ozil en la evidente aventura que convocaba a tanta gente de mi sangre, o si debía permanecer junto al doncel abandonado, hasta que me resolví por lo último, que era sin duda lo que prefería, y poniéndome a la vera del muchacho me apliqué a tranquilizarlo como pude, aventándolo con mis alas --eterno recurso de mi indigencia-- y observando fascinada el calidoscopio de su pensamiento, que reproducía las pasadas imágenes y acentuaba las pertinentes a un proyecto de retiro y de vida de eremita que le imponía su desconsuelo, ya que se conceptuaba, sin motivo alguno, tan culpable de la desventura de su familia, que meditaba que el solo modo de purgar sus pecados consistía en la martirizada reclusión. Se fue adormeciendo y,  apaciguada por su alivio, dejé  que mi preocupación siguiera las huellas de Ozil.

¿A dónde habría ido-- ¿Esperaba tomar venganza de sus parientes desdeñosos-- ¿Tanto le escocia su desaire que optaba por desamparar a su hijo, en una hora crítica, para correr en pos de los ofensores-- ¿O calcularía aprovechar lo fortuito del encuentro para conmover a sus primos displicentes, empleando al efecto, si era necesario, el argumento del precario estado de Aiol-- ¡Ay!, al barajar esas probabilidades, no titubeaba yo en restarle nobleza a su empaque, reduciendo al agraviado guerrero a la desairada posición de postulante, y lo que en verdad hacía no era más que atribuirle mi propia debilidad, pues era tanto lo que me perturbaba el muchacho que, de haber sido ello posible, no hubiera yo dudado en volar tras los Lusignan e implorar su ayuda. Quedé, pues, con Aiol, al que volvían a torturar las pesadillas, las cuales porfiaban tenazmente en repetir las imágenes de Pons cayendo y estrellándose y de Azelaís desnuda, contorsionada; unas imágenes a las que se añadían la del cuerno de unicornio, que brotaba del centro del cuerpo de Aiol y se clavaba en el de su hermana, sumergiéndola en sangre, y las rígidas figuras del capitel de la muerte de San Hilario, que bailaban en torno del tallista con grotesca mofa, hasta que terminaban por levantarlo e introducirlo en la Boca del Infierno. Aiol transpiraba y gimoteaba. A él también, a él también y a Azelaís, atravesados ambos por el largo estoque, los empujaban hacia la Boca flamígera, y yo, estúpida de mí, revoloteaba alrededor del muchacho que ardía de fiebre, llamando en vano a Merlín, a Morgana, a toda la corte feérica de Avalon. Debimos estar de la suerte un buen rato: Aiol, oprimido por las alucinaciones; yo, por mi ineptitud para socorrerlo, hasta que en la floresta se alzó un gran clamor, que resonó en mi interior como el eco del que había escuchado, siglos atrás, en el bosque de Coulombiers, cuando Raimondín mató a su tío, y que me hizo temer por la vida de Ozil, tan audazmente entreverado con  los hostiles barones de nuestra casta. La grita se prolongaba y, a mi vez, dejé a Aiol para averiguar qué acontecía.

No tuve que andar mucho. En un claro, formando ancho círculo, estaban los caballeros y los pajes. Ozil y Godofredo de Lusignan combatían en el centro, y cada uno de sus golpes era acogido por los presentes con exclamaciones de entusiasmo o rabia, según fuera quien lo recibía. Ya habían quebrado las lanzas y desenvainado las espadas. A pesar de las embestidas de Godofredo, el escudo de Ozil conservaba, aunque en partes arrancado, el lienzo que lo cubría y enmascaraba la identidad de su dueño, y era inútil que Guy de Lusignan y sus acompañantes se empeñaran en descifrar sus esmaltes y su dibujo, pues no lo toleraban ni la distancia de las teas ni el brusco desplazamiento de los lidiadores. En cuanto a Godofredo, la sangre que le bañaba el rostro le impedía ver y distribuía los mandobles al azar.  Ozil aprovechó la coyuntura y dio con él por tierra, donde el peso de las armas y el rigor de las lesiones le impidieron moverse. Con la punta de la espada sobre el pecho, no tuvo más remedio que confesar su derrota. Entonces Ozil saltó del caballo, arrebató de un manotazo el paño roto de su enorme escudo y se comprobó que sus colores eran semejantes a los que iluminaban al de su adversario. Se desembarazó del yelmo, y los asistentes se resignaron, furiosos, a reconocer al primo Ozil de Jerusalén, al primo postergado y pobre que se ganaba el sustento en los torneos. Guy se dobló y ayudó a su hermano a incorporarse. Los demás se acercaron y la luz cruda de los hachones, al caer sobre la escena que reunía a los tres Lusignan, mostró una vez más qué hermosos productos había logrado la descendencia de mis hijos horribles. Sin decir palabra, Godofredo comenzó a despojarse de su arnés, secundado por su escudero. Las armas y el caballo del vencido, de acuerdo con la costumbre, pasaban a poder de quien le había lanzado el reto y había resultado vencedor. La cota era dorada y bermeja, como la de Perceval, porque el rojo es el color del predestinado a la gran hazaña, y el caballo, blanco, casi no había sufrido en el combate. Un silencio tan profundo había sucedido a la bulla, que se oían, netamente los rumores del bosque y se adivinaban, en el follaje, sutiles presencias de inmateriales espías. Ozil acomodó las armas sobre la grupa de su flamante cabalgadura y tornó a montar. El rictus altivo le torcía la cara. Nadie habló. Godofredo, impávido, como esculpido en alabastro verdoso, insinuó, sostenido por Guy, una inclinación leve y se mordió los labios. Los ojos de Guy centelleaban. No lo describo ahora; lo haré más adelante, pues he de referirme a él con minucia insistente. Ozil se alejó, grave y marcial, llevando de la brida al corcel con los despojos. En ese momento advertí, a un lado, al ángel del castillo de Lusignan, que me observaba, un libro en la diestra y la siniestra en la mejilla. Quizás pensaba (como yo) en qué partido tomaría el hada Melusina, su vieja compañera, ante la coyuntura que había enfrentado a los míos. Mi arbitrio no fluctuó. Desperecé las alas y escolté a Ozil con imponente complacencia. Estaba,  románticamente,  caballerescamente,  a  favor  de  los desheredados, y si la victoria sonreía a los sin fortuna, mejor aun. Yo era una desheredada también: como a Ozil, me habían exiliado de Lusignan. Solemnes, regresamos al calvero. La cota, el yelmo, la espada, una lanza nueva y el escudo de Godofredo, entrechocados por el zarandeo del palafrén, sumaron sus ruidos a los de la floresta que despertaba. Oíamos, detrás, los relinchos y los ladridos de la tropa de mis descendientes, que reanudaba la marcha tan imprevista y funestamente detenida, hacia Touffou. Si un segundo barruntaron desquitarse de Ozil y dejarlo tendido en el suelo para siempre, descartaron la tentación en aras de la excelsa Caballería que obligaba a ese género de insoportables sacrificios. Gorjeaban los pájaros en los árboles, con flautas de triunfo, y los gansos se esponjaron en el agua fresca. El sol procuraba sin éxito meterse entre la fronda, como una banda de ladrones de verde, con mil puñalitos de oro. Ozil canturriaba, restañándose la sangre de un rasguño en el pómulo, mientras el guantelete se le tachonaba de rubíes. Irradiaba alegría. Así desembocamos en el sitio donde habíamos dejado a Aiol, y allá cesaron su júbilo y el mío (porque yo compartía su estado de ánimo y no me cansaba de admirar los hierros dorados y bermejos que, como un crustáceo inmenso, se aferraban con barnizados tentáculos y pinzas al balanceo del caballo blanco): Aiol se había arrastrado sobre la maleza y parecía muerto. Su pelo lacio, volcado, se abría en el herbaje a modo de una herida ala negra. Apliqué mi oído, junto al de Ozil, al corazón del muchacho, y verifiqué que apenas latía.


Hace aquí su entrada el santo ermitaño que invariablemente figura en estas narraciones. Brandan era archiviejo, y de no mediar sus puros ojos celestes, todo él hubiera desaparecido y se hubiera confundido, miméticamente, con la maraña que nos circuía, pues participaba de su color de herrumbre, con su marchita piel, la broza de sus barbas, su estameña, su capucha y la brazada de ramas secas que traía, transformado en una planta más, agostada, encorvada y temblorosa, en cuya corteza de cavadas arrugas se encendían y apagaban, comunicándole una vida tierna, dos insectos celestes. Venía muy despacio, casi como si no se moviera, casi como si la brisa pudiera deshacerlo en un breve revuelo de hojas bronceadas y de sarmientos retorcidos, y como si, para conservar la integridad de su estructura, necesitara una vigilancia que le imponía el gobierno económico de los menores ademanes. Dos gatos pequeños lo  acompañaban, frotándose a los remiendos y los agujeros de su hábito. Cuando nos vio, entreabrió las manos y dejó caer las ramas.  Nos saludó con vagos latines y, aunque  permanecía quieto, vimos que la claridad de sus ojos, al alzar la doblada cabeza, se iluminaba bondadosamente. Supimos entonces que su  ermita   no estaba   lejos  y   que   invitaba   a  conducir   allá al muchacho.  Ni siquiera le preguntó a Ozil su nombre, ni indagó la causa de sus heridas y del desvarío de Aiol. Se persignó, volvió a recoger el haz y, con Aiol atravesado sobre el caballo blanco,  entre las  armas bermejas, lo seguimos. Ozil llevaba de las riendas a las tres monturas y noté que renqueaba. De repente, lo sentí viejo. Un soplo de dulce, de apaciguada vejez  nos envolvía desde  que  Brandan había surgido entre nosotros. Yo me sentí vieja también; sentí un peso de siglos sobre los hombros transparentes y, al mismo tiempo, una especie de alivio, como si los motivos que me habían inquietado durante la última semana --y entre ellos ese pujante amor que me obligaba a asumir inopinadas actitudes--, perdieran fuerza, y si todo recuperara su exacta perspectiva. Lo único joven que teníamos, fuera de los dos gatos que giraban hacia nosotros sus caritas  sarnosas  y  que   maullaban  como si  rezasen,  era  un cuerpo inánime de adolescente, atravesado sobre un corcel de guerra, encima de las armas de un vencido, y que se sacudía, estirados los brazos de títere, derramado el líquido manchón de pelo negro que le tapaba el rostro, pero su abandono, que acompañaba el compás de la marcha con duro balanceo, acentuaba lo cerca que se halla la juventud de la muerte  (que es la definitiva, la postrera y helada vejez), de manera que Aiol contribuía, involuntariamente, a crear la atmósfera de calma senectud, de extraño renunciamiento, que nos rodeaba y que, mientras proseguíamos la andanza soñolienta por el bosque, contrastaba con la apasionada vitalidad del paisaje, con los troncos y los brotes nuevos, con la húmeda espesura, con la algarabía de las fuentes, de los pájaros, de las ardillas, de los animalejos, de cuanto bullía alrededor, gozando de los rayos calientes de sol que conseguían cruzar la densidad de las copas y dorar, allá y aquí, los matorrales, proclamando la juventud sensual del verano. Brandan se puso a cantar súbitamente, y su voz de campanita cascada pareció proceder de otro pájaro, de un pajarillo ronco y humilde:

O virgo princeps virginum...

Invocaba a la virginal Princesa de las Virginidades, aquella que oyó la maravilla de que, siendo virgen e ignorante de hombre, estaría destinada a la virgen maternidad. Y los gatitos se separaron de él --entonces me percaté de que habían recuperado la juventud, ajada junto al ermitaño-- y echaron a correr con graciosos brincos y cabriolas, hacia la ermita cuya techumbre se hundía en el corazón de los robles y que era, como Brandan, muy vieja, vieja como la floresta, acaso levantada con piedras de los druidas inmemoriales, y estaba agazapada como un lobo viejo en lo más hondo y secreto del bosque de Lussac. Un hilo de humo se desflecaba en lo alto. Ozil besó la mano del santo, alzó la carga desmayada de Aiol y entramos en la única estancia diminuta, que era mitad capilla y mitad habitación de Brandan. Allí pasamos varios meses, no sé cuántos porque la noción del tiempo se extraviaba y desvanecía al lado del anciano de los ojos puros y de los gatos que lo querían tan conmovedoramente.

La pierna de Ozil le ocasionaba agudos dolores. Brandan la desvistió, la palpó y examinó la hinchazón que sufría. Aderezó luego un emplasto, con unas hierbas, y la vendó. Tanto padecía el caballero y de tal manera estaba imposibilitado Aiol, que la tarea de instalarlos y cuidarlos recayó íntegramente sobre el solitario piadoso. Éste demostró una eficiencia inesperada. Sin que cejara su lentitud característica, desplazándose como un sonámbulo, condujo a los tres caballos hasta unas ruinas próximas, que la arboleda tornaba invisibles, y que él mismo habría reparado, sin duda, agregándoles una tosca techumbre. Desembarazó a las bestias de las armas que transportaban, pero le faltó vigor para acondicionarlas contra los muros: cayeron con estrépito, arrancando chispas a las losas, y en ellas quedaron esparcidas, mezclada la cota bermeja con el cuerno de unicornio, con las espadas y los yelmos. Al rato el anacoreta regresó, trayendo a uno de los gatos en brazos y monologando con incomparable dulzura, como si se dirigiera a un niño, y en seguida sé ocupó de dar una mano a Ozil, que se despojaba del armamento multiplicando los quejidos y las maldiciones. Le puso un dedo en los labios y susurró:

--No blasfemes, caballero.

Luego, con la misma suave tardanza, lo auxilió mientras se tendía en el lecho de hojas. Más arduo fue quitar las ropas al vacilante Aiol, sobre todo las calzas ceñidas, pero al fin padre e hijo se estiraron en el jergón, desnudos. Brillaban sus cuerpos, como los mármoles de tumbales estatuas. Brandan encendió fuego y arrojó algunas hierbas secas en un caldero. Lo revolvió y oró por buen espacio y, cuando la cocción estuvo lista, les dio a ambos de beber una agua turbia. Después, valiéndose de un ventalle de ramas, ahuyentó a los insectos que zumbaban en torno. Los gatos lo miraban y yo también, que contemplaba a mis vástagos reducidos a condición tan triste. Me acordé de un ungüento  del  hada  Morgana,   que  sanaba  cualquier  dolencia; tracé en el suelo un triángulo y la llamé, rogándole que me lo diese. Por la tarde, el bálsamo apareció, demostrándome que mi prestigio continuaba operando frente a mis antiguas compañeras. Aproveché que el anciano había ido a aprovisionar a las cabalgaduras, y lo apliqué sobre la pierna de Ozil y sobre la mejilla de Aiol. Pronto reaccionaron, no sé si merced a las preces y los jugos del ermitaño o si gracias a las fórmulas y al unto de las hadas (supongo que por su acción conjunta, pues ambos actuaban en el mismo sentido terapéutico y, al fin y al cabo, en los casos de apuro, conviene no discriminar ni enzarzarse en disputas teológicas, sino recurrir a la experiencia de remedios y ritos que, considerados fríamente, parecen hasta contradictorios), pero al desinflarse la extremidad del caballero nos enteramos de que tenía quebrado un hueso. Brandan volvió a curarlo, lo entablilló como mejor pudo, y los tres se durmieron: con un sueño sobresaltado, los de Lusignan; con un sueño de ángel, el asceta, quien se acostó encima de una piedra lisa, teniendo otra aristada piedra por almohada, como cuadra a la salud espiritual de un bienaventurado. Los gatos se acurrucaron a sus pies y hasta el alba no sacaron sus ojos llameantes del rincón en el que yo reposaba. Es seguro que me veían, pero, satisfechos acerca de mis intenciones, terminaron por dormirse, apretados al viejo que soñaba su sueño de ángel. Y a propósito de ángeles, casi juraría que alguno asomó la curiosa cabeza a la ventana, no obstante que esto --a semejanza de la discusión motivada por las eventualidades del beneficio  que  deriva  de  las  sacras  oraciones y  de   los  mágicos encantamientos-- es susceptible de controversia, pues acaso se tratara de un fadet del Poitou, uno de los duendes enanos que a la sazón pululaban doquier y que trabajaban más que diez mozos de granja, en el silencio de la noche, como confirmaría lo que se leerá en este poético relato.

Flotaba en la habitación el aroma espeso de las extrañas hierbas que del techo pendían, y de afuera llegaba la palpitación de los rumores del bosque que, sumados, tejían el silencio poblado de las horas oscuras. Por ahí andarían, rondando las milenarias paredes, varios de los monstruos que el viajero había evocado en la posada de Poitiers y que detenía la santidad del paraje. Quise cerciorarme, abrí la puerta y a su vera advertí una vasija llena de leche, que el ermitaño había dejado allí antes de acostarse. ¡Ay! evidentemente él era más poderoso que yo, con toda mi ciencia de maravilla... La leche sería para un duende amigo, y las bestias extraordinarias del bosque sabían que les estaba vedado entrar en la casa del santo. Brandan era más poderoso que yo. ¿Qué quedaba de la gran Melusina, de la gloriosa constructora de castillos, sino una sombra inquieta-- En esa hechizada región y lejos, en lugares apartados de Francia, mi nombre se asocia a espléndidos prodigios, pues la gente no se resigna a pensar que yo, que mi fantasía, no gobierna ya con inflexible capricho a los territorios de los que fui señora, y sin embargo la modesta verdad es que en aquel momento no podía casi nada. ¿Cómo hubieran reaccionado ante mí agotamiento --que en ese caso quizás se acentuaba por la nerviosidad y la torpeza que del obsesivo amor resultan-- las numerosas personas que, a veces exagerando, se jactan de que he levantado las torres y las murallas de sus fortalezas; las de Mervent, que temen mi cólera; las de Cháteau-Meillant, que erigieron mi imagen de cobre dorado; las de Fougéres, que la esculpieron en su iglesia; las de Dole, cuya imaginación me hace asistir, semidesnuda, entre dos lobos negros, a la misa de sus Carmes (¡qué idea!); las de Ligny, que en el castillo mostraron, por mi parentesco con el mariscal de Luxemburgo, del cual éste se ufanaba en especial, no sólo mi dormitorio sino también mi cabinet de toilette; las de Béceleuf, que llevan su devoción hacia mi memoria hasta declarar que el agua que brota de la roca Cervelle procede de mi feérica orina (¡qué otra idea, válgame Dios!) .. .-- ¡Cómo se hubieran decepcionado, al verme de pie en el umbral de la ermita, cuando miraba hacia las sombras de la floresta de Lussac y me sentía inútil!

Alrededor, las pezuñas de los centauros escarbaban la tierra; la alada vouivre, que es más serpiente que yo y tiene un carbúnculo en la frente y una corona de oro, silbaba en las oquedades umbrosas... Pero adentro de la casuca, la paz que emanaba del hombre recto aplacaba a Ozil y a su hijo. Por la mañana, noté que el recipiente de leche estaba vacío y que, en la cuadra, las esparcidas armas habían sido alineadas contra las paredes, sobre dos improvisados maniquíes. Algunas de ellas habían sido bruñidas y fulguraban. El duende familiar del ermitaño trabajaba positivamente bien.

--Gracias, Fadet --se limitó a decir Brandan, y luego se alejó para ordeñar su vaca.

El día transcurrió, plácido, entre curaciones y preces. Esa noche tuve ocasión de apreciar nuevamente la eficacia de los servicios de Fadet y de verlo. Dormía yo, como los demás, aquietada por la armonía del ambiente, cuando nos despertaron unas voces premiosas. En el centro de la habitación, un duende, un menudo silfo de arrugado rostro y ojos protuberantes, sacudía al ermitaño.

--¡Vienen los de Lusignan! ¡Vienen los de Lusignan! --repetía, y en efecto del fondo de la floresta progresaba un sordo murmullo.

Apenas les alcanzó el tiempo a Brandan, al caballero y a Aiol, cojeando, sosteniéndose los unos en los otros, para borrar sus huellas y esfumarse hacia la invisible construcción que encerraba a los caballos y a los arreos, y ya se hicieron presentes, cercando la morada del santo, los hombres de Godofredo. Godofredo no perdonaba. Godofredo había muerto, siete años atrás, al conde Patriz de Salisbury y no se conformaba ante la afrenta que le había infligido un primo paupérrimo. Sus huestes venían a buscarlo, a rescatar sus armas, tal vez a ultimar al atrevido, para que no quedaran ni rastros de la deshonra. Empujaron la puerta violentamente y cuatro o cinco soldados se plantaron en el centro de la cámara, haciendo sonar sus hierros, mientras que en torno de los muros vibraba el estrépito de las coces y de las exclamaciones acechantes. Sólo encontraron a los gatos de Brandan, erizados, pues a mí no podían verme. Iracundos, rompieron lo poco que había allí susceptible de romperse; prorrumpieron en insultos: batieron los matorrales del contorno y partieron al galope. Brandan y sus huéspedes regresaron al rato. Hasta el alba estuvieron rezando y yo con ellos. No retornarían los de Lusignan por aquellas fragosas soledades, ni tampoco se les escaparía palabra de la derrota. Y Fadet se ocupó de reparar los destrozos.

Desde entonces hasta nuestra partida se extiende el largo tiempo que no soy capaz de medir, pues, como dije, el tiempo no existía junto al ermitaño. La vida transcurría como en un sueño, y en verdad me resultaba arduo diferenciar los acontecimientos cotidianos de las figuras que los reproducían y exaltaban en los sueños de Aiol. Éste se recuperó rápidamente. Sus daños eran morales y como tales propicios a sanar en un clima de sosiego y de orden. En cambio el restablecimiento de su padre exigió intensos cuidados. La pócima de Morgana obraba con validez pero con lentitud; de no mediar ella, Ózil hubiese perdido el uso de su pierna. La tarde entera, el caballero permanecía estirado, frente a la casa. Conversaba con el anacoreta, y las imágenes consabidas de sus luchas en Oriente trenzaban su esplendor, como guirnaldas en el follaje. Hablaban de la vida y de la muerte; del amor, que había sido para Ozil una forma agradable del pecado; de las lueñes ilusiones de Brandan, que en su adolescencia había querido recorrer mundo, como el quimérico abad irlandés, cuyo nombre había adoptado y que, en busca del Paraíso Terrenal, surcó el Océano terrorífico, avistó sus ballenas cubiertas de palmeras, de altares y de fuentes, y sus encantadas islas. Empero nuestro Brandan no había salido del Poitou, pues comprendió la vanidad de esa empresa; comprendió que el Paraíso se oculta dentro de cada uno de nosotros y que, para hallarlo, el viaje no debe realizarse hacia los peligros del exterior sino hacia las cavernas y laberintos del interior. Y lo había descubierto entre unas piedras del bosque de Lussac. Allí también abundaban los demonios y los prodigios; allí aguardaba, cuando se había vencido a las tentaciones de la gloria y de la carne, el celeste y mundano Edén. Mas el caballero Ozil, educado en una escuela que implicaba al físico riesgo deportivo como condición esencial, no se plegaba a los argumentos de su interlocutor. Para él, el Paraíso se conquistaba a lanzazos. De ese modo discutían, y Aiol los escuchaba. Yo observaba, en el secreto cristalino de mi amado adolescente, la pugna de las dos concepciones opuestas. A veces se pronunciaba por el ermitaño y a veces por el caballero. Islas afortunadas, que Azelaís regía como una emperatriz tenaz, florecían en su imaginación, con pájaros fabulosos cuyas colas reproducían el dibujo de los instrumentos musicales, con mariposas que evocaban las vidrieras catedralicias, con tigres que arrastraban collares de perlas, con verdes cocodrilos que se desperezaban al sol. El deseo de llegar a Jerusalén, su ciudad natal, que para él era una mezcla de los sitios mágicos con los que había soñado Brandan en su juventud y de los que Ozil había andado en sus guerreras cabalgatas, alternaba en su ánimo inestable con el de permanecer para siempre en el recoleto refugio del bosque, cantando los loores de Nuestro Señor, acariciando a unos gatos y comprobando las ventajas de la amistad de un fadet laborioso, lejos de las trampas de la vida y de las sorpresas que puede recelar algo aparentemente tan simple y tan anodino como el cuerpo de una hermana al que se ha visto crecer y formarse junto al propio, y como los cuerpos larguiruchos de unos muchachos disfrazados de Vírgenes Locas, que iban en una carreta hacia la mansedumbre de los pueblos pacatos, a referirles una historia de la Biblia. La vida lo asustaba y lo atraía y yo miraba  la fluctuación de sus ansias como si me mirase a mí misma en un espejo brumoso.

Pero el bravo Ozil no se resignaba a perder el tiempo. Mandó a su hijo que fabricara un muñeco y se ingeniaron entre ambos para ataviarlo como si fuera un turco. Aiol lo suspendió de una rama, revestido con la cota de mallas del caballero, el escudo colgado delante, y ciñó a su vez las armas de Godofredo de Lusignan. Todas las mañanas se aplicaba a luchar contra el fantoche, con lanza, con espada, siguiendo las indicaciones paternas, y en la floresta repercutía el estruendo de los porrazos. Se fue robusteciendo de la suerte y, aunque conservó la ingenua expresión --por instantes, ambiguamente misteriosa--, que nunca abandonaría, su cara maduró y se afirmaron sus músculos. Alegraba observarlo entonces, afianzado en los estribos, volando hacia la meta, como un San Miguel, como un San Jorge, todo centelleos y nervios. Por la tarde jugaba al ajedrez --que es juego de señores y como tal no faltaba en el equipaje de Ozil-- con el guerrero, y atendía lo que éste le informaba acerca de la caza con halcones y con galgos. Brandan trajo del cobertizo unas telas polvorientas, en las que estaban pintadas escenas curiosas del sitio de Troya, de las conquistas de Alejandro y de las empresas de Carlomagno y de Roldan y, señalando sucesivamente los toscos cuadres, le narró lo que de ellos sabía y que hoy haría sonreír al escolar más mediocre, como por ejemplo que César era hijo del hada Morgana y que Alejandro creó a los doce pares. Esas nociones se añadían a las que Aiol había recibido de labios de Ithier. Veía construir la Torre de Babel, como si fuera Nuestra Señora la Grande.. . más alta, claro está, y ya no lo desazonaba la efigie de su padrastro, moviéndose entre los artesanos; asistía al convite de las bodas de Caná, y el recuerdo de las fiestas a las que Ithier había concurrido en los alcázares de los reyes españoles, se agregaba al de los agasajos que había recibido Ozil en el califato del Cairo, para aderezar el proscenio suntuoso en el que el agua fue transformada en vino. Eran, como se deducirá, nociones ¡equivocadas y bellas, pero muy eficaces, las que mejor convenían a quien estaría destinado a codearse con pajes y valets igualmente educados. También yo contribuí, en mi medida, al progreso de su enseñanza. Así como, de tanto inclinarme sobre él y contemplarlo y quererlo, terminé por apoderarme de sus pensamientos, los míos comenzaron a insinuarse, borrosos, en la niebla de la conciencia del muchacho, como si entre ambos se hubiera establecido un frágil puente por el cual las imágenes iban y venían. Confundido al principio, Aiol no diferenció más tarde las nociones que brotaban de sus aprendizajes y experiencias, de las que yo le suministraba y que aparecían, reflejadas en su mente, como la consecuencia de estudios que mi amado no podía ubicar. De ese modo se enteró de que la piedra ónix, que se encuentra en Arabia   (y cuyos especímenes más útiles son los adornados con vetas)  ayuda a meter miedo, y de que si a alguien se le regala una sortija que la lleva engarzada, el recipiendario terminará por ensombrecerse, victima de la melancolía y del temor. Se enteró de que la amatista triunfa sobre la ebriedad, y de que la piedra alectorius, extraída de un gallo de cuatro años y puesta bajo la lengua, elimina la sed. Se enteró de que las ortigas derrotan a los fantasmas; de que el jugo de beleño, diluido con sangre de conejo, convoca a las liebres; de que la verbena, si con ella se espolvorea a los enamorados, provoca sus reyertas tontas. Se enteró de que la sangre de una paloma, hervida en un cuenco de agua donde antes se haya cocido un topo, despoja de cabellos negros a cualquier cabeza que con ella se frote. Se enteró de numerosísimas cosas diversas, que no detallaré para evitar lo enfadoso de la enumeración y para que no se me tache de científica vanidad.

Mi figura, la figura totémica del hada Melusina, con su cola de sierpe, sus alas de murciélago, sus suaves pechos desnudos y su rostro agraciado, emergió un día, insólitamente, como un loto que abre sus pétalos, en el fárrago del discernimiento de Aiol. Yo la esperaba tan poco como él, así que cuando me vi copiada, como si estuviera asomada, en la actitud de Narciso, sobre la alteración de un arroyo saltarín y me divisara entre el hervor de las espumas, el brillo de las rocas y la impaciencia de los peces (pues así era de variado y agitado el atropello de las ideas que se superponían en la mente del doncel), retrocedí con sobresalto, mientras él se inmovilizaba, procurando distinguir lo que presumía fruto de su imaginación, y reconocía al hada de los Lusignan, al hada de las crónicas familiares del Poitou, a quien por vez primera apreciaba en la exacta nitidez de su dibujo. Esa misma tarde, en un rato libre, ya que la instrucción que le impartían Ozil y Brandan insumía casi todo su tiempo, Aiol eligió una gruesa rama de roble y, aplicando la técnica que le había revelado su maestro Pons, inició la escultura de mi imagen, tal cual se la ofrecía mi vigilante influencia. A Ozil le gustó esa preocupación de su hijo por la gran antepasada; le gustaba cuanto concurría a aseverar que Aiol era un Lusignan verdadero. A mí me colmó de gozo, por lo que implicaba de homenaje. Pensaba el caballero que el oficio manual le está vedado a un noble, pero que si la artesanía de los vitraux se reservaba a la clase aristocrática, la cual la ejercía sin que eso significara una degradación  (y así fue durante siglos) , también podía un joven de buena sangre tallar la semejanza de sus antecesores. Probablemente no hubiera actuado de igual modo si Aiol hubiese preferido otro tema: la efigie de Brandan, por ejemplo; mas el hecho de que, con su trabajo, rindiera culto a la gloría ancestral, reconciliaba a Ozil con la tarea, que resultaba, en su criterio, equiparable a un poema cantado por un conde trovador en honor de su estirpe. La rama se convirtió en mi figura  (asaz más rígida que yo, por cierto, de acuerdo con las severas concepciones plásticas de entonces), y mi cola de serpiente se curvó, bajo la filosa cuchilla, como el casco redondo de un navío, al que mi torso servía de femenino mascarón. Cuando partimos, el modelado leño quedó en la ermita. De noche, Fadet lo cubría de flores silvestres y derramaba unas gotas de leche sobre su seno. Brandan lo admiraba. Quedó al lado de la pequeña y oscura Virgen de madera, que el bienaventurado sahumaba con sus oraciones. No me extrañaría que, con la mucha vejez del ermitaño, mi retrato asumiera, para su devoción, las características de una representación sacra. Poco habrá faltado para que se incorporara al pueblerino santoral una Santa Melusina. Infiero que si no fue así, ello se debió a que los Lusignan, solicitados por más actuales problemas, desdeñaron ocuparse del asunto, cuando ceñían la corona como potentes reyes de Jerusalén, de Chipre y de Armenia, y que mi sospechosa cola de escamas hubiera desbaratado el proyecto. Sea lo que fuere, dejaron pasar la ocasión. No me quejo. En el mundo no es posible tenerlo todo. No soy una santa. Soy un hada, y eso, como responsabilidad y prestigio, me parece harto suficiente. Sin embargo, sería vano que yo declarase que no me halaga el hecho excepcional de que un varón de Dios, aislado en su ermita, en su personalísimo Cielo, rezase delante de mi simulacro. Quizás me hubiera correspondido improvisar en su beneficio uno de mis modestos --y cada vez menos conseguidos-- escamoteos prodigiosos. No lo hice para no aumentar su confusión y creo que procedí bien. Cada uno a lo suyo: hay la parte del Ángel y la parte del Hada.

Por fin el caballero recuperó el pleno uso de su pierna y aceleró los preparativos de la partida. El asceta le rogó que permaneciera en el bosque, mencionándole los riesgos que fuera de él lo aguardaban y que comprendían desde los llameantes dragones y grifos hasta el colérico Godofredo, mas Ozil entendía que le tocaba proseguir su vida andariega, adiestrando a su hijo en el directo contacto con la cotidiana realidad. Vacilaba hacia dónde encaminaría sus pasos. Se sentía fuerte y capaz de arrostrar las duras alternativas de un torneo.

Estaban una mañana, Brandan y él, entregados a frotar las armas, que fulgían como recién salidas de la forja --Aiol había salido de caza, en pos de algún elemento substancioso para la comida, deplorando no tener a su alcance, en ese momento, un brote de muérdago y un ala de golondrina, porque colgados juntos de un árbol poseen la virtud de atraer a las aves que pululan en dos leguas y media a la redonda--, cuando Fadet acudió, a los brincos, chillando como una laucha. Tan desusada (y heterodoxa) era su presencia durante las horas del día, que el ermitaño y el caballero (también heterodoxamente) se persignaron. El duente se apretó el gorro, porque hada frío o para dar más intensidad a sus palabras, y reiteró el fatídico mensaje:

--¡Vienen los de Lusignan! !Vienen los de Lusignan! Como la vez anterior, oímos, a la distancia, el fragor de metales y de ramas rotas. Antes que quienes lo producían, llegó Aiol, con el abultado morral al hombro, y se enteró de las novedades. Pero en esta ocasión Ozil y su hijo no reaccionaron como la pasada. Ambos se sabían fuertes y estaban prestos a repeler a los agresores. Revistieron con rapidez las cotas: Ozil, la áurea y bermeja, para aumentar la burla, si Godofredo se hallaba entre los enemigos; Aiol, la de su padre, de reverberaciones azulinas, aunque, reglamentariamente, no habiendo sido todavía armado caballero, carecía de derecho a su uso, mas si se considera lo singular del peligroso lance, se tolerará su extralimitación prematura. Montaron a caballo, empujados, aupados por el temblón eremita y, puesto que el doncel no se había cubierto aún con el yelmo de plumaje ralo, su cara espejeó como un esmalte, como una de esas viñetas delicadas de arcángeles heroicos que los monjes miniaban en los libros de las grandes damas piadosas. El ojo azul y el ojo de oro, la cicatriz que le descendía hacia la boca, el pelo que le llovía sobre la frente y que agitaba el viento, tenían la calidad sutil que conseguían sólo los exquisitos pinceles. Había, en los árboles, en el techo de la ermita y en el suelo, rastros de nieve, y esas manchas blancas colaboraban en la función de otorgar a la escena del bosque un carácter pictórico, como si aconteciera más allá de la realidad, dentro de la magia de un retablo. Aiol se afirmó el casco y fue como si la noche cayese sobre nosotros. Simultáneamente, Ozil y él alzaron las lanzas. Entonces Brandan se puso de hinojos, los gatos maullaron con lastimera desazón, y Fadet corrió a refugiarse en mis brazos, porque él, por razones obvias que atañen a nuestra respectiva esencia, disfrutaba del privilegio de verme... y lo curioso es que nunca había sentido celos de mí. Sopló a mi oído, recalcando las sílabas, como si yo fuese sorda, su estribillo de balada guerrera:

--¡Vienen los de Lusignan, los de Lusignan, Melusina!

Sus barbas inmateriales pincharon mis pechos inmateriales y le acaricié las arrugas de los pómulos, mientras la cabalgata desembocaba en el claro de la floresta.

No eran los de Lusignan. No tenían ni la más mínima relación con los de Lusignan. Venían en son de amistad, con bridas doradas, con flores (muy difíciles de conseguir en esa estación, lo cual demuestra su buena voluntad minuciosa) en las caperuzas y en los bonetes. Eran los enviados de la ilustre Seramunda, señora de Castel-Roussillon, y habían atravesado Francia, desde la zona lindera de los territorios catalanes y de los narboneses, buscando al caballero Ozil. Más tarde me enteré de cómo lo habían descubierto. El único huésped que en tan largo espacio nos acompañó brevemente en la ermita, fue un peregrino extraviado, quien trajo la mala nueva de la muerte del rey Amaury de Jerusalén, al que Ozil había querido y respetado tanto, y la de la coronación de su hijo, el pequeño Baudoin de trece años, en el Santo Sepulcro. Aiol tuvo, en aquella oportunidad, las primeras noticias del adolescente rey leproso que luego desempeñaría un papel tan importante en su vida. Sin duda fue el perdido romero, a quien en cambio de las informaciones trascendentes, se le reveló la identidad del caballero aislado por Brandan, el indiscreto que alertó a los de Seramunda, en la lejanía de los Pirineos orientales. Seramunda no apartaba de su memoria, coleccionista de personalidades interesantes, el recuerdo del caballero que apenas había visto en Nuestra Señora la Grande, durante la ceremonia del exorcismo de Azelaís. En vano su esposo, Aymé de Castel-Roussillon, inventaba para ella espectáculos bélicos que terminaban en desastres sonoros. En vano, el poeta Guilhem de Cabestanh inventaba para ella canciones apasionadas y rimaba la compleja idea de que nada desearía tanto, mientras la Tierra durase, como que Dios le concediera la gracia de que los brazos de la bella le sirvieran de cinto. La ilustre Seramunda giraba el perfil delicioso, movía el abanico de las negras pestañas y ni miraba los holocaustos organizados en su honor por su marcial consorte, ni escuchaba los requiebros proferidos por su lírico adorador. Espléndidamente frívola, jugaba a la nostalgia, a la pena que nutría el amor remoto, y exigía la comparencia de Ozil de Lusignan, a quien describía como el arquetipo del caballero sublime. Hasta que, para rabia del sanguinario Aymé y desesperación del tierno Guilhem, que a su turno pretendían pasar por cabales hombres de mundo, duchos en los primores de la cortesanía, y cumplir con las reglas elegantes que imperaban a la sazón, no hubo más remedio que salir a rastrearlo a ese Ozil de mala muerte, con la oculta esperanza de destruir después su mito. Y ahora sus emisarios lo habían hallado, en la maraña del bosque de Lussac. Ya tenía a donde ir el desconcertado andariego.

Levantaron el estandarte de Castel-Roussillon y el cuerno de upicornio; distribuyeron los escuálidos equipajes, y nos dispusimos a partir. Fadet, escondido en un tronco hueco, lloraba. Nos bendijo Brandan, a quien Ozil y su hijo le besaron las manos. Yo también experimenté una verdadera pena al irme. La santidad, que a veces puede resultar incómoda, como vecindario, a causa de las perturbaciones que la perfección entraña, ejercía, a través del anacoreta, un influjo bienhechor. Cuando estaba junto a él --y se me perdonará el símil, por real y porque cada uno se vale, para expresarse, de las comparaciones que su propia experiencia le ofrece, sin ánimo de ofender--, yo saboreaba una felicidad equiparable a la que me invadiera, siglos atrás, en Lusignan, los sábados, al bañarme en el tonel del castillo, colmado de agua fresca. Era una sensación de paz y de ventura, de la cual participaban la carne y el alma; una beatitud tan higiénicamente irreprochable, tan plena de gracia, que no podía durar.
Me volví desde la grupa del caballo de Aiol, que compartía con el muchacho, y noté que el anciano había sacado de la ermita mi imagen de bulto, tallada por el doncel, y la agitaba, despidiéndose. Sus ojos celestes, de niño, estaban clavados en mis propios ojos incorpóreos, con tal fijeza que me estremecí y que hasta hoy recelo de que, como Fadet y los gatos, Brandan me veía, de que acaso me había visto todo el tiempo --pues la santidad es capaz de muchas rarezas-- y había preferido, ya que nadie aludía a mí y yo no contaba oficialmente dentro del grupo, fingir que no me reconocía, por prudencia, por buena educación y por no complicar las cosas en lo que atañe a las relaciones con la esfera sobrenatural. Era un hombre de notable tino. Me encanta que, con sus ademanes últimos, prometiera que conservaría mi retrato. Alegre, rodeé con ambos brazos la cintura de Aiol, trazando el dulce dibujo que el poeta Guilhem de Cabestanh había solicitado en verso a la seductora Seramunda, y emprendimos el largo viaje. A medida que nos apartábamos de la pía ermita de Lussac y de su dueño bondadoso, nos sentíamos más intranquilos y más jóvenes... Ruego al lector que no deduzca de este razonamiento la acritud de una crítica. Nos sentíamos intranquilos y jóvenes, después de un período de apaciguada vejez. Nada más. Al saludable sosiego lo sucedía un desasosiego también saludable. Ozil hacía caracolear su corcel y Aiol cantaba. Yo recogí en mis alas, como en un manto, el frío seco del invierno, y advertí que la turbación operaba como un estimulante. ¡Qué maravilla, el temblor de sabernos jóvenes e inquietos, después de habernos sabido viejos y calmos!
Adiós, Brandan, santo amigo.
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Soy coleccionista de cuentos (sobre todo de hadas, antiguas sagas, mitos y leyendas) me fascina las historias Nórdicas, Germanas, Celtas y Griegas. Recopilo cuentos en la red y en libros. Cito las fuentes por sobre todo por respeto a la labor como autor, editor , traductor

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No soy escritor, poeta, ni licenciado en letras, soy: programador de oficio, ex-estudiante de física, estudiante de ingeniería , y empleado publico, pero también soy coleccionista de cuentos (sobre todo de hadas, antiguas sagas, mitos y leyendas) me fascina las historias Nórdicas, Germanas, Celtas y Griegas. Recopilo cuentos en la red y en libros. Cito las fuentes por sobre todo por respeto a su labor como autor, editor , traductor. Espero algún día poder publicar algo 100% mio ya que no solo acopio, sino que también aprendo. También invito a quien tenga alguna historia, cuento o mito que desee compartir , me lo envían por email y lo publico formando este parte de la colección.
Dedico este blog a dos personas muy especiales para mi, a Cecilia (que será ;yo siento; en un futuro cercano, una gran y prestigiosa Licenciada en letras "y por que no Doctora en letras") y Juanito (un ángel con todo una vida por delante) quienes compartieron un momentos de su vida conmigo pero el destino nos separo, pero siempre estarán en mi corazón.
Agradezco a todos que se tomaron su valioso tiempo en ver mis publicaciones y quienes ingresen al blog por lo mismo, a quienes se tomaron el trabajo de comentar, pero por mi carencia no pude contestar.
Y no puedo terminar sin decir perdón por mis faltas y gracias por compartir conmigo este rincón que quise que sea mágico y puro ya que no soy escritor pero me siento un NARRADOR DE CUENTOS y ese es el fin de este blog. saludos Xaver
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